Un mundo en guerra permanente: lo que 2025 nos dejó

La guerra dejó de ser una excepción para convertirse en el telón de fondo de la política internacional

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TALYA ISCAN, Académica de la
TALYA ISCAN, Académica de la Escuela de Gobierno y Economia de la Universidad Panamericana y de la Facultad de Empresariales, experta en política internacional y seguridad

El año que termina deja una sensación inquietante: la guerra dejó de ser una excepción para convertirse en el telón de fondo de la política internacional. No se trata únicamente de conflictos aislados, sino de un sistema global tensionado de forma estructural, donde la violencia armada, la militarización de la economía y la disputa geopolítica abierta se normalizaron. En 2025 convivieron guerras abiertas, conflictos congelados que volvieron a calentarse y escenarios híbridos donde la propaganda, las sanciones y la coerción económica fueron tan importantes como los misiles.

Las guerras activas más relevantes marcaron el pulso del sistema internacional. La guerra en Ucrania entró en su cuarto año con un saldo devastador: más de 500 mil bajas acumuladas entre muertos y heridos, según estimaciones occidentales y rusas combinadas, un gasto militar ucraniano cercano al 35 % de su PIB y un flujo constante de ayuda militar que superó los 120 mil millones de dólares desde 2022. Lejos de una resolución clara, el conflicto se estabilizó militarmente pero se radicalizó políticamente, con una OTAN más involucrada, Rusia consolidando su economía de guerra y una población europea pagando el costo energético e inflacionario.

En Medio Oriente, la guerra en Gaza y la expansión regional del conflicto reconfiguraron el tablero. Más de 40 mil muertos palestinos en poco más de un año, una devastación casi total de la infraestructura civil y una región al borde de la guerra abierta entre Israel, Hezbolá e Irán. El Mar Rojo se militarizó, el comercio global sufrió interrupciones y los precios del transporte marítimo aumentaron hasta un 300 % en algunas rutas estratégicas.

Siria, Yemen e Irak siguieron funcionando como conflictos secundarios pero interconectados, recordando que la guerra allí nunca terminó realmente.

Un militar ucraniano camina cerca
Un militar ucraniano camina cerca de edificios de apartamentos dañados por un ataque militar ruso, en medio del ataque de Rusia contra Ucrania, en la ciudad de Kostiantynivka, en la región de Donetsk, Ucrania, el 20 de diciembre de 2025. Oleg Petrasiuk/Servicio de Prensa de la 24.ª Brigada Mecanizada Separada Rey Danylo de las Fuerzas Armadas de Ucrania/Folleto vía REUTERS/Foto de Archivo

África tampoco quedó al margen. Sudán vivió una de las guerras civiles más invisibilizadas pero más letales del año, con millones de desplazados y una catástrofe humanitaria que apenas recibió atención mediática. En el Sahel, los golpes de Estado y la retirada de fuerzas occidentales no trajeron estabilidad, sino una reconfiguración del poder militar con nuevos actores externos y una violencia persistente.

Estas guerras no fueron “lejanas” para América Latina. El impacto se sintió con claridad en tres niveles: económico, político y discursivo. En lo económico, la inflación importada fue el primer síntoma. El encarecimiento de la energía y los fertilizantes, derivados de la guerra en Ucrania y de la inestabilidad en Medio Oriente, afectó directamente a países dependientes de importaciones estratégicas. En 2025, varios países latinoamericanos destinaron entre un 15 % y un 25 % más de su gasto público a subsidios energéticos o alimentarios para contener el impacto social.

En México, los efectos fueron concretos. Aunque el país se benefició parcialmente del nearshoring y del reacomodo de cadenas productivas, también enfrentó presiones inflacionarias persistentes. El precio de los granos, del transporte marítimo y de algunos insumos industriales siguió ligado a la volatilidad global. Además, la dependencia comercial con Estados Unidos implicó una exposición indirecta a su política exterior: sanciones, tensiones con China y reorientación estratégica tuvieron efectos inmediatos en exportaciones, inversión y discurso político interno.

En el plano político, América Latina volvió a ser terreno de disputa simbólica. Las guerras globales reactivaron narrativas de alineamiento automático con Occidente, pero también discursos soberanistas y críticas al doble rasero internacional. Mientras se condena selectivamente la violación del derecho internacional, se justifica cuando proviene de aliados estratégicos. Esto reforzó una desconfianza estructural hacia el orden liberal internacional, especialmente en sociedades con memoria histórica de intervenciones externas.

El tercer impacto fue mediático y cultural. La guerra se consumió como espectáculo, filtrada por marcos narrativos simplificadores: democracia contra autoritarismo, civilización contra barbarie, bien contra mal. En América Latina, los grandes medios replicaron muchas de estas narrativas, reduciendo el espacio para análisis críticos y alimentando una polarización discursiva que también se trasladó a la política interna.

¿Y qué nos espera en 2026? Todo indica que no será un año de pacificación, sino de redefinición. La tendencia apunta a guerras más largas, menos declaradas y más híbridas. El gasto militar global ya superó los 2.4 billones de dólares anuales y sigue en aumento.

Estados Unidos enfrentará un año clave de consolidación interna con una política exterior más transaccional; Europa continuará militarizándose; Rusia apostará por resistir y negociar desde una posición de fuerza; China observará y medirá tiempos, especialmente en Asia- Pacífico.

Para América Latina y México, 2026 exigirá algo más que pragmatismo económico. Será necesario un posicionamiento político más autónomo, capaz de diversificar relaciones, defender principios sin caer en alineamientos automáticos y comprender que la guerra global también se libra en el terreno de la narrativa. La neutralidad pasiva ya no es suficiente cuando las consecuencias económicas, sociales y simbólicas de los conflictos atraviesan fronteras.

Para cerrar este balance, es clave subrayar que el verdadero efecto acumulativo de las guerras de 2025 no se mide solo en muertos, desplazados o billones gastados en armamento, sino en la erosión silenciosa de las normas internacionales. El derecho internacional humanitario fue invocado constantemente, pero aplicado de manera selectiva.

Las resoluciones multilaterales perdieron peso frente a la lógica de la fuerza, y los organismos internacionales mostraron límites estructurales para frenar la violencia. Este debilitamiento institucional no es un detalle técnico: deja a los países del Sur Global en una posición de mayor vulnerabilidad, sin árbitros creíbles y con un margen de maniobra cada vez más estrecho.

FILE PHOTO: Displaced people ride
FILE PHOTO: Displaced people ride a an animal-drawn cart, following Rapid Support Forces (RSF) attacks on Zamzam displacement camp, in the town of Tawila, North Darfur, Sudan April 15, 2025. REUTERS/Stringer/File Photo

En este contexto, América Latina enfrenta una disyuntiva estratégica. Seguir siendo una región reactiva, que absorbe impactos externos sin capacidad de incidencia, o avanzar hacia una política exterior más coordinada, pragmática y consciente de su propio peso geopolítico. La región concentra recursos energéticos, alimentarios y estratégicos que el mundo en guerra necesita. Sin embargo, sin coordinación regional, esos activos se traducen más en presión externa que en poder real. En 2026, el desafío será transformar esa centralidad material en capacidad política, evitando que la región vuelva a ser solo un espacio de extracción, tránsito o alineamiento forzado.

México ocupa un lugar particularmente delicado. Su cercanía estructural con Estados Unidos le otorga ventajas económicas, pero también lo expone a tensiones que no controla: disputas comerciales, conflictos tecnológicos y presiones diplomáticas derivadas de guerras en las que no participa directamente. El reto para el Estado mexicano será equilibrar esa relación sin renunciar a márgenes de autonomía, diversificar vínculos internacionales y fortalecer una política exterior que no sea únicamente reactiva a Washington. En un mundo cada vez más fragmentado, depender de un solo eje es una vulnerabilidad, no una garantía.

Así, 2026 se perfila como un año donde no bastará con gestionar crisis. Será un momento de definiciones. Las guerras muy probablemente seguirán ahí, quizá con menos titulares, pero con efectos más profundos y normalizados. Frente a eso, América Latina y México deberán decidir si aceptan la guerra como parte inevitable del orden global o si intentan, con todas sus limitaciones, recuperar una voz crítica que cuestione la lógica de la militarización permanente. Porque si algo nos dejó 2025 es una lección incómoda: cuando la guerra se vuelve rutina, la paz deja de ser un objetivo político y se transforma apenas en un recuerdo retórico.