
Viajar en transporte público es parte de la rutina cotidiana de millones de personas alrededor del mundo. En el país, por ejemplo, tan solo el Metro de la Ciudad de México moviliza diariamente a cerca de cinco millones de usuarios, convirtiéndose en uno de los sistemas de transporte más transitados de América Latina; mientras que el sistema de transporte urbano de la Zona Metropolitana del Valle de México prestó servicio a 163.2 millones de personas únicamente en enero de este año.
En medio de esta actividad diaria, emergió una “nueva” tendencia entre la Generación Z conocida como barebacking, una práctica cuyo nombre provoca desconcierto por su asociación previa con el sexo anal sin protección. Sin embargo, en este contexto, el término obtuvo un nuevo significado a partir de una mención del jefe británico de Gestión de Talento, Curtis Morton, en el podcast Behind the Screens, donde describió a los bare backers como aquellas personas que “no hacen absolutamente nada mientras viajan”, es decir, no escuchan música, no revisan el celular, no leen ni interactúan, simplemente están presentes.
Este comportamiento ha generado opiniones encontradas pues, por un lado, se le interpreta como una forma de resistencia a la hiperconectividad y al constante estímulo digital que domina la vida urbana contemporánea. Por otro, ha sido visto por algunos como una conducta incómoda, ya que en un entorno donde es común distraerse con pantallas o audífonos, una persona simplemente sentada, en silencio, observando, puede parecer fuera de lugar, incluso intimidante para otros pasajeros.
Moviliblog, plataforma del Banco Interamericano de Desarrollo dedicada a temas de transporte en América Latina y el Caribe, explica que “Un viaje es una oportunidad para aprender, para divertirse o para hacer algo que uno no se esperaría”, lo cual sugiere que el barebacking podría representar una alternativa válida y enriquecedora frente al uso pasivo y automatizado del transporte.
¿Qué es lo positivo de esta tendencia?
Entre los beneficios que se atribuyen al barebacking se encuentran la oportunidad para la introspección personal, el descanso mental y la observación del comportamiento humano en espacios públicos. El transporte público, por su propia naturaleza, ofrece una diversa variedad de escenas sociales, lo que permite entender mejor las dinámicas colectivas y las costumbres urbanas. También, al desconectarse del ruido a su alrededor, muchos encuentran en estos momentos un refugio para reflexionar sobre sus propias vidas o simplemente relajarse, dejando a un lado los pensamientos estresantes.
El sociólogo alemán Georg Simmel explicó que “En la densísima muchedumbre de la gran ciudad, la cercanía y la estrechez corporal hacen tanto más visible la distancia espiritual, [lo cual implica] no sentirse en determinadas circunstancias en ninguna otra parte tan solo y abandonado como precisamente entre la muchedumbre urbanita”.
La comunicóloga social Karina León Cavallo, en un artículo publicado en la revista universitaria La Trama, argumenta que esta emoción melancólica puede dar pie al pensamiento profundo: “Esta soledad en la muchedumbre, ese distanciamiento inevitable que se impone al habitante de la ciudad con relación al otro extraño pero físicamente cercano, es el que permite abandonarse a la introspección entre medio de la multitud que puebla un espacio como el metro”.
Según la especialista, sumergirse en los recuerdos o perderse en una reflexión puede “tildarse de metafísica, pero se erige sobre una observación de corte sociológico o antropológico”, por otro lado, considera que observar a la gente en el transporte público es una herramienta eficaz para “comprender cómo el sentido de la vida individual nace de las coacciones globales que son las de toda vida social”.
¿El barebacking podría ponerte en riesgo?

Aunque es una actividad inofensiva, no está exenta de riesgos, ya que desde una perspectiva de seguridad, puede implicar una desconexión del entorno físico. El hecho de estar absorto en el pensamiento puede impedir percibir señales de peligro, cambios en la ruta o situaciones que requieren atención inmediata. Además, la falta de interacción social puede limitar la posibilidad de pedir ayuda, hacer conexiones o simplemente compartir la experiencia del viaje con otros.
Aunque en menor medida, también existe el riesgo de caer en un aislamiento emocional crónico, pues si bien la introspección es una herramienta útil para el autoconocimiento, un uso excesivo puede reforzar patrones de distanciamiento social, afectando la capacidad de empatizar y establecer vínculos.
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