
En enero de 2024 un particular socio del narcotráfico mexicano identificado como Raúl Flores Hernández, alías “El Tío”, fue condenado por tráfico de cocaína. El hombre, quien entonces tenía 71 años, recibió una condena de 21 años 10 meses de cárcel y un pago de 280 millones de dólares, según comunicó el Departamento de Justicia.
Su historial criminal apuntaba que tenía alianzas con importantes capos como el fallecido Héctor Beltrán, del Cártel de los Beltrán Leyva. “Durante más de tres décadas, Flores Hernández trabajó con los líderes de los cárteles más grandes y violentos del mundo, incluido El Chapo”, aseguró el entonces fiscal general Merrick Garland. También se ligó con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG).
“El Tío” construyó su fortuna desde las entrañas del contrabando, mucho antes de convertirse en una figura clave dentro del narco. Su historia, documentada en expedientes judiciales, muestra cómo un negocio de mercancía ilegal evolucionó hasta convertirse en una de las operaciones criminales más sofisticadas y poderosas de América Latina.

De la fayuca al imperio de cocaína: los inicios de “El Tío” Flores
En la década de los ochenta, Flores Hernández llamó la atención de los capos por su habilidad para importar fayuca desde Estados Unidos. Este término, popular en México, hace referencia a los productos estadounidenses como ropa, relojes y electrónicos, que no están disponibles en el país y cruzan la frontera sin pasar por los controles aduaneros.
Fue en 1983 cuando su destino dio un giro, un capo colombiano, impresionado por la estructura logística del negocio, lo presentó con Joaquín “El Chapo” Guzmán, a partir de entonces, Flores Hernández abandonó la fayuca y se sumergió en el tráfico de cocaína.
“Flores dejó de traer fayuca del norte y comenzó a transportar cocaína desde México hasta la frontera con Estados Unidos. Allí, El Chapo contrabandeaba las drogas a través de túneles para cubrir la demanda del vasto mercado estadounidense”, narra el periodista Elías Camhaji en su artículo publicado por el diario El País.
El ascenso fue vertiginoso, su eficiencia lo llevó ante figuras clave del narcotráfico como los hermanos Arturo y Héctor Beltrán Leyva, entonces aliados de Guzmán. Para finales de los años ochenta, “El Tío” ya manejaba sus propios cargamentos y se convirtió en emisario directo de El Chapo en negociaciones con otros traficantes.
Con el cambio de siglo, su red ya cubría casi todo el continente, tenía conexiones en Colombia, Brasil, Perú y Bolivia, y recibía al menos dos toneladas de cocaína por semana en México. Su poder no solo dependía del volumen, sino de su capacidad para operar con sigilo y protección. Conocía a fondo la logística del trasiego y mantenía relaciones con altos mandos policiales y militares.
La fiscalía estadounidense destacó su creatividad y alcance: “Utilizaba métodos extraordinarios para encubrir cargamentos, pagaba sobornos para facilitar sus actividades de tráfico de cocaína, utilizaba aeronaves no comerciales para transportar cocaína y blanqueaba las cuantiosas ganancias que obtenía a través de su red de negocios y profesionales del lavado de dinero”, explica un escrito del organismo citado en El País.

La caída del socio del CJNG
Bajo la sombra protectora del Chapo Guzmán, “El Tío” consolidó su independencia como narcotraficante y diversificó sus alianzas en el mundo criminal. Uno de sus movimientos más audaces fue colaborar con el Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), justo cuando esta organización se distanció del Cártel de Sinaloa y se convirtió en su rival directo. La decisión no sólo fue estratégica, Flores vivía en Jalisco, donde era conocido como un empresario respetado.
De acuerdo con la Oficina de Control de Bienes Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de Estados Unidos, el entramado empresarial incluía centros nocturnos, gasolineras, desarrollos inmobiliarios y hasta un club deportivo, el Club Deportivo Morumbi A.C., que albergaba al equipo Guerreros de Autlán.
La carrera del capo reveló prácticas poco conocidas del crimen organizado. Por ejemplo, introdujo el uso de transferencias de futbolistas como una vía para lavar dinero, además de utilizar trenes, barcos y aviones para movilizar droga.
Para operar con éxito en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México (AICM), contrató a una persona encargada de sobornar con unos 50 mil dólares a elementos de la entonces Policía Federal, según documentos judiciales.
Las operaciones de lavado de dinero se centraban en operar en municipios como Guadalajara y Zapopan, donde estableció varias empresas fachada. Estas le permitieron camuflar el origen del dinero que ingresaba por sus negocios criminales, a la vez que fortalecía sus lazos con sectores políticos y comerciales.
Raúl Flores Hernández fue capturado el 20 de julio de 2017 en Zapopan, Jalisco, en un operativo del gobierno mexicano. Posteriormente, fue extraditado a Estados Unidos en febrero de 2021. La fiscal federal Tara McGrath, del Distrito Sur de California, declaró: “Quizás sea imposible cuantificar la destrucción causada por este acusado al canalizar grandes cantidades de cocaína por todo el mundo. Una cosa es segura: el mundo está mucho más seguro con esta sentencia”.
Por su parte, Katrina W. Berger, directora ejecutiva asociada de Investigaciones de Seguridad Nacional (HSI), añadió: “La sentencia de hoy es el resultado de la estrecha colaboración y dedicación de los socios policiales nacionales e internacionales de HSI”.
El caso fue investigado por la División de Campo de la DEA en Los Ángeles, la Oficina de San Ysidro, HSI San Diego y la División de Operaciones de Investigación del Servicio de Alguaciles de Estados Unidos. Así cayó el empresario que, desde las calles de Guadalajara, supo tejer una red criminal que cruzó continentes y desafió fronteras, hasta que finalmente fue alcanzado por la justicia.
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