Cuando el sol “bombardeó” la Tierra: las terribles consecuencias del “Evento Carrington”, la mayor tormenta solar de la historia

El 2 de septiembre de 1859, 17 horas y 40 minutos después de que se produjera una fuerte explosión en el Sol, una corriente de protones, electrones y partículas alfa deformó el campo magnético terrestre y provocó auroras boreales nunca vistas, destruyó las redes telegráficas y dejó incomunicada a la Tierra durante 14 horas. Las observaciones de un científico aficionado y los relatos que llegaron hasta hoy

El Sol rojo y naranja irradia calor con múltiples erupciones y bucles de plasma brillante que se extienden desde su superficie al espacio oscuro.
Una tormenta solar es una perturbación que se produce temporalmente en la magnetósfera terrestre, la capa exterior que se forma por la interacción entre el magnetismo del planeta y el viento solar (Imagen ilustrativa Infobae)
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De pronto y sin ningún aviso, en algunos lugares de la Tierra la noche se convirtió en día. Los telégrafos, que eran la tecnología de comunicaciones más avanzada de la época, colapsaron en Europa y Estados Unidos, con cables quemados, oficinas incendiadas y algunos empleados víctimas de descargas eléctricas. No fueron pocos los que creyeron que estaban viviendo el comienzo del Apocalipsis; otros, más calmos, observaron el fenómeno y se maravillaron con el espectáculo de las auroras boreales que podían verse en Madrid, Roma, Santiago de Chile, La Habana, Ciudad de Panamá, el norte de Colombia e incluso Australia, donde jamás se habían presentado. Todas esas cosas y muchas más fueron las que ocurrieron a los ojos de una humanidad desconcertada, entre el 1 y el 2 de septiembre de 1859, durante lo que pasó a la historia como el “Evento Carrington”, la tormenta solar más intensa de la que se tiene registro.

Una tormenta solar es una perturbación que se produce temporalmente en la magnetósfera terrestre, la capa exterior que se forma por la interacción entre el magnetismo del planeta y el viento solar, que no es otra cosa que una corriente de protones, electrones y partículas alfa emanadas del Sol gracias a la energía cinética y las altas temperaturas de su corona y que en su trayecto da lugar a una especie de gran burbuja que envuelve el Sistema Solar. Esa perturbación puede deberse a varias razones: el choque de una onda de viento solar causado por una eyección de masa coronal, onda que combina partículas de viento solar y radiación electromagnética, una llamarada solar o una corriente de viento solar de alta velocidad.

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Las primeras señales de la tormenta llegaron el 28 de agosto, cuando una serie de auroras boreales comenzó a iluminar el cielo en latitudes impensadas, pero el fenómeno en sí se desató el primer día de septiembre. Ese día el Sol emitió una inmensa llamarada que llegó a la Tierra 17 horas y 40 minutos después con partículas de carga magnética muy intensa. El campo magnético terrestre se deformó completamente, lo que permitió la entrada de partículas solares hasta la alta atmósfera, provocando nuevas auroras boreales.

Evento Carrington
Entre el 1 y el 2 de septiembre de 1859 tuvo lugar lo que pasó a la historia como el “Evento Carrington”, la tormenta solar más intensa de la que se tiene registro

La observación de Carrington

Por esos días, el astrónomo aficionado inglés Richard Christopher Carrington estaba realizando una observación de las manchas solares con su telescopio para hacer unos bocetos. No notó nada extraño hasta que, exactamente a las 11.18 del jueves 1 de septiembre, vio un intenso fogonazo de luz blanca que parecía salir de dos puntos del grupo de manchas, lo que liberó una energía que hoy se calcula equivalente a más de diez mil millones de bombas atómicas similares a la lanzada sobre Hiroshima.

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Nacido el 26 de mayo de 1826 en Chelsea, Carrington formaba parte de la Real sociedad Astronómica del Reino Unido desde 1851 y trabajaba en el observatorio de Redhill, Surrey, donde se dedicaba a cartografiar las estrellas. A partir de 1853 centró su atención en el estudio del Sol, especialmente de sus manchas y eclipses, de forma paralela a lo que estaba haciendo Richard Hogdson, un editor londinense también aficionado a la astronomía que había construido su propio observatorio. Los dos estaban trabajando en el Ciclo Solar 10, el décimo contado desde 1755, que comenzó en diciembre de 1855 y no terminaría hasta marzo de 1867.

Tanto Carrington como Hogdson detectaron la llamarada solar de la mañana del 1 de septiembre. Al día siguiente Balfour Stewart, un físico escocés del Observatorio de los Reales Jardines de Kew, en Londres, registró bruscos cambios con el magnetómetro. Eso fue lo que llevó a Carrington a establecer una relación entre lo que había observado y esos registros, lo que le permitió deducir que se trataba de una tormenta solar de una potencia no registrada hasta entonces. Comparando sus observaciones con los registros de magnetómetro de Kew, Carrington planteó la hipótesis de la existencia de una conexión de la actividad magnética solar y la terrestre, lo que le valió que ese mismo año le otorgaran la medalla de oro de la Real Sociedad Astronómica.

Evento Carrington
El astrónomo aficionado inglés Richard Christopher Carrington

El impacto en la Tierra

La llamarada duró apenas unos minutos, pero sus efectos sobre la Tierra no demoraron en producirse. Las crónicas de esos días relatan observaciones de auroras boreales desde Norteamérica hasta Colombia, pasando por México, Cuba, Hawai, Japón, China y Australia. Las describen como una luz rojizo-verdosa que teñía el cielo nocturno y que muchas personas confundieron con el amanecer. Hay relatos que dan una idea de la magnitud del fenómeno, como el caso de quienes podían leer a la luz de la aurora boreal como si fuese de día, o el caso de los mineros buscadores de oro de las Montañas Rocosas que se levantaron y desayunaron de madrugada, creyendo que el Sol salía detrás de una cortina de nubes. El Times de Londres informó sobre “ondas luminosas que se acumularon en rápida sucesión hasta el cenit, algunas con un brillo suficiente para proyectar una sombra perceptible en el suelo”.

Más allá de lo anecdótico, las consecuencias de esa suerte de bombardeo solar sobre la incipiente tecnología eléctrica de la época fueron devastadoras. Los telégrafos europeos y norteamericanos dejaron de funcionar y dejaron incomunicados durante 14 horas a ambos lados del Atlántico. Los postes lanzaban chispas y algunos de ellos se incendiaros, igual que algunas oficinas telegráficas, y hay relatos de empleados que recibieron descargas eléctricas cuando manipulaban el telégrafo.

Los efectos del Evento Carrington fueron recopilados posteriormente por el matemático estadounidense Elias Gloomis y publicados en el American Journal of Science, junto con los dibujos realizados por Carrington y Hogdson. Si el Evento de Carrington no tuvo consecuencias más brutales fue debido a que la tecnología eléctrica todavía estaba en sus inicios. De producirse hoy, los satélites artificiales dejarían de funcionar, las comunicaciones de radio se interrumpirían y los apagones eléctricos tendrían proporciones continentales y los servicios quedarían interrumpidos durante semanas.

Por ejemplo, la tormenta solar de 1989, mucho menos intensa que la de 1859, provocó que la planta hidroeléctrica de Quebec, en Canadá, se detuviera durante más de nueve horas, con daños y pérdida de ingresos resultante estimados en cientos de millones de dólares. Un evento similar en 1994 provocó desperfectos en dos satélites de comunicaciones y afectó el funcionamiento de las cadenas de televisión y radio canadienses. Otras tormentas han afectado desde servicios móviles y señales de TV hasta sistemas GPS y redes de electricidad.

Mancha oscura en el Sol, correspondiente a la tormenta solar de septiembre de 1859, descrita por el astrónomo Richard C. Carrington
Mancha oscura en el Sol, correspondiente a la tormenta solar de septiembre de 1859, descrita por el astrónomo Richard C. Carrington

Estrategias preventivas

Según los últimos modelos diseñados por los astrónomos, las tormentas solares de gran magnitud pueden producirse varias veces por siglo, aunque no con la potencia de un “Evento Carrington”. Según los cálculos, la posibilidad de que en las próximas décadas se desate una tormenta similar ronda entre el 0,46 % y el 1,88 %.

Pese a esas escasas probabilidades, para que las consecuencias de una eventual tormenta geomagnética “Carrington 2.0” no sean devastadoras para la actual tecnología, las agencias espaciales han desarrollado sistemas avanzados de vigilancia, como los satélites Solar Orbiter de la Agencia Espacial Europea o el Parker Solar Probe de la NASA, que estudian el comportamiento del sol y pueden dar alertas tempranas para que las compañías eléctricas, los operadores de satélites y los sistemas de navegación pongan en marcha planes de contingencia.

Aún así, no todos los daños son evitables. Según un estudio realizado por especialistas del Instituto Tecnológico de Massachussets, la última gran tormenta solar, registrada entre el 10 y el 12 de mayo de 2024, deshabilitó temporalmente los sistemas de seguridad para prevenir colisiones en la órbita terrestre baja. En esta región, que se extiende hasta los 1.000 kilómetros de altura, se encuentran las estaciones espaciales y numerosos satélites de observación, navegación y telecomunicaciones, incluidos los más de 6.200 satélites de la red Starlink de SpaceX.

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