
Históricamente, las universidades ejercen un papel fundamental en la consecución y promoción del bien común, actuando como el motor intelectual, ético y social de la población. Ordinariamente, en un proceso de creación de valor lineal que va de un extremo a otro, iniciando con procesos formativos dirigidos a estudiantes e investigadores a través de sus escuelas y facultades, y culminando en la graduación de profesionales y en la publicación de artículos académicos.
Sin embargo, como señalan Van Alstyne, Parker y Choudary, en el mundo interconectado, la verdadera creación de valor no solo reside en la gestión eficiente de los recursos y procesos internos, sino también en la capacidad de orquestar ecosistemas externos. Para que la sociedad progrese, la universidad debe transitar de ser una institución aislada a convertirse en una plataforma de servicios diseñada para acelerar la mejora colectiva. Si la plataforma no se adapta a las nuevas necesidades del mercado laboral y social, corre el riesgo de ser desplazada por nuevos actores digitales que entienden mejor las reglas de la interacción y la creación de valor.
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Las universidades deben romper su “relativa separación de las influencias externas” y transformarse en facilitadoras de interacciones entre diversos actores: investigadores, empresarios, gobiernos, inversionistas y estudiantes. Este enfoque permite crear “hábitats de innovación”. En lugar de solo transferir conocimiento de forma unidireccional, la universidad puede actuar como una plataforma que genera efectos de red: cuantas más empresas e investigadores interactúan en su ecosistema, más valiosa se vuelve para los estudiantes y la sociedad en su conjunto. La finalidad última no debe ser solo la excelencia académica per se, sino la creación de valor compartido que la haga socialmente valiosa.
La universidad del siglo XXI debe verse a sí misma como una plataforma que impulsa y sostiene la transformación de la sociedad hacia mejores estadios. Su misión no termina en el aula, sino que se extiende a la creación de una infraestructura de servicios que reduzca las fricciones entre el descubrimiento científico y el progreso social. Para lograrlo, las instituciones educativas deben adoptar una visión de apertura y colaboración, donde aspectos como la propiedad intelectual, los laboratorios y el capital intelectual no sean muros, sino puentes. Al adoptar las reglas de la plataforma —orquestación de ecosistemas, apertura estratégica y generación de efectos de red—, la universidad cumple la misión descrita por Escrivá de Balaguer: estudiar profundamente las inquietudes humanas para sacudir la pasividad, despertar conciencias y formar ciudadanos comprometidos con la construcción de una sociedad más justa.
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En un modelo de plataforma, la escala vence a la diferenciación aislada. Para la universidad, esto significa que su impacto regional y local ya no depende solo de su prestigio histórico, sino también de su capacidad para facilitar “encuentr os devalor”. Las organizaciones que logran integrar una plataforma en su núcleo multiplican su valor al permitir que los diversos stakeholders generen y reciban valor. Al permitir que agentes externos co-creen soluciones sobre la infraestructura universitaria, se acelera la transformación de la realidad social. No se trata de ofrecer soluciones inmediatas, sino de estudiar con profundidad científica los problemas para construir una sociedad. La oferta educativa debe ser flexible e itinerante, adoptando formatos que permitan el aprendizaje a lo largo de toda la vida. Esta evolución requiere una gobernanza que no se deje atrapar por el éxito pasado.
En esta visión, los estudiantes, académicos e investigadores dejan de ser consumidores pasivos de contenidos para convertirse en prosumidores de conocimiento. La universidad ofrece el entorno, las herramientas de analítica de datos y el marco ético (basado en la búsqueda del bien común) para que los descubrimientos y desarrollos lleguen al mercado de manera eficiente. La investigación aplicada se convierte así en el medio para que el conocimiento dé resultados tangibles. Si la universidad logra esta metamorfosis, no solo asegurará su propia relevancia en la era digital, sino que también se consolidará como el motor más potente de la mejora de la sociedad, a través de: formar líderes y ciudadanos con una profunda responsabilidad social, formar individuos dotados de pensamiento crítico, integridad y un espíritu de servicio, orientados a utilizar sus talentos para influir positivamente en la sociedad, y creación de modelos y teorías que apoyen la correcta gestión y protección de los “bienes comune s delconocimiento” mediante la investigación y la comunicación académica.
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Transitar hacia esta visión no es sencillo, la gobernanza universitaria debe evolucionar hacia un modelo más ágil, donde se fomente el diálogo y el conocimiento mutuo entre las partes. La identidad cultural de la universidad debe ser el pegamento que mantenga unido el ecosistema, no un acervo de anécdotas, sino una fuerza viva que impulse la prosperidad social. Al garantizar que los descubrimientos y la información científica sean accesibles, la educación superior democratiza el saber, estimula la innovación colaborativa y otorga a los ciudadanos las herramientas necesarias para lograr una participación democrática real e involucrarse directamente en el desarrollo económico y social.
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