“Un régimen militar prolongado y de una severidad sin precedentes”: el presagio de un golpe al que solo faltaba ponerle fecha

Documentos desclasificados de la embajada de Estados Unidos auguraban lo que pasaría una semana después: el derrocamiento del gobierno democrático. “Lo único que podría parar la cuenta regresiva sería que la señora Perón renunciara, pero ella sigue dando muestras de que pretende llegar hasta el fin”, dice el informe que no tenía la firma del embajador Robert Hill, quien ya se había ido del país

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La jura del embajador Robert
La jura del embajador Robert Hill, acompañado por el secretario de Estado Henry Kissinger. El delegado diplomático se fue del país el 17 de marzo de 1976, a apenas siete días del golpe (Dean Dexter)

Seis días antes del golpe militar contra el gobierno de María Estela Martínez de Perón, el 18 de marzo de 1976, dos figuras del peronismo y del radicalismo se reunieron con la idea de reunir a las fuerzas políticas en una asamblea multipartidaria, que debía tener el propósito de hallar una salida a la grave crisis económica y social, también política, que se abatía sobre el país: violencia terrorista en las calles, alta inflación, desabastecimiento, una economía al borde del colapso, un cuerpo político dividido y el oficialismo peronista fragmentado.

El mismo día del encuentro entre los dos líderes partidarios, la Embajada de Estados Unidos en Buenos Aires, que durante todo el gobierno peronista que había llegado al poder en 1973 recogió infinidad de secretos y confidencias del aparato político, social y militar de la Argentina, del que había dado cuenta puntual al Departamento de Estado a cargo de Henry Kissinger, envió a Washington un documento estremecedor que anticipaba en cierto modo la violencia que iba a desatar la futura dictadura.

El 19 de marzo, la Embajada informó sobre lo que parecía un gesto de solvencia política: por el peronismo, el entonces vicepresidente del PJ y gobernador del Chaco, Deolindo Bittel, había aceptado conversar con el líder de la UCR, Ricardo Balbín, que la noche del 16 había hablado por la cadena nacional, luego de un gesto de apertura del gobierno hacia el resto de los partidos políticos.

Ricardo Balbín, prominente líder de
Ricardo Balbín, prominente líder de la Unión Cívica Radical, mantuvo un encuentro el 19 de marzo de 1976 con el entonces vicepresidente del PJ y gobernador del Chaco, Deolindo Bittel

El resultado del encuentro entre Bittel y Balbín no pudo ser más desalentador: en lo formal, la charla parecía haber sido optimista: ambos habían llegado a compartir opiniones, acaso pronósticos, y quién sabe si soluciones, sobre la crisis. Ambos también habían decidido que era vital un encuentro de todos los partidos políticos en una gran asamblea, que hallara una solución institucional de último minuto. Los rumores de un golpe militar ya no eran ocultos, clandestinos o simulados; ni siquiera eran ya rumores: al golpe sólo había que ponerle fecha.

En lo práctico, en cambio, el encuentro entre Balbín y Bittel fue un desastre: ambos acordaron deliberar de nuevo la semana siguiente, para decidir recién entonces el lugar y la fecha de la reunión multipartidaria. O Balbín y Bittel no tenían idea del riesgo que amenazaba al país, ni de la urgencia a la que debían recurrir si querían frenar el alzamiento, o el encuentro fue un fuego de artificio, una nadería que intentaba ganar tiempo, ya no lo había, o demostrar el apego a las instituciones de los dos principales partidos de la Argentina.

De todo da cuenta uno de los documentos de la Embajada de Estados Unidos a cargo de Robert Hill pero que, por primera vez un mucho tiempo no llevaba la firma del embajador. Consciente de la inminencia del golpe militar, tal vez con una idea bastante aproximada de la fecha exacta, Hill, había dejado el país el 17 de marzo para que la Embajada no pudiera quedar asociada de alguna manera al alzamiento y al derrocamiento de Isabel Perón. Hill, que también tenía contactos con la CIA, había sido un testigo de privilegio de la realidad argentina. Embajador en España durante la última etapa del exilio de Juan Perón en ese país, había sido designado por Richard Nixon embajador en Buenos Aires ni bien Perón regresó a la Argentina por primera vez, en noviembre de 1972.

Robert Hill, embajador de EEUU
Robert Hill, embajador de EEUU durante la dictadura. Cuando se fue, la Embajada quedó a cargo del consejero de negocios, William Beal, que figuraba como Consejero de Asuntos Agrícolas

Ahora, en vísperas del golpe militar y con el embajador ausente, la legación diplomática estadounidense estaba en manos del encargado de negocios, William Beal, que se desempañaba, al menos de manera oficial, como Consejero de Asuntos Agrícolas. Su vinculación con los asuntos del campo no le impidieron representar un papel político crucial en aquellos días frenéticos.

En su informe al Departamento de Estado, Beal analiza el discurso radial de Balbín, que le había sido anticipado a Hill por el legislador radical Enrique Vanoli. El documento de la embajada, titulado “Es poco probable que los esfuerzos multipartidarios impidan el golpe”, recoge las reacciones un poco adversas que habían recibido las palabras de Balbín: “(…) Muchos radicales, en especial los más jóvenes, se mostraron desilusionados y molestos. Esperaban una crítica más fuerte al gobierno y la presentación de algún plan de acción dinámico para salvar a última hora al país del golpe. Sin embargo, Balbín admitió que él tampoco tenía una solución que ofrecer. Y si bien criticó al actual gobierno, pareció, para disgusto de los antiperonistas, excusar al propio Perón. Parece que también los anti verticalistas se sintieron medianamente disgustados con el discurso. El editorial de Mayoría –agrega el documento– estaba encabezado: ‘El gobierno no tiene ninguna solución; La UCR tampoco. ¿Alguien la tiene, o debemos esperar hasta que el país floats out the window?’“. Mayoría era un diario peronista que en esos días estaba a punto de cerrar. La expresión “floats out the window”, no se traduce de manera literal, sino que se le da siempre un sentido figurado: se usa para decir que algo se desvanece, se pierde o deja de importar con rapidez.

Luego, el documento de la Embajada refiere la reunión Balbín-Bittel en pos de una multipartidaria y señala algo que al Encargado de Negocios le parece fatal: “(…) Luego de su encuentro, se emitió un comunicado expresando coincidencia en diversos aspectos; ambos ahora consultarán con sus respectivos partidos y volverán a deliberar la semana próxima para convenir la fecha y el lugar de la reunión multipartidaria. Es muy poco probable que estos esfuerzos tengan algún resultado. Aún cuanto tuvieran alguna posibilidad, es demasiado tarde. Hablar de un encuentro la semana próxima es indicar que no se siente la urgencia. Probablemente, lo único que podría parar la cuenta regresiva en este momento sería que la señora Perón renunciara, pero ella sigue dando muestras de que pretende llegar hasta el fin”.

"La Argentina podría estar apuntando
"La Argentina podría estar apuntando a una situación desastrosa de tal magnitud que los intereses generales de Estados Unidos se verían seriamente amenazados", dice el documento

El informe de la Embajada finaliza con unas lapidarias cinco líneas de Beal: “Entretanto, excelentes fuentes nos dicen que la alta comandancia castrense, luego de tratar si era conveniente aplazar la cuenta regresiva y esperar el resultado de las reuniones, decidieron que hay demasiada presión de los oficiales de menor rango. Por lo tanto, el programa original, cualquiera que sea, sigue adelante. Beal”.

El diplomático que reemplazaba al embajador Hill no era un improvisado, ni un arriesgado. Tenía información de primera sobre aquel país que parecía desvanecerse en el aire y no la había conseguido como consejero agrícola de la Embajada, mientras estudiaba los ciclos de siembre y cosecha de los granos argentinos. El día anterior al documento que veía con resignada alarma la futilidad del encuentro Balbín-Bittel, el diplomático había enviado otro informe al Departamento de Estado en el que auguraba la instauración de “un régimen militar prolongado y de una severidad sin precedentes”. Beal tenía fuentes de información de altísimo nivel y credibilidad y, además, leía las advertencias públicas de los altos jefes militares.

A principios de marzo, el director del Colegio Militar de la Nación, general Reynaldo Bignone, que sería el último presidente de la dictadura, había abierto el año educativo con un duro discurso de bienvenida a los nuevos cadetes, a los antiguos que regresaban de sus vacaciones y a los familiares de ambos grupos. Dijo entonces Bignone: “(…) Es que el pueblo de la Patria, ante la agresión extranjerizante y solapada de la subversión y el desorden generalizado, ha entendido dónde está la verdad y dónde la mentira y cuánto vale su Ejército. El Ejército que con humildad y estoicismo aguantó afrentas, soportó calumnias, perdió sangre, no solo no se melló sino que mostró la hoja de su sable más afilada que nunca, se aferró a los valores de Dios, la Patria y la familia, sacó a la superficie todo su contenido y fue comprendido por su pueblo. Por eso tiene esta guerra ganada”.

"Incluso los oficiales moderados admiten
"Incluso los oficiales moderados admiten que les está resultando difícil frenar a los impulsivos, quieren llevar a cabo represalias masivas y ejecutar tanto a los peronistas como a los terroristas sin juicio previo", dice el informe

El 18 de marzo, a seis días del golpe, la Embajada revela, con un lenguaje medido pero contundente, las características que tendrá el futuro gobierno militar y hasta anticipa el plan represivo que seguiría la dictadura: “Si bien los altos mandos militares pueden estar planificando un golpe moderado y un gobierno interino que hará un llamado a elecciones dentro de dos o tres años, o tal vez menos, las posibilidades que logren mantener este plan no son buenas. Los problemas económicos y políticos son graves (…) serán necesarias medidas firmes y poco populares para solucionarlos. Más aún, hay divisiones dentro de los militares. Incluso el alto mando, de carácter moderado, admite tener problemas para refrenar a los exaltados que desean actuar demasiado rápido, deseosos de emprender represalias masivas y poner a los peronistas y a los terroristas contra la pared y sin someterlos a juicio. (…) Para resumir, si bien pareciera que lo más probable es que al principio va a emerger un gobierno interino, la dinámica de la situación es tal que bien podría dar paso a la segunda opción indicada en el documento, la de un régimen militar prolongado y de una severidad sin precedentes”.

Luego Beal traza el retrato de un país fantasma en el que nada está seguro: “(…) Las penurias en Argentina han llegado a un punto tal que también los militares podrían fracasar en sus intentos por hacerle frente. El país se enfrenta a un terrorismo flagrante, una economía a punto de colapsar, un cuerpo político sumamente fragmentado y, lo peor de todo, al creciente cinismo y frustración respecto de cualquier solución posible”.

El informe termina con un duro pronóstico que incluye a los Estados Unidos: “Enfrentados a la peor crisis de la historia moderna argentina, los dirigentes políticos y militares de la nación deberán superar el reto. De no hacerlo, sin embargo, la Argentina podría estar apuntando a una situación desastrosa de tal magnitud que los intereses generales de Estados Unidos se verían seriamente amenazados. Beal”.

El análisis de William Beal
El análisis de William Beal sobre el discurso de Ricardo Balbín del 16 de marzo de 1976

Los argentinos se portaban como los estoicos griegos, centrados en la virtud, la razón y la aceptación de los hechos. Habían naturalizado la violencia y la sangre en las calles; se habían ajustado el cinturón hasta tener que fabricarles nuevos agujeros; habían cambiado hábitos y costumbres, vivían un poco más encerrados mientras rumiaban su desencanto, veían con humor, con decepción, con cinismo y con irreverencia la realidad política y a los políticos; como los griegos estoicos mantenían, o intentaban mantener, la calma, la ecuanimidad y la fortaleza emocional ante la desgracia, el dolor y la incertidumbre.

Pero el estoicismo no se come. Y la crisis mandaba desabastecimiento, estampida de precios, dudas, desconfianza, recelo. A inicios de marzo, la electricidad, el gas y los teléfonos, todos fijos, los celulares no figuraban ni en la mentalidad más avanzada, habían aumentado sus tarifas entre un setenta y un ochenta por ciento; el correo, el cien por ciento; el ferrocarril el ciento cincuenta por ciento y el transporte en general el cien por ciento.

Quince días antes del golpe, el desabastecimiento castigaba carnicerías, almacenes, supermercados, ferias y mercaditos. Regían precios máximos para los productos de primera necesidad, pero los precios mayoristas superaban a los precios de venta minoristas; las góndolas se vaciaban y no llegaban mercaderías para reponer; las góndolas de los supermercados lucían un vacío inquietante. El agudo artículo de un diario porteño, publicado el 10 de marzo, radiografiaba el drama: “Los pollos siguen faltando. Los mayoristas exigían entre 78 y 80 pesos el kilo, mientras los minoristas están obligados a venderlo a 68 pesos, según el precio de lista. Lo de los huevos es dramático. Fueron fijados a 44 pesos la docena y en muchos negocios se venden a 12 pesos por unidad”. El artículo narraba también la odisea de un carnicero de la calle Brasil, casi esquina San José, que mostraba boletas y papeles a modo de prueba: “El 25 de febrero, el kilo de carne le fue cotizado a 58 pesos. ‘Hoy –se quejaba el atribulado comerciante– pretendieron cobrarme 110 pesos el kilo. Y no les permití descargar”.

La tapa del diario Clarín
La tapa del diario Clarín del 20 de marzo con paros, atentados, la solución multipartidaria y aumentos por encima del 100%

El combustible, carísimo, también escaseaba. “La nafta, oro líquido”, tituló el mismo diario que había radiografiado la escasez. Las estaciones de servicio habían instrumentado –las inspecciones brillaban por su ausencia– una tarifa fija equivalente a unos once litros para que cargaran los autos particulares. Los taxistas veían peligrar su trabajo, los fleteros ya lo juzgaban perdido. La sociedad ponía verde al ministro de Economía, Emilio Mondelli, que había profundizado el brutal ajuste de su antecesor, Celestino Rodrigo, ambos secuaces de José López Rega, el antes poderoso ministro del peronismo, que había huido del país en julio de 1975. Las palabras de moda eran jeroglíficos: “rodrigazo, mondellinazo”. Una pareja sacaba cuentas: llevar a los chicos al colegio y marchar al trabajo, los dos juntos, equivalía a veinte litros de nafta día por medio: “Tendríamos que pagar casi un millón de pesos por mes sólo de combustible –se angustiaba la mujer– Con estos nuevos precios sólo podrán andar en auto los potentados”.

La gente hablaba en pesos viejos o nuevos, los de la Ley 18.188; todo se había un poco más confuso. Todo era confusión: ¿dónde estaba el norte?, ¿adónde iríamos a parar?, ¿cómo salir de esta crisis que ya golpeaba los afectos, las relaciones personales y las sociales; que hacía indefinido y borroso el futuro? En marzo de 1976, poco les quedaba por hacer a los argentinos. Tal vez algo de diversión.

Pero ni eso: las entradas de cine habían aumentado el ciento catorce por ciento.

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