Es probable que Julio María Sanguinetti y José “Pepe” Mujica tengan muchas diferencias políticas, visiones dispares, incluso contrapuestas, al menos en algunos puntos en concreto. Al fin y al cabo, los dos expresidentes uruguayos llegaron al poder de la mano de partidos diferentes: el primero, junto al Partido Colorado en 1985 y una vez más en 1995; el segundo, desde el Frente Amplio en 2010. Y sin embargo, deciden no mostrar lo que los distancia porque eso ya se conoce, ya se ha dicho y escrito mucho al respecto.
Esa fue la propuesta que les acercaron los periodistas Alejandro Ferreiro y Gabriel Pereyra en 2022, el dejar de lado las disputas pasadas y enfocarse en el futuro. Así nació El Horizonte (Debate), un libro de conversaciones en el que dos hombres de 87 años que dedicaron su vida a la política simplemente debaten a lo largo de seis encuentros. Sin polémicas, sin morbo, sin agresiones. O como anuncia el libro desde su subtítulo, “sin ruido”.
Los dos autores y los dos ex mandatarios presentan El Horizonte en el Malba, casi enfrente de la residencia del embajador uruguayo en Buenos Aires, y vuelven a dialogar, como lo hicieron durante dos meses, durante seis martes de invierno montevideano, cuando llegaban por separado y se iban siempre juntos. “Por eso estamos este par de viejos acá”, dice Mujica, “que no abdicamos en nuestra manera de pensar, pero nos podemos sentar a conversar. La política se vuelve el arte de transformar al enemigo en adversario y a éste en convivible. Porque lo importante es la estabilidad global. El equilibrio de la sociedad es fundamental, pero también frágil”.
Y Sanguinetti asiente y agrega que “nos parecía que mostrar la convivencia republicana era un mensaje, sobre todo para los jóvenes. Se habla mucho de consensos, pero la democracia es lo opuesto: es administrar los disensos”. De eso se trata: de que las diferencias no deriven en una grieta insalvable.
Los gestos de cercanía entre ambos se repiten a lo largo del debate. Bromean, ríen, se interrumpen, se toman del brazo. Como si existiera cierta complicidad producto de años y años de convivencia en los cuales, claro, se han enfrentado. Pero esos son temas del pasado y hay que mirar hacia adelante, hacia el horizonte. Entonces la charla empieza por la democracia, quizás el gran tema que atraviesa el libro.
“Hoy fortalecer la democracia es el desafío sustancial y todos tenemos que hacer nuestra contribución. Es el sentido de lo que hemos venido haciendo, de estas conversaciones”, dice Sanguinetti y Mujica responde que la democracia no es perfecta, porque los humanos no hacemos cosas perfectas. “Es, por ahora, lo mejor que pudimos hacer. Pero las fallas son humanas, no tanto de la institucionalidad. Tenemos que inventar mecanismos preventivos. Como la democracia está en riesgo todas partes, hay que defenderla”.
Ambos dan ejemplos de este riesgo, hablan de cómo en Brasil “un grotesco populista”, como define Sanguinetti a Jair Bolsonaro, se negó a entregar el poder, imitando a “su homólogo en Washington”, por Donald Trump.
Hablan de la desaparición de los partidos tradicionales en Francia, de las protestas de los chalecos amarillos y de la tres veces candidata presidencial Marine Le Pen, también de la Primera Ministra italiana, Georgia Meloni, de la fragmentación política en España y de “eso que en Argentina llaman ‘la grieta’”. “No se entiende que la democracia es una regla de juego que no te asegura un buen gobierno, sino un proceso pacífico y el respeto de derechos”, opina Sanguinetti.
“La doña esa (Le Pen) está encabezando las encuestas y uno se agarra la cabeza. No estamos exentos de eso acá, es un problema de nuestro tiempo. Aparece la fantasía de los salvadores milagrosos y así estropeamos la disidencia. Es ucronismo pensar que la sociedad del futuro será uniforme en su manera de pensar. No, la sociedad del futuro será cada vez más compleja y habrá múltiples discursos. Hay que aprender a convivir, a respetarnos. Saber que una sociedad tiene diferencias inevitablemente, pero que hay un nosotros, un capital colectivo que nos ampara. Si destrozamos ese nosotros, no hay margen para la prosperidad. No vamos a cambiar el mundo, pero lo intentamos”, dice Mujica antes de soltar una sonrisa pícara y agregar que “cuando uno está por salir, le empieza a preocupar el mundo en el que uno no va a vivir ¡Qué bicho el ser humano!”. Y el auditorio del Malba ríe, como ríe ese (¿ex?) rival político que es Sanguinetti.
Claro que habrá tiempo de hablar del futuro, de ese mentado horizonte. Sanguinetti cita al poeta Paul Valéry para decir que “el futuro ya no es lo que era” y enlaza a ese gran tema que es la democracia con la tecnología: “este tiempo nos ha llenado de sorpresas, las utopías del siglo XX se fueron cayendo, la ciencia cambió los parámetros, la comunicación cambió y la democracia padeció esa situación. Hoy estamos hundidos en un cambio sustancial de civilización: de sociedad postindustrial a sociedad digital. Hoy somos muchos más, no pensábamos que íbamos a poder sustentarnos los 8 mil millones que somos. Vivimos más. Pero los sueños de los años cincuenta y sesenta se desvanecieron. Las estructuras crujen, entonces hay nuevas oportunidades pero más desasosiego”.
El ex líder colorado insiste en que los factores de desasosiego se acumulan y pone de ejemplo dos hechos que parecen fuera de tiempo: “una pandemia, parecía que eso era de la edad media o del libro La Peste, de Albert Camus; y una guerra anacrónica en Ucrania, de nacionalismo agresivo, que se transforma en una guerra mucho más amplia al incorporarse Estados Unidos”.
Mujica ve ese escenario, esas dificultades, y comparte la preocupación. Pero habla con optimismo, habla de transformar: “el humano puede hacer cualquier barbaridad. Pero también puede frenar al bicho humano a favor del bicho humano. Hay una lucha permanente: si nos dejamos vencer por el pesimismo, nos queda mirar pasar el furgón de la Historia. O nos comprometemos e intentamos construir un mundo mejor. Los seres humanos podemos orientar en parte nuestra vida; eso es la libertad. Cuando estoy sujeto a la necesidad, soy una hormiga, un sapo. Pero cuando puedo decidir, ahí aparece el humano. Los que no se hacen esas preguntas que no tienen respuesta creen que el mercado se hará cargo de todo. Y después están los locos, los pasionales. Los que creen que se puede cambiar el mundo, los que tienen pasión por la ciencia, por escribir, por pintar. Le dan contenido al milagro de haber nacido, le dan una causa a la vida ¿Pa’ qué estamos sino?”
El “par de viejos” se ríe una vez más cuando Sanguinetti habla de la inteligencia artificial, de los algoritmos y de esa plataforma que le sugiere contenido y le dice “Julio, tenés que ver esto” (“¡Julio me dice! ¡Como si hubiéramos dormido juntos!”). Y en medio de un clima entre apacible y emotivo, Gabriel Pereyra suelta que el problema es cuándo se termina toda esta charla. “No vamos a hablar del libro”, aclara Mujica, pero Sanguinetti retruca que “el libro es esto”. Y vuelven a reír los cuatro junto al resto del auditorio.
Al menos la mención al libro que, se supone, están presentando, lleva a hablar justamente de libros y el que toma la posta es el del Frente Amplio: “el libro sobrevive pero queda guardado en un rincón. Un día releés algo que leíste hace 25 años y te refrescás. Yo estuve 7 años en un calabozo donde no me dejaban leer. Pero leí mucho de joven. Cuando me dediqué a cambiar el mundo, andaba disparando y no podía leer. Cuando quedé en soledad, volví sobre lo que había leído y empecé a rumiar, porque tenía mucho tiempo y tenía que disparar de la locura. Fue la etapa más dolorosa de mi vida, pero fue en la que más aprendí, mirando hacia adelante. Eso se lo debo a los libros. Los que tienen hijos, cultiven el amor al libro, a subrayar, a escribir, a aventurarse en pensar una frase ¡Qué computadora! Los libros nos dejan esa memoria subliminal que queda y se estratifica. Mucho de la solidaridad intergeneracional nos llega por los libros. Soy una especie de neoestoico, de viejo re chiflado con el despilfarro, con el consumismo”. Es su manera de decir que él está entre los que hacen preguntas que no tienen respuestas, entre los pasionales, entre los que leen.
La idea de mirar hacia adelante se repite una y otra vez, pero no dejan de aparecer los desafíos porque, dice Sanguinetti citando a José Ortega y Gasset, “los hombres somos los únicos animales que nos preocupamos, es decir, que nos ocupamos previamente de lo que suponemos que va a ocurrir”. “El hombre moderno es un gorila fuerte con una ametralladora en la mano: tenemos una tecnología brutal, pero no la usamos bien. Padecemos un estancamiento de carácter cultural”, opina Mujica. Y la solución, la salida al estancamiento, es, una vez más, la democracia.
Para Sanguinetti, “cada uno de nosotros no es sólo un consumidor insatisfecho o un contribuyente enojado porque tiene que pagar impuestos ni un individuo que actúa en su grupo pequeño, que antes era la familia y ahora, el grupo de Whatsapp. Se cree que eso es el mundo. Lo importante es rescatar la condición ciudadana, con sus derechos y deberes. La democracia es aritmética, gobiernan las mayorías, pero la democracia requiere respetar a las minorías. Y requiere de la participación de la ciudadanía. Si hoy estás desencantado, ¿con quién te encantaste antes? Ha habido mucho encantamiento, pero las utopías fracasadas nos llevan por delante. Los sueños, cuando chocan con las realidades, generan esos desencantos”.
¿Cómo lidiar con esos desencantos? ¿Cómo superar el desasosiego general producto de factores que se acumulan, que hacen que las estructuras institucionales crujan? Ahí sí hay una diferencia, de las pocas que eligen mostrar Sanguinetti y Mujica en esta suerte de viaje al futuro. El primero cree que nunca habrá una satisfacción plena, que quienes inventaron métodos de satisfacción plena, terminaron en totalitarismos, que es responsabilidad de los ciudadanos el no votar “a encantadores de serpientes”. “El primer responsable es el ciudadano mismo porque la elección es un acto de gobierno, no una encuesta. Y eso pone al ciudadano frente a la responsabilidad”, dice.
Mujica, en cambio, habla de una tendencia a votar en contra de lo que hay sin tener en claro a favor de qué se vota. Opina que la cultura de nuestro tiempo es la ansiedad. “Si no cambiás vos la cultura, no cambia nada, dice una murga en mi país. La enseñanza no es sólo conocimiento, es también valores. Hemos progresado técnicamente pero en valores estamos estancados”. Se acomoda en la silla, con los ojos entrecerrados y ese compañero de ruta junto a él y dice que “vale la pena vivir esta vida al mango, gozar los triunfos y las derrotas”.
Luego siguen los aplausos y las fotos y las preguntas informales, hasta que los dos se retiran, una vez más, juntos. A seguir un diálogo que empezó en un libro y que continúa, de cara al horizonte.
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