
Bernat sobrevivió a la peste negra en Valencia en 1348. Lo que dejó escrito no es un tratado médico ni una crónica oficial: es el relato de un hombre que vio morir a su ciudad desde adentro y que encontró en las palabras la única forma de dar cuenta de lo que sus ojos no podían dejar de ver.
Su testimonio, recogido siglos después por National Geographic, es uno de los registros más directos que se conservan sobre cómo vivió la gente común la pandemia más mortífera de la Edad Media.
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Bernat vivía en Valencia cuando los carros comenzaron a circular a diario cargados de cadáveres y los cementerios se colmaron en semanas. Su relato importa hoy porque muestra, desde adentro, cómo la enfermedad alteró la vida cotidiana, los vínculos y las creencias.
Los carros de muertos pasaban cada madrugada
Bernat vivía en Valencia cuando los carros comenzaron a circular a diario cargados de cadáveres. Los cementerios se colmaron en semanas y hubo que abrir zanjas más allá de sus límites para dar cabida a los cuerpos, que eran arrojados en fosas comunes sin nombre ni ceremonia. La cólera de Dios, como la llamaba él, se había instalado en la ciudad de forma definitiva.
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La plaga había llegado un año antes desde Caffa, una colonia genovesa en la península de Crimea asediada por los mongoles. Los marineros que escaparon del puerto infectado desembarcaron en Mesina sin saber que llevaban la enfermedad encima. De Sicilia pasó a Italia, luego a Francia, y en menos de doce meses alcanzó los reinos hispanos. Para cuando Bernat empezó a escribir, la muerte ya contaba sus víctimas por millares en Valencia.
Vio a sus vecinos morir solos, sin sacerdote y sin ataúd
Bernat describió los síntomas con la precisión de quien los observó de cerca: bubones (tumores purulentos) en ingles, axilas y cuello; escalofríos, calambres, delirios. La muerte llegaba antes de que transcurriera una semana desde la aparición de las primeras señales.
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Nadie sabía con certeza qué causaba el mal. Los médicos que aún quedaban en la ciudad no tenían respuesta. Algunos hablaban de miasmas, efluvios malignos producidos por aguas estancadas o materia en descomposición; otros atribuían el origen a conjunciones de planetas o al paso de cometas; otros, a gases liberados por erupciones volcánicas. Ninguna explicación conducía a un remedio.

Lo que Bernat sí vio con claridad fue el derrumbe de los vínculos entre las personas. “El pánico al contagio hace que el padre abandone a su hijo, la mujer a su esposo y los hermanos se alejen los unos de los otros”, escribió. Los enfermos morían encerrados en sus habitaciones, abandonados por quienes más los querían.
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Los cadáveres permanecían en las casas porque ni los sacerdotes se atrevían a entrar. No había religiosos dispuestos a dar la extremaunción, ni notarios que tomaran testamento, ni médicos que se acercaran a los que agonizaban.
Los carpinteros no daban abasto para fabricar ataúdes y más de un padre enterró a su hijo con las manos, envuelto apenas en una sábana. Pocos cuerpos llegaban a la iglesia acompañados por más de una docena de vecinos. Los sepultureros, muchos de ellos ya muertos también, habían dejado un vacío que nadie quería ocupar.
La ciudad que Bernat conocía dejó de existir antes de que terminara el año
La Valencia que Bernat describió al final de su relato era irreconocible. Los talleres estaban vacíos, los campos sin trabajar. El miedo a morir de forma repentina había partido a la población en dos. Algunos salían en procesión detrás de santos y crucifijos a implorar el fin del castigo divino.
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Otros se flagelaban la espalda en público, convencidos de que los pecados de la Cristiandad merecían una penitencia visible. Creían que la peste era un castigo enviado por Dios y que solo el sufrimiento propio podía aplacarlo.
Pero la mayoría tomó un camino opuesto. Ante la certeza de que el tiempo en este mundo se acababa, muchos dejaron de respetar las leyes morales y se entregaron a los excesos con la comida, la bebida y las relaciones prohibidas.
El clero, según Bernat, no fue la excepción: varios religiosos habían llenado sus alcobas de barraganas. Los campos y talleres abandonados fueron saqueados por quienes aprovecharon el vacío de autoridad para robar en las casas de los muertos o de los que habían huido.
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Como si se tratara de un testamento, la última línea de Bernat resume: “Recelosos y desconfiados del prójimo, temerosos de que nos alcance este flagelo que Dios ha enviado por nuestros pecados”.
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