
Poco antes de morir el 9 de julio de 1974 en Washington DC, a los 83 años, Earl Warren, el ex presidente de la Corte Suprema de Estados Unidos y de la fallida comisión investigadora sobre el asesinato de John F. Kennedy, deslizó una frase enigmática que volvió a alimentar el fuego de las teorías conspirativas que circulaban alrededor del magnicidio: “La verdad no se conocerá mientras vivamos”, dijo. Habían pasado más de diez años del crimen de Dallas y hacía casi nueve que él mismo le había entregado al sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson, el informe elaborado por su equipo para esclarecer el hecho. El público esperaba trabajo serio, profundo, esclarecedor, pero cuando terminó siendo un fiasco que despertó la indignación en amplios sectores de la sociedad estadounidense, todavía conmocionada por la muerte de uno de los presidentes más populares de su historia.
La Comisión Warren – como se llamó por su presidente – había sido creada por Johnson siete días después de la muerte de Kennedy con la misión concreta de investigar el magnicidio hasta las últimas consecuencias. Encabezada por el presidente de la Corte, fueron convocados a integrarla el ex director de la CIA Allen Dulles, el senador republicano John Sherman Cooper, el senador demócrata Richard Russell, el congresista Hale Boggs, el ex presidente del Banco Mundial John McCloy y quien sería presidente de los Estados Unidos una década después, Gerald Ford.
PUBLICIDAD
Durante diez meses los integrantes de la comisión habían analizado 3.154 pruebas – entre pericias, autopsias, informes de balística y documentos secretos - y revisado las declaraciones de 552 testigos seleccionados entre 26.550 que ya habían sido interrogados por el FBI. Sin embargo, después de una investigación tan exhaustiva, para Warren y los suyos no había puntos oscuros, ni siquiera grises en el asesinato de Kennedy.

En las conclusiones del informe entregado a Johnson el 27 de septiembre de 1964, se trataba de aventar todo tipo de dudas. Según ellas, ningún miembro del gobierno estuvo involucrado ni participó de una conspiración para asesinar el presidente y que Lee Harvey Oswald mató Kennedy en una acción solitaria, sin colaboradores ni autores intelectuales que le ordenaran hacerlo.
PUBLICIDAD
El asesino había atacado al presidente en un estado de desequilibrio mental, sin ninguna motivación de tipo político. Para perpetrar el magnicidio había realizado tres disparos desde el sexto piso del depósito de libros, dos de los cuales impactaron en el cuerpo de Kennedy. Oswald también mató al policía Tippit cuando trataba de escapar. La custodia de Kennedy había actuado con métodos desactualizados, que debían ser revisados para mejorar la seguridad presidencial. Por último, la Comisión concluyó que Jack Ruby también había actuado solo al matar a Oswald dos días después del magnicidio, y que pudo hacerlo debido a la negligencia en la seguridad de la policía de Dallas. Fin del asunto.
Así, para la Comisión Warren el asesinato de Kennedy era un caso cerrado, con un solo culpable y sin ningún conspirador. Eso hizo que el informe fuera recibido con una ola de críticas. Se lo calificó de maniobra de encubrimiento e incluso se señaló a sus principales responsables: Allen Dulles, quien estaba públicamente enfrentado con Kennedy por la fallida invasión a Cuba ocurrida en 1961, y Gerald Ford, un hombre muy cercano al director del FBI, Edgard Hoover, desembozado enemigo del presidente asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963.
PUBLICIDAD
Minuto a minuto
Al tomar estado público esas conclusiones, las reacciones fueron de perplejidad, de enojo y de rechazo. Se creía que la Comisión revelaría los secretos del magnicidio, sus motivaciones y sus verdaderos culpables, pero no revelaba nada de eso. Los hechos eran los que ya conocía todo el mundo y se podían ordenar minuto a minuto del mediodía del viernes 22 de noviembre de 1963 en Dallas, Texas. La cronología era esta:
11.40: John F. Kennedy llegó al aeropuerto Love Field, de Dallas, junto con su esposa, Jacqueline, en el marco de una gira para recaudar fondos destinados a su campaña de reelección.
PUBLICIDAD
11.44: El presidente y su comitiva abordaron un convertible Lincoln Continental descubierto para dirigirse al Trade Mart, donde JFK tenía previsto pronunciar un discurso. El chófer y su acompañante en el asiento delantero eran dos agentes secretos; en los asientos del medio se ubicaban el gobernador de Texas John Connally, en el de la derecha, y su esposa, a la izquierda; en los de atrás, se sentaron Kennedy a la derecha y Jacqueline a la izquierda.
12.29: En el centro de Dallas, el vehículo giró a la derecha en Houston Street, junto a la Plaza Dealy, y luego a la izquierda en Elm Street, frente al depósito de libros de la Texas School.
PUBLICIDAD
12.30: En el momento en que la limusina presidencial reducía la velocidad para hacer el giro se realizaron tres disparos, presumiblemente desde el sexto piso del depósito. El primer tiro falló, pero su impacto sobre el asfalto produjo una pequeña lluvia de piedras que hirió a James Tauge, que estaba entre la multitud que esperaba ver pasar al presidente. El segundo disparo – la famosa “bala mágica” – impactó en la espalda de Kennedy y salió por debajo de su garganta, luego siguió su trayectoria y entró en el pecho de Connaly para después salir, impactar en su muñeca y alojarse en su pierna izquierda. El tercer disparo, cinco segundos después, impactó en la cabeza del presidente y le produjo la muerte.

12.33: Lee Harvey Oswald salió del depósito, donde dejó su fusil, por la puerta principal. Cuando lo encontraron estaba armado con una pistola.
13.15: El policía T.D. Tippit se topó con Oswald y lo vio parecido a la descripción que le habían dado del presunto asesino de Kennedy. Cuando intentó detenerlo, Oswald le disparó cinco veces y lo mató.
PUBLICIDAD
13.22: La policía encontró, oculto entre una pila de cajas del depósito de libros, el rifle Carcano, modelo 38, de 6.5 milímetros comprado legalmente por Oswald en marzo de 1963.
13.50: Oswald fue detenido en las inmediaciones del Texas Theatre por el asesinato de Tippit. Recién después se lo identificaría como el asesino de Kennedy.
14.38: A bordo del Air Force One, el vicepresidente Lyndon B. Johnson juró como presidente de los Estados Unidos. Lo acompañaba Jacqueline Kennedy, que todavía llevaba puesto el vestido manchado con la sangre de su marido.
24 de noviembre: Jacob Leon Rubenstein, más conocido como Jack Ruby, mató a Oswald en el subsuelo de la Jefatura de Policía de Dallas, cuando iba a ser trasladado a la cárcel del condado. Oswald murió sin haber reconocido ser el autor de los disparos que acabaron con la vida de Kennedy. El asesinato de Oswald fue transmitido en directo por los canales de televisión que cubrían su traslado.
PUBLICIDAD

Rumores conspirativos
Contra lo que se esperaba de él y el gobierno pretendía, el informe de la Comisión Warren provocó que cobraran mayor fuerza las decenas de teorías conspirativas que ya circulaban sobre el magnicidio y que se agregaran otras nuevas. Algunas eran coherentes, mientras que otras realmente delirantes. Unas y otras tenían protagonistas de toda estofa, que incluían al FBI, la CIA, la mafia y hasta a otros países como perpetradores o instigadores del magnicidio.
Muchas de ellas apuntaban a las agencias de seguridad gubernamental, no solo la CIA y el FBI, sino también el Servicio Secreto y el Pentágono. La más difundida aseguraba que la CIA quiso vengarse de Kennedy por la fracasada invasión a Cuba de Bahía de Cochinos, en la cual el presidente se negó a brindar un apoyo militar directo y con eso selló la derrota de los anticastristas. Otra teoría también señalaba a la CIA como organizadora del atentado con la intención de acusar a Cuba del magnicidio. Estas dos teorías coincidían con la afirmación que el chofer de la limusina descubierta que trasladaba a Kennedy – un agente del FBI - sabía que le dispararían al presidente en Elm Street y que por eso disminuyó la marcha del vehículo.
PUBLICIDAD
Una teoría diferente señala como autores ideológicos a un grupo de banqueros descontentos con una medida reciente que habría tomado Kennedy. Meses antes de su asesinato, el presidente habría firmado una orden ejecutiva que le otorgaba al secretario del Tesoro la autoridad para emitir dólares respaldados con reservas de plata y no solo de oro. De esa manera Kennedy obtendría mayor poder que la Reserva Federal (Fed) lo que afectaría a los intereses de esos banqueros. Para evitarlo, habrían contratado a uno o más sicarios para acabar con la vida del mandatario.
La mafia tampoco quedó afuera de la lista de presuntos culpables. Para los que creían en esa posibilidad el atentado había sudo una venganza organizada por un consejo de capos después de que JFK le ordenara al FBI actuar con más dureza contra el crimen organizado y sus intereses. Según esta hipótesis, tanto Oswald como Ruby eran piezas utilizadas por la mafia: uno para matar al presidente y el otro para, al asesinar a Oswald, borrar los rastros que podían poner en evidencia a los capos.
El sucesor de Kennedy, Lyndon B. Johnson tampoco escapó a las acusaciones. Se llegó a insinuar que el asesinato había sido encargado por él porque el malogrado presidente quería que avanzaran cuatro causas que tenía pendientes con la justicia: violación de contratos gubernamentales, prevaricación, lavado de dinero y soborno. Llamativamente, las investigaciones sobre esta hipótesis fueron cerradas cuando Johnson se instaló en el Salón Oval de la Casa Blanca.
Quizás la teoría más conocida sea la que plantea Oliver Stone en su película “J.F.K.”, estrenada en 1992. Según el director, el magnicidio fue obra de la CIA y los servicios secretos estadounidenses, que utilizaron a la mafia y a Oswald como chivos expiatorios. Es decir, un cóctel con todos los ingredientes de las versiones que corrían sobre el asunto.
El enigma de los disparos
La mayoría de las teorías que todavía hoy circulan sostienen que Lee Harvey Oswald no actuó solo y que hubo dos o más tiradores. Incluso la viuda del gobernador John Connally – herido en el atentado – llegó a sostener que su marido había recibido el impacto de una bala diferente a la que mató a Kennedy. El ex gobernador de Texas siempre apoyó públicamente las conclusiones de la Comisión Warren y calificó de descabelladas a las versiones conspirativas. Sin embargo, en privado decía el atentado había sido obra de más de un tirador y que era una operación organizada.
Después de la muerte de Connally, uno de sus más estrechos colaboradores, Doug Thompson, contó que le había preguntado al gobernador si estaba convencido de que Oswald había disparado el arma que mató a Kennedy. “Absolutamente no. No creo ni por un segundo en las conclusiones de la Comisión Warren. Si no dije nada es porque amo a este país y necesitábamos cerrar ese episodio cuanto antes. Nunca voy a hablar públicamente acerca de lo que yo creo”, le habría respondido el texano.
Durante los interrogatorios a los que fue sometido en la Jefatura de Policía de Dallas, Lee Harvey Oswald negó sistemáticamente haber matado a Kennedy. “Yo no lo maté. No sé nada sobre eso”, se cansó de repetir ante los agentes que lo entrevistaron. Lo seguía negando a las 11.20 de la mañana del 24 de noviembre de 1963, cuando lo iban a trasladar desde la Jefatura de Policía de Dallas a la cárcel del condado y Jack Ruby lo asesinó ante decenas de personas, entre policías, periodistas, curiosos y camarógrafos de televisión que transmitieron el crimen en vivo y en directo.
Las cámaras, enfocadas en los ascensores, mostraron a Oswald esposado cuando bajaba de uno de ellos flanqueado por dos detectives de civil, uno con sombrero blanco y el otro con sombrero negro. Se llamaban James Laevelle y L. C. Graves y llevaban a Oswald agarrado de los brazos. Luego, los camarógrafos siguieron a los tres hombres caminando unos metros hacia el furgón que iba a trasladar a Oswald y captaron cómo fueron interceptados por Ruby, vestido con un traje oscuro y sombrero negro, que disparó contra el preso en el estómago. Se escuchó un solo disparo. Los policías se le tiraron encima y lo inmovilizaron, mientras que Oswald se retorcía en el suelo de dolor. Lo llevaron al Parkland Memorial – el mismo hospital en que se había anunciado la muerte de Kennedy dos días antes – donde murió poco después del mediodía.

El hermetismo de Ruby
Cuando en marzo de 1964 lo juzgaron por el asesinato de Lee Harvey Oswald, Jack Ruby se declaró inocente. Dijo que ni siquiera se acordaba del momento en el que disparó a Lee Harvey Oswald; aseguró también que sufrió una epilepsia psicomotora por el dolor que le provocó el asesinato de Kennedy. No le sirvió de nada. En una de las sentencias más rápidas de la historia judicial estadounidense, después de once días de juicio el jurado deliberó apenas dos horas y 19 minutos antes de declararlo culpable. Sus abogados apelaron y en octubre de 1966 un tribunal superior anuló el juicio y ordenó realizar otro. La decisión se basó en el uso de testimonios indebidos de los policías sobre sus conversaciones que Ruby luego de la detención. Fue condenado nuevamente.
Para entonces ya estaba gravemente enfermo de cáncer. Lo trasladaron al Parkland Memorial Hospital de Dallas, donde murió el 2 de enero de 1967. En un último intento para que revelara la verdad sobre el asesinato de Oswald y, tal vez, algo de la trama del atentado contra Kennedy, su hermano Earl Rubenstein y su abogado, Elmer Gertz, lo entrevistaron con un grabador encendido. Fue en vano, con el cuerpo saturado de calmantes, el asesino de Oswald solo dijo incoherencias.
Si Jack Ruby guardaba algún secreto que podía desmentir las conclusiones de la Comisión Warren, se lo llevó a la tumba. Como señaló al día siguiente un editorialista de USA Today: “Al matar a Oswald, Ruby asesinó a la verdad, porque mientras existió Oswald existió la posibilidad de poner en claro la verdad de aquel horror. La vida de Lee Oswald era el último reducto de una sociedad civilizada para establecer, con pruebas, los motivos del crimen y la culpabilidad de su autor. Ahora, con la muerte de Ruby, desaparece la última esperanza de descubrir la trama detrás de los hechos”.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
57 días que cambiaron el rock en los 90: siete discos, una coincidencia histórica y el fin de una era que nadie vio venir
Entre el 12 de agosto y el 8 de octubre de 1991 llegaron “The Black Album”, “Ten”, “Use Your Illusion I y II”, “Nevermind”, “Blood Sugar Sex Magik” y “Badmotorfinger”. Mientras el rock de los 80 todavía llenaba estadios, una nueva generación encontraba en el grunge una estética y un sonido propios para expresar el desencanto de los años 90

Un disco grabado entre tensiones, una tapa sin nombre y el último encuentro como The Beatles: la historia detrás de Abbey Road
Hace 57 años, la legendaria banda publicaba en Reino Unido lo que sería su despedida discográfica, marcada por accidentes de tránsito y una sesión fotográfica de apenas 10 minutos que se convertiría en leyenda

Nació sin brazos, se convirtió en pintora y fue campeona de taekwondo: ahora inspira por la destreza con la que cuida a su bebé
Dejana Backo nació con focomelia y muestra en Instagram cómo viste y alimenta a su hija de seis meses usando únicamente los pies. Se graduó en la Academia de Artes de Novi Sad y construyó una carrera deportiva

Noventa minutos a la semana, un repertorio de Mozart a los Beatles y un escenario en Villa Crespo: el coro que une a mujeres de 15 a 78 años con una misma voz
Un director coral armó un grupo heterogéneo e intergeneracional, que va de la adolescencia hasta la vejez. El domingo 4 de octubre actuarán en beneficio de una organización que acompaña a personas con discapacidad

La foto acertijo: ¿Quién es este niño que recibió una guitarra en lugar de la bicicleta que quería y más tarde hizo historia?
Nació en una familia humilde y desde muy chico estuvo rodeado de música. A los 13 años se mudó con sus padres en busca de una vida mejor y, después de terminar la escuela, comenzó a trabajar mientras intentaba abrirse camino como cantante. Una grabación hecha casi por casualidad cambiaría para siempre su destino




