¿Por qué todos son falsos en las Relaciones Internacionales?

La Cruz Roja Internacional habla de alrededor de 130 conflictos armados en 2024, más del doble que hace quince años

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TALYA ISCAN, Académica de la
TALYA ISCAN, Académica de la Escuela de Gobierno y Economia de la Universidad Panamericana y de la Facultad de Empresariales, experta en política internacional y seguridad

Hay un momento en que la palabra “compromiso” deja de sonar a promesa y empieza a sonar a coartada. Compromiso con la paz, con los derechos humanos, con “la democracia”, con el orden internacional basado en reglas. Se repite como mantra en cada cumbre, en cada comunicado, en cada minuto de silencio. Pero luego pasa la semana y vuelven las invasiones, los bombardeos, las anexiones de facto, los desplazamientos masivos. Y el mundo aprende algo devastador: no es que falten instituciones, es que sobran discursos vacíos.

Hay una frase que se repite como muletilla diplomática cuando todo se descompone: “la comunidad internacional está preocupada”. La escuchamos cada semana, como si el mundo fuera un teatro donde el guion cambia de escenario pero no de desenlace. Mientras tanto, el sistema que supuestamente debía evitar el “nunca más” funciona como una oficina de comunicados: mucha alarma, poca capacidad de detener la violencia. Y lo más peligroso no es solo la guerra en sí, sino la normalización del colapso institucional, esa sensación de que ya nadie espera que las instituciones funcionen, solo que simulen que existen.

Los números ya no dejan espacio para la ilusión. El programa de datos de conflictos de Uppsala registró 61 conflictos activos que involucraron al menos a un Estado en 2024, el máximo desde 1946. Once alcanzaron umbral de guerra, con más de mil muertes cada uno en ese año. Y el conteo de muertes por violencia organizada rondó las 160 mil. Si eso fuera una excepción, el sistema respiraría. Pero no lo es. La Cruz Roja Internacional habla de alrededor de 130 conflictos armados en 2024, más del doble que hace quince años. Cuando la propia definición de “conflicto” se multiplica, la promesa de prevención se vuelve una broma cruel.

Y mientras la violencia se expande, el “centro” del sistema internacional se encoge. El Consejo de Seguridad, diseñado como mecanismo de respuesta, es en realidad un mecanismo de bloqueo. Cinco Estados con veto, un privilegio heredado de 1945, pueden neutralizar cualquier acción vinculante cuando sus intereses chocan. El resultado práctico es que la ONU queda convertida en un aparato de declaraciones: condena, llama a la calma, pide contención, expresa preocupación. Y luego nada. En la última década se disparó el uso del veto comparado con la década anterior, y aun cuando la Asamblea General ahora debate cada veto por obligación procedimental, el debate no sustituye una decisión. Se discute lo que no se puede resolver. Es la institucionalización de la impotencia.

Captura de pantalla en monocromo
Captura de pantalla en monocromo que muestra el ataque de Estados Unidos contra la isla iraní de Kharg, donde se aprecian dos grandes explosiones en la superficie. (Captura de video)

La impotencia también se mide en dinero, y ahí el contraste es obsceno. El presupuesto regular anual de la ONU está en el rango de 3 a 4 mil millones de dólares. El de mantenimiento de la paz ronda 5 a 6 mil millones. Ahora compáralo con el gasto militar mundial: en 2023 superó los 2.4 billones de dólares. En otras palabras, el mundo gasta en preparar guerras cientos de veces más de lo que invierte en intentar evitarlas o contenerlas.

Luego nos preguntamos por qué la paz “fracasa”. No fracasa: la financiamos para que sea simbólica.

Encima, la ONU depende de los grandes contribuyentes, y ahí la soberanía moral se convierte en chantaje presupuestal. Estados Unidos aporta alrededor del 22 por ciento del presupuesto regular y cerca del 27 por ciento del presupuesto de paz. Esa estructura convierte el ideal universal en un sistema condicionado: cuando el principal contribuyente recorta, amenaza con recortar o acumula atrasos, la ONU tiembla. ¿Cómo se sostiene una institución que debe sancionar a poderosos si depende del pago de esos mismos poderosos?

Y como si a ese inventario de guerras le faltara una prueba más de que el sistema ya no contiene nada, ahí está la guerra entre Estados Unidos e Irán, que en pocos días pasó de amenaza a rutina de ataques. En los reportes más recientes, Washington reconoce haber golpeado más de 2,000 objetivos en territorio iraní y afirma haber destruido 30 embarcaciones iraníes, incluyendo una nave portadrones. A la par, el conflicto ya dejó víctimas estadounidenses y episodios que muestran lo fácil que se ensancha la guerra cuando el derecho se vuelve accesorio: se reportaron seis reservistas estadounidenses muertos en Kuwait, y también un hecho que ilustra la deriva global del conflicto, el hundimiento de un buque iraní frente a Sri Lanka con al menos 80 muertos. Lo que se vende como operación “limitada” termina funcionando como fábrica de escalada, y el daño no se queda solo en lo militar: se traduce en más inestabilidad regional, más retaliación y más incentivos para que cada actor busque su propia forma de “seguridad”, que casi siempre significa más armas, más secretismo y menos cooperación.

La agencia de Operaciones Comerciales
La agencia de Operaciones Comerciales Marítimas de Reino Unido (UKMTO, en inglés) ha informado de que tres barcos han sido alcanzados en las últimas horas por proyectiles cerca del estrecho de Ormuz y en la propia vía, clave para el transporte energético. En paralelo, la Armada Real de Tailandia dijo haber recibido un informe sobre un ataque en el estrecho de Ormuz a un granelero de bandera tailandesa propiedad de la naviera Precious Shipping Public (en la imagen), que quedó en llamas y, según medios, se hallaba a unas 11 millas náuticas al norte de Omán, lo que coincide con el segundo incidente reportado por UKMTO. La Marina Real de Omán ha rescatado a 20 tripulantes y continúa labores para asistir a otros tres, difundieron las fuerzas tailandesas en redes sociales. EFE/ Armada Real de Tailandia - SOLO USO EDITORIAL/SOLO DISPONIBLE PARA ILUSTRAR LA NOTICIA QUE ACOMPAÑA (CRÉDITO OBLIGATORIO) -

El impacto no se limita al campo de batalla. Cada vez que el Golfo se vuelve zona de alto riesgo, el mundo entero se vuelve rehén de la energía y la logística. Si mover combustible requiere rutas más largas, mayores primas de riesgo y mayor incertidumbre, el costo se multiplica por toda la economía real: transporte, alimentos, industria, electricidad. Y lo peor es que esa factura llega incluso a países que no participan, porque la guerra moderna exporta inflación y miedo con la misma eficiencia con la que exporta imágenes. La guerra en Irán se volvió, en tiempo récord, otro ejemplo de cómo el sistema internacional ya no funciona para detener la violencia, sino para administrarla mientras se desborda.

Y no es que el resto del planeta se haya detenido para mirar. En Gaza, aun con un cese al fuego vigente desde octubre de 2025, continúan los ataques y muertes: Reuters reporta más de 640 palestinos muertos desde ese alto al fuego, y nuevos episodios letales en marzo. En Sudán, la guerra entra a 2026 con hambre, asedios y drones como tecnología de desgaste, mientras se sigue hablando de decenas de miles de muertos y una catástrofe humanitaria sostenida. Y en Sudán del Sur, la ONU ya advierte que el país está en un punto peligroso, con masacres y repuntes de violencia que amenazan un acuerdo de paz frágil. Ese es el retrato del primer trimestre de 2026: varias guerras en paralelo, intensidades distintas, y el mismo patrón de fondo, instituciones que observan, condenan, negocian comunicados y llegan tarde a la vida real.

Si el mundo ya normalizó que cada semana haya un nuevo frente, que la energía se convierta en arma, que los vetos bloqueen decisiones y que la “preocupación internacional” sea el sustituto de la acción, entonces la pregunta no es solo qué guerra sigue, sino cuándo aceptamos que el sistema está cayéndose y actuamos como si fuera normal, ¿no?

Varias personas se congregan en
Varias personas se congregan en el lugar de un ataque aéreo, en el marco del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, en Teherán, Irán, el 12 de marzo de 2026.REUTERS/Alaa Al Marjani

Aquí aparece el punto más incómodo: el sistema no solo es débil, es selectivo. El derecho internacional no se rompe solo cuando no actúa, también se rompe cuando actúa según conveniencia. Las intervenciones se justifican con vocabulario noble y se ejecutan con resultados devastadores. Se prometió “democracia” como producto exportable, y lo que llegó muchas veces fue fragmentación estatal, milicias, guerras prolongadas, desplazamiento, resentimiento. Lo falso no es el ideal de democracia, lo falso es el uso instrumental de esa palabra como legitimación de proyectos geopolíticos. Cuando la democracia se vuelve marca de guerra, pierde credibilidad y deja vacío el terreno para autoritarismos que se venden como “orden”.

Mientras tanto, el mundo se mueve, pero se mueve huyendo. A mediados de 2025 se hablaba de alrededor de 117 millones de personas desplazadas por fuerza. Ese número es tan grande que ya no conmueve como debería. Y sin embargo es la evidencia más clara de que el sistema no previene, no protege y no repara. La guerra se vuelve un clima y la migración, su consecuencia estructural. Luego viene la segunda ola: securitizar al migrante, militarizar fronteras, criminalizar la supervivencia. La crisis humanitaria se transforma en crisis política interna, y el círculo se cierra.

En ese escenario, América Latina no está en pausa, está en la fila. La región paga primero por los choques económicos globales y después por el reacomodo securitario. Cuando sube la energía, suben alimentos, transporte, fertilizantes, electricidad, y cae el margen fiscal.

Cuando el mundo se polariza, aumenta la presión por alineamientos, y los gobiernos quedan atrapados entre pragmatismo económico y castigo político. Y cuando el multilateralismo se debilita, crecen los “atajos” de poder: sanciones selectivas, presión financiera, operaciones encubiertas, cooperación militar con agenda ampliada, vigilancia tecnológica, guerra informativa. La intervención ya no siempre llega con marines; llega con créditos, con listas, con inteligencia, con software, con narrativas.

¿Es probable que haya más intervenciones en América Latina? Si entendemos intervención como invasión militar directa al estilo clásico, hoy es menos probable que en el siglo pasado, porque el costo reputacional internacional es mayor y porque existen métodos más baratos y más discretos. Pero si entendemos intervención como intromisión sostenida en decisiones soberanas mediante coerción económica, operaciones de seguridad, condicionamientos, influencia en élites y manipulación del debate público, entonces sí: es bastante probable que aumente, sobre todo en países con crisis de gobernabilidad, economías frágiles o posiciones estratégicas en energía, migración y cadenas logísticas.

Equipos de rescate buscan supervivientes
Equipos de rescate buscan supervivientes entre los escombros tras un ataque en el sur de Teherán, Irán, el viernes 13 de marzo de 2026. (Foto AP/Sajjad Safari)

El sistema actual no funciona porque está construido para administrar el poder, no para limitarlo. Funciona cuando los hegemones están de acuerdo, se paraliza cuando chocan.

Funciona para producir comunicados, no para garantizar consecuencias. Funciona para sostener la ficción de un orden, no para impedir que el mundo se convierta en un mosaico de guerras simultáneas. Y cuando la ficción se mantiene demasiado tiempo, el colapso se vuelve normalidad.

La pregunta real ya no es si vienen más guerras, sino si vamos a seguir aceptando esta arquitectura de falsos compromisos donde todos prometen paz en la mañana y bloquean la acción por la tarde: ¿cuánto tiempo más vamos a llamar “orden internacional” a un sistema que se cae mientras lo seguimos aplaudiendo?

** Las expresiones emitidas en esta columna son responsabilidad de quien las escribe y no necesariamente coinciden con la línea editorial de Infobae México, respetando la libertad de expresión de expertos.