
El cambio climático está intensificando las lluvias en diversas regiones del mundo debido a un fenómeno clave: el aumento de la capacidad de la atmósfera para retener humedad.
Según la Organización Meteorológica Mundial, por cada grado Celsius que sube la temperatura global, la atmósfera puede contener aproximadamente un 7 % más de vapor de agua. Este incremento en la humedad disponible genera precipitaciones más intensas, ya que las nubes descargan mayores volúmenes de agua en periodos más cortos. Este fenómeno, combinado con el calentamiento de los océanos, está provocando tormentas más fuertes y persistentes.
De acuerdo con el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, las lluvias extremas son cada vez más frecuentes en regiones tropicales y subtropicales, donde los sistemas de drenaje urbano suelen ser insuficientes para manejar el volumen de agua generado por estas precipitaciones.

Por otro lado, el calentamiento de los océanos aporta energía adicional a los sistemas meteorológicos, lo que favorece la formación de tormentas más fuertes y persistentes. Además, eventos climáticos como El Niño pueden intensificar aún más las lluvias extremas en ciertas regiones, al modificar los patrones atmosféricos globales.
En el caso de la Ciudad de México, esta situación se agrava debido a una combinación de factores estructurales, ambientales y geográficos que aumentan su vulnerabilidad frente a las lluvias intensas.
Uno de los principales problemas en la capital mexicana es la urbanización descontrolada, que ha reducido drásticamente las áreas verdes y las zonas de infiltración natural del agua. La predominancia de concreto y asfalto impide que el suelo absorba el agua de lluvia, lo que favorece la formación de inundaciones.

A esto se suma una infraestructura hidráulica antigua y deficiente, que no ha sido actualizada para enfrentar los nuevos patrones meteorológicos. Los sistemas de drenaje de la CDMX colapsan con frecuencia durante episodios de lluvias intensas, generando encharcamientos severos y afectaciones en diversas zonas.
Otro factor es el hundimiento del suelo, una consecuencia directa de la sobreexplotación del acuífero sobre el que se asienta la Ciudad de México. Este fenómeno, que afecta de manera desigual a distintas áreas, dificulta el escurrimiento natural del agua y contribuye al estancamiento de las lluvias.
Además, la isla de calor urbana, provocada por las altas temperaturas generadas por la actividad humana y el concreto, intensifica las tormentas al potenciar la evaporación y la convección, lo que resulta en lluvias localizadas de gran intensidad.
La vulnerabilidad social también tiene un papel importante en el impacto de las lluvias en la CDMX. Alcaldías como Iztapalapa, Tláhuac y Xochimilco concentran amplias zonas de población en condiciones de alta precariedad estructural y enfrentan mayores dificultades para adaptarse y recuperarse de los efectos adversos de los diluvios.
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