
Para principios de la década de los ’80, la vida transcurría monótona en Keddie, un pequeño pueblo del condado de Plumas, en California, porque durante el día casi todos los habitantes se iban a trabajar a Quincy, la localidad más cercana, una “ciudad” de dos mil habitantes. Allí también iban los chicos a estudiar, porque en Keddie no había escuela. Solo quedaban los viejos y los desocupados, que eran muchos. Más del diez por ciento de la población vivía por debajo de la línea de pobreza. Alguien, en algún momento, lo había imaginado como destino turístico. Tal vez por eso, tenía un complejo de cabañas y un hotel con bar y restaurante cuya categoría distaba de brillar más de una estrella. Pero de ese sueño turístico solo quedaban las ruinas y el centenar de pobladores que habían ido a dar ahí sobrevivían como podían y de lo que fuera.
Tampoco la población era muy estable, la mayoría de la gente —casi siempre un fragmento de familias destruidas— llegaba sin que se supiera de dónde, permanecía un tiempo y después partía hacia un destino desconocido que a nadie le importaba. Mientras tanto, encontraban techo por unos pocos dólares en una suerte de camping de casas rodantes que jamás rodaban o en esas cabañas que se deterioraban sin que nadie les hiciera un arreglo. Había también una mala pensión, un almacén con de todo un poco y algunas casas, casi todas de empleados del ferrocarril cuyas vías pasaban cerca.
Keddie era un sueño frustrado, aunque nadie podía imaginar que se convertiría en una pesadilla. Si se lo miraba solo de manera superficial, parecía un pueblo tranquilo, donde nadie se metía en la vida de los otros. Era difícil descubrir que, por debajo de esa aparente calma, se movían fuerzas subterráneas que si llegaban a chocar podían producir un desastre: rencores personales, infidelidades, triángulos amorosos y hasta negocios con drogas a pequeña escala, como la del propio pueblo. Aun así, nadie podía imaginar que Keddie saldría del anonimato de un día para el otro al convertirse en escenario de uno de los crímenes sin resolver más misteriosos y escalofriantes de los anales policiales estadounidenses.

Una noche fatal
Como suele suceder con las pesadillas, la de Keddie se desató de noche, pero seguía ahí, sangrienta, con las primeras luces del día. Los crímenes ocurrieron en algún momento de la noche entre el 11 y el 12 de abril de 1981 pero fueron descubiertos recién a las siete de la mañana. Esa fue la hora en que Sheila Sharp, una chica de 14 años, volvió a su hogar, en la cabaña 28 del complejo, después de pasar la noche en la cabaña de los Seabolt, padres de una de sus amigas. Al abrir la puerta descubrió los cadáveres de su madre, Glenna “Sue” Sharp, de 36 años; de su hermano, John, de 15 años; y de una amiga del chico, Dana Wingate, de 17 años, que vivía en Quincy pero se había quedado a dormir, como hacía muchas otras veces.
Recién entonces escuchó los gritos desesperados que venían de uno de los dos dormitorios. Eran sus tres hermanitos menores, Rick, Greg y Justin. La puerta estaba cerrada con llave y no pudo abrirla. Entonces corrió de regreso a la cabaña de los Seabolt y pidió ayuda. James Seabolt, el padre de la amiga de Sheila, rompió la ventana del dormitorio y ayudó a salir a los tres chicos, que estaban aterrados pero ilesos. En cambio, no encontraron rastros de la otra hija de Sue, Tina, de 12 años. Estaba desaparecida. Era imposible saber si los asesinos se la habían llevado o pudo escapar. Ese misterio demoraría tres años en ser resuelto.
Los sacaron de la casa para evitar que vieran la escena del crimen, que era brutal. Las tres víctimas estaban atadas con cinta adhesiva y cables arrancados de los electrodomésticos. El cuerpo de Sue estaba tendido de costado en el piso, cerca del sofá, desnudo de la cintura para abajo. La habían amordazado con un pañuelo azul y su propia bombacha, adheridas a su boca con cinta adhesiva. Tenía la garganta cortada y varias heridas de arma blanca en el pecho y en su cabeza se veía la huella de un golpe propinado con la culata de un arma que fue identificada como una pistola Daisy 880 BB. A John También lo habían degollado y Dana tenía múltiples heridas en la cabeza. La chica no tenía el cuello cortado, la habían estrangulado con las manos.
Más tarde, las autopsias determinarían que los tres habían muerto a causa de las heridas de arma blanca y de martillazos en la cabeza. En la sala de la cabaña, la policía encontró un martillo y dos cuchillos ensangrentados. Uno de los cuchillos, de carnicero, estaba doblado a la altura de la mitad de la hoja debido a la fuerza extrema ejercida con él. Había salpicaduras de sangre por todas partes. El teléfono había quedado descolgado, todas las luces se habían apagado, y las cortinas estaban corridas. Se comprobó que la puerta de entrada no había sido forzada, lo que hizo sospechar que Sue o alguno de los chicos conocía al o los asesinos y por eso habían abierto la puerta.

La hipnosis de Justin
Los tres chicos que habían quedado encerrados en el dormitorio le dijeron al sheriff del condado, Doug Thomas, que no habían visto ni escuchado nada. Los vecinos tampoco ayudaron mucho. Solo uno dijo haber escuchado unos gritos ahogados cerca de la 1.30 de la madrugada, pero que no les dio importancia porque no se repitieron. Otro dijo que vio una camioneta verde estacionada frente a la cabaña alrededor de las 21.30, pero no pudo aportar la marca ni la patente; un tercero habló de un Datsun, pero no pudo dar más precisiones. Los peritos encontraron solo una huella digital que no coincidía con las de los Sharp o las de Dana Wingate, pero no sirvió para identificar a nadie. No estaba en los registros de criminales.
Recién unos días más tarde, el pequeño Justin se contradijo y aseguró que había visto algo, pero que no podía recordar qué. Lo sometieron entonces a una sesión de hipnosis a cargo del doctor Jerry Dash, psicólogo del Hospital de Niños de Los Ángeles y, en su transcurso, Justin reveló que había escuchado gritos y ruidos extraños en la sala mientras estaba viendo televisión con sus hermanos en el dormitorio, que entonces fue a la sala y vio a su madre discutiendo con dos hombres. Uno de ellos tenía bigotes y el pelo corto, el otro tenía el pelo largo y la cara afeitada. Dijo también que en ese momento entraron a la casa su hermano John y su amiga Dana y empezaron a pelear con los hombres, y que su hermana Tina entró poco después pero que uno de los intrusos la sacó por la puerta trasera de la cabaña. “Se la llevó”, dijo.
En base a las descripciones de Justin, el dibujante forense Harlan Embry hizo dos identikits que fueron publicados en los medios. El texto que los acompañaba los describía como hombres de entre 20 y 30 años. Uno de ellos con una estatura entre 1,80 y 1,88 metros y pelo rubio oscuro; el otro de entre 1,68 y 1,78. Los dos tenían los ojos ocultos por lentes para el sol. Fue todo lo que pudieron sacarle al chico.

Las teorías y los sospechosos
Los hombres que describió Justin no se parecían a nadie del pueblo, lo que metió a la policía en un callejón sin salida. Si eran gente de paso y la única huella digital que habían dejado no servía para identificar a nadie, sería imposible dar con los asesinos. Al sheriff Thomas, que quedó a cargo de la investigación, no le quedó otra alternativa que escuchar los rumores que comenzaban a correr y tratar de seguirlos para ver si lo llevaban a alguna parte.
El primero que escuchó apuntaba al exmarido de Sue, James, a quien la mujer había abandonado dos años antes, harta de ser maltratada. Escapando de él llegó a Keddie, donde primero vivió en una casa rodante y después consiguió alquilar la cabaña. James había visitado poco antes el pueblo, buscando una imposible reconciliación con Sue, que lo echó sin contemplaciones. Si eso lo había llevado a matar a su mujer y a uno de sus hijos, era una posibilidad que era necesario explorar, pero de haber sido su padre uno de los asesinos, Justin tendría que haberlo reconocido y después se comprobó que la noche de los asesinatos el hombre estaba en su casa, en Carolina del Norte. El sheriff no tuvo otra alternativa que descartarlo.
Otro sospechoso que estuvo en la mira de la policía fue Martin Smartt, que vivía con su mujer en la cabaña 26, muy cerca de la 28 que habitaba Sue con sus hijos. Sobre él corrían dos versiones que, según se las mirara, podían ser coincidentes o contradictorias. Una de ellas decía que Sue le había aconsejado a Marilyn, la esposa de Martin, que lo abandonara porque no debía soportar más sus maltratos; la otra, que Martin era en realidad amante de Sue y que la pareja había tenido una fuerte discusión la noche del 11 de abril y Martin había matado a su novia clandestina.
Los interrogatorios de Martin y de Marilyn tampoco llevaron a ningún lado. Poco después, el matrimonio se separó y el hombre se fue del pueblo. Meses más tarde le mandó una enigmática carta a su exmujer, que se la entregó a la policía. Allí, entre otras cosas, Martin le escribía: “He pagado el precio de tu amor y ahora que lo he comprado con las vidas de cuatro personas, dime que se acabó. ¡Genial! ¿Qué más querés?”.
Llamativamente, al sheriff Thomas esas palabras no le despertaron ninguna sospecha. Para él, que el hombre hubiera superado la prueba del detector de mentiras a la que había aceptado someterse en los días posteriores al crimen era suficiente para descartarlo para siempre.
Una tercera versión aseguraba que Sue Sharp y su hijo John eran un daño colateral en el triple crimen y que el verdadero objetivo era Dana Wingate. Decía que la chica, que no vivía en el pueblo sino en Quincy, vendía drogas al menudeo entre sus amigos y compañeros de colegio y que se había quedado con algún dinero —o quizás droga— de sus proveedores y que estos habían decidido matarla. La noche del 11 de abril la siguieron hasta la cabaña de los Sharp a bordo de la camioneta verde o del Datsun que habían sido vistos frente a la vivienda, entraron y mataron a los tres para no dejar testigos. Si habían encerrado a los más chicos en lugar de asesinarlos se debía a que creyeron que, por su edad, no podrían identificarlos. El sheriff Thomas también descartó esa línea de investigación sin dar explicaciones.
La policía también interrogó a otras personas, pero ninguna quedó detenida. Al cabo de dos años ya no quedaban sospechosos. En medio de tanta confusión se llegó a decir que los crímenes podían ser obra de dos asesinos en serie famosos de la época, Henry Lee Lucas y Ottis Toole. Sin embargo, no había ninguna prueba de eso.

La cuarta víctima
Otro misterio sin resolver era el paradero de Tina, la hija de 12 años de Sue Sharp, supuestamente vista por última vez por su hermano Justin cuando uno de los asesinos la sacaba de la cabaña por la puerta trasera. Al ser declarada “desaparecida” su búsqueda estuvo en un primer momento a cargo del FBI, sin que se lograra ningún resultado a pesar de que se hizo una intensiva exploración de decenas de kilómetros alrededor del pueblo.
Tres años y once días después de los homicidios, el 22 de abril de 1984, un hombre encontró restos de un cráneo humano y parte de una mandíbula en Camp Eighteen, muy cerca de Feather Falls, en el condado de Butte. Dijo que estaba buscando botellas desechadas para venderlas y ganar unos dólares cuando se topó con los huesos.
Poco después de anunciar el descubrimiento, la Oficina del Sheriff recibió una llamada anónima de un hombre que dijo que los restos pertenecían a Tina, lo que fue confirmado por el patólogo forense. Cerca de los restos, la policía encontró una manta para niños, una campera de nailon azul y unos vaqueros Levi’s que fueron reconocidos como de la chica, así como el resto de un rollo de cinta de embalar. El triple crimen se convirtió así en cuádruple, pero no se avanzó ni un paso en su resolución.
Así, los asesinatos de la cabaña 28 y la desaparición seguida de muerte de Tina Sharp se convirtieron en un “cold case”, es decir, un caso que continuaba abierto, pero en la práctica se dejó de investigarlos. El sheriff Dough Thomas se jubiló, aunque siguió hablando del caso, incluso en un documental, donde aseguró que había hecho todo lo posible por encontrar a los culpables y que se sentía “frustrado” por haber fracasado en el intento.

Sospechas sobre un sheriff
Dough Thomas fue reemplazado en el cargo por Greg Hagwood, un hombre de la misma edad que John Sharp, con quien había compartido las aulas de la escuela de Quincy. Quizás por eso, poco después de asumir, decidió retomar la investigación con la ayuda de Mike Gamberg, un detective retirado que conocía a fondo el caso. Lo primero que descubrieron Hagwood y Gamberg fue una serie de fallas en la investigación realizada por Thomas. Al ponerlas todas juntas sobre la mesa no les quedó más remedio que preguntarse si su predecesor no las había cometido a propósito por alguna extraña razón. Es decir, que había encubierto el crimen.
Les llamó mucho la atención que Martin Smartt, uno de los primeros sospechosos, nunca hubiera sido interrogado por la carta que le había enviado a su mujer donde prácticamente confesaba los cuatro crímenes. Eso no tenía remedio, porque Smartt había muerto de cáncer en el 2000. El sheriff tampoco había tenido en cuenta el testimonio de una vecina del complejo de cabañas, que dijo haber visto a Martin y a su amigo John “Bo” Boubede, un hombre con prontuario criminal, cerca de la cabaña de la familia Sharp la noche del crimen. Boubede, muerto en 1988, estuvo detenido unas pocas horas, pero Thomas lo liberó después de interrogarlo superficialmente. Eso también era muy extraño.
Había todavía más. El sheriff Thomas tampoco interrogó a fondo al hombre que halló los restos de Tina en un lugar de difícil acceso. No tuvo en cuenta —o ignoró de manera deliberada— que la excusa de estar buscando botellas para venderlas dada por el sujeto era ridícula: no se buscan botellas, ni ningún otro objeto de descarte, en una zona no poblada. El policía nunca le preguntó qué hacía realmente allí ni si alguien le había dicho que llamara a las autoridades para denunciar el hallazgo.
Poco después, Hagwood y Gamberg hicieron un descubrimiento todavía más llamativo: en una caja perdida en el depósito de la oficina del sheriff encontraron un casete con la grabación del mensaje anónimo que había identificado los restos denunciados por el botellero como pertenecientes a Tina Sharp. No estaba incorporado a la investigación y Thomas nunca había mencionado su existencia. Tampoco había incluido como evidencia un martillo encontrado en un pozo seco poco después de los crímenes y que pudo haber sido utilizado para perpetrarlos.
Cuando el nuevo sheriff y su ayudante hicieron todos estos descubrimientos corría 2017 y habían pasado más de 35 años de la noche de los crímenes. La Cabaña 28 tampoco existía, porque había sido demolida en 2004. No pudieron avanzar un paso más. La verdad sobre “los crímenes de la Cabaña Keddie”, como se los conoce, sigue siendo un misterio donde la mala praxis policial y el paso del tiempo han sido los principales cómplices de los asesinos.
Cuando se cumplen 45 años de los crímenes, Keddie sigue siendo un pequeño pueblo con muy pocos habitantes, pero su nombre se ha vuelto famoso no solo por lo ocurrido la noche del 11 de abril de 1981 sino porque ha dado lugar a las más diversas películas y teorías. El caso ha sido tratado en programas de investigación de crímenes reales, en el documental televisivo Keddie Murders y en Cabaña 28, una película de ficción de 2017 que cuyos productores aseguran que está “basada en hechos reales”.
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