
El 6 de marzo de 1981, en una fría y lluviosa mañana, la quietud de una sala del tribunal de distrito en la pintoresca ciudad de Lübeck, Alemania (Occidental por entonces), fue atravesada por detonaciones de arma de fuego. Marianne Bachmeier, una mujer de 30 años, caminó con calma hacia el estrado donde se encontraba sentado Klaus Grabowski, el hombre acusado de haber secuestrado, abusado y asesinado a su hija de siete años, Anna.
Grabowski se encontraba de espaldas a la entrada, a una corta distancia de aproximadamente tres metros y medio. Bachmeier extrajo de su bolso una pistola Beretta calibre .22, quitó el seguro y abrió fuego en una secuencia ininterrumpida.

Efectuó ocho disparos, de los cuales siete impactaron en la espalda del acusado. El hombre se desplomó sobre el escritorio frente a él y cayó al suelo de la sala, muriendo de forma casi instantánea antes de que un médico pudiera intervenir.
Tras arrojar el arma a un lado, la mujer se entregó a un oficial de la corte sin oponer ningún tipo de resistencia. En ese instante, pronunció las palabras: “Lo hice por ti, Anna”. Posteriormente, indicó que su intención original había sido dispararle en el rostro, expresando su esperanza de que el individuo estuviera muerto, e incluso profirió el término “cerdo” para referirse a él. Christian Berthold, expareja de Bachmeier y padre de la niña, presenció la escena y no salía de su asombro.
La vida de Marianne Bachmeier estuvo signada por la adversidad mucho antes de aquel suceso violento. Nació el 3 de junio de 1950 en Sarstedt, Baja Sajonia, en una familia de refugiados que habían huido de Prusia Oriental tras la Segunda Guerra Mundial. Su entorno familiar carecía de cualquier atisbo de estabilidad. Su padre, un ex soldado de la Waffen-SS, lidiaba con el alcoholismo y pasaba gran parte de su tiempo en un bar cercano, lo que exacerbaba su temperamento agresivo en un hogar de estrictas normas religiosas.

Sus padres se divorciaron y su madre contrajo un nuevo matrimonio. El vínculo con su padrastro resultó ser hostil y violento. Considerada una adolescente problemática, su madre terminó expulsándola de la vivienda familiar. A los 16 años, encontrándose en situación de calle, quedó embarazada. Ante la imposibilidad de asumir la crianza, entregó a esa primera hija en adopción.
Su único refugio durante los últimos años de la escuela secundaria fue un novio. A raíz de esa relación volvió a quedar embarazada a los 18 años. Poco tiempo antes de dar a luz, fue víctima de abuso sexual en una discoteca. Enfrentando la ruptura de su relación y el trauma del asalto, tomó la decisión de dar también a este segundo bebé en adopción.
En busca de sustento y alojamiento, comenzó a trabajar como camarera, adoptando un estilo de vida nocturno que se ajustaba a sus necesidades. En 1972, se encontraba trabajando en el bar y restaurante Tipasa, situado en el casco antiguo de Lübeck. Ese establecimiento funcionaba como un núcleo de reunión para estudiantes, personas ajenas al sistema, ocupantes ilegales y pensadores de izquierda que debatían sobre política, la Fracción del Ejército Rojo y la energía nuclear.

Allí inició una relación intermitente con el gerente del lugar, Christian Berthold. A los 22 años cursó su tercer embarazo y esa vez determinó que conservaría a la criatura.
Anna nació el 14 de noviembre de 1972. Tras el parto, Bachmeier decidió someterse a una esterilización quirúrgica, firme en su decisión de no tener más hijos. La crianza de la niña se desarrolló en el inusual ecosistema del bar. Como madre soltera y trabajadora nocturna, llevaba a su hija al Tipasa, donde los clientes habituales la conocían. Anna creció acostumbrada a dormirse en los bancos del local mientras la música y las conversaciones fluían a su alrededor. Su madre dormía durante el día, momento en el cual la niña jugaba en las calles empedradas de la ciudad, interactuando con los vecinos. A pesar del afecto existente entre ambas, el entorno generaba críticas por la falta de supervisión constante, al punto de que Bachmeier llegó a evaluar temporalmente la posibilidad de entregar a Anna a una pareja conocida en calidad de familia de acogida.
El asesino, Klaus Grabowski, era un carnicero de 35 años que vivía en el mismo vecindario que la familia Bachmeier. Poseía un extenso prontuario policial vinculado a delitos de índole sexual. A principios de la década de 1970, había atacado a una niña de seis años, sujetándola por el cuello hasta que los gritos de la víctima lo obligaron a huir, hecho por el cual recibió una condena condicional por intento de asesinato. En 1975, enfrentó cargos por el abuso de otras dos menores. Las evaluaciones psiquiátricas de la época determinaron que padecía un instinto sexual anormal de carácter adictivo. En 1976 fue sentenciado a internación en un centro de tratamiento psicológico, donde se le ofreció la castración química a cambio de su liberación. Grabowski aceptó el procedimiento, el cual disminuye los niveles de testosterona, y fue puesto en libertad sin recibir seguimiento psiquiátrico ni asistencia para su reintegración. Dos años más tarde, acudió a un urólogo, Volker vom Ende, solicitando un tratamiento hormonal para revertir los efectos de la castración, argumentando padecer efectos secundarios físicos y deseando formar una familia con su pareja.

Ocultando sus antecedentes penales y afirmando falsamente que su castración se debía a problemas de exhibicionismo, logró que el profesional le administrara inyecciones de Testoviron a principios de 1980, restaurando así sus niveles hormonales originales.
El 4 de mayo de 1980, madre e hija protagonizaron una discusión. Al día siguiente, la niña de siete años decidió faltar a la escuela. Bachmeier durmió gran parte de la jornada tras su turno laboral y luego asistió a una sesión fotográfica para un periódico local que se había interesado en su camioneta Volkswagen decorada con pinturas. Mientras tanto, Anna deambulaba por el vecindario tras descubrir que la amiga con la que tenía planeado jugar, no se encontraba en casa.
En ese trayecto, se cruzó con Grabowski. Como ya lo conocía previamente, le preguntó si podía jugar con su gato. El carnicero accedió y la condujo al interior de su departamento, aprovechando la ausencia de su pareja. Durante varias horas mantuvo a la menor retenida. Finalmente, utilizó unas medias pertenecientes a su mujer para estrangularla.

Según los informes forenses, ató el cuerpo de la niña, evidenciando que se tomó su tiempo para la maniobra, y lo ocultó dentro de una caja de cartón. Utilizó su bicicleta para trasladar los restos y los enterró en una fosa poco profunda a orillas de un canal cercano. Esa misma tarde, al regresar la pareja de Grabowski, él le confesó lo sucedido. La mujer abandonó el domicilio de inmediato y notificó a la policía. Las autoridades encontraron una nota del asesino pidiendo a su pareja que no lo abandonara y citándola en un bar local, donde los agentes lo arrestaron.
Al ser notificada esa misma noche, Bachmeier exhibió una reacción que desconcertó a las fuerzas de seguridad, negándose a dialogar con ellos o a acudir a la morgue para realizar la identificación del cadáver. Los meses posteriores estuvieron marcados por un dolor profundo y sentimientos de culpa abrumadores, alternando entre el aislamiento en su departamento y episodios de crisis en público.
Organizó un funeral alejado de las convenciones religiosas, durante el cual hizo reproducir a gran volumen una canción de la banda Pink Floyd. Por su parte, Grabowski admitió la autoría del homicidio, pero negó enfáticamente haber abusado de la menor. Construyó una insólita línea de defensa, asegurando que la niña lo había provocado y que intentó extorsionarlo exigiéndole cinco marcos.
Según su versión de los hechos, Anna amenazó con contarle a su madre que él la había tocado de forma inapropiada si no le entregaba el dinero. El acusado sostuvo que el pánico a perder a su pareja y a retornar a prisión lo impulsó a cometer el crimen durante un forcejeo, en el que la niña cayó de una silla antes de ser dominada.

El juicio contra Klaus Grabowski comenzó en marzo de 1981. Bachmeier se ubicó en la primera fila de la sala, interpelando en ocasiones al acusado. Los testimonios resultaron sumamente perturbadores; el propio carnicero detalló los últimos momentos de la niña, mencionando un sonido que provino de la nariz de la víctima mientras la estrangulaba.
El urólogo también testificó, revelando la falla en el protocolo al no haber investigado el historial delictivo de su paciente antes de administrarle el tratamiento hormonal. Durante la segunda jornada, un oficial de policía describió el modo en que el cuerpo de Anna había sido atado, lo que generó una fuerte conmoción entre los presentes.
Ese mismo día, Bachmeier malinterpretó un intercambio entre el juez y la defensa, creyendo que el acusado prestaría una nueva declaración en la jornada siguiente. Enfurecida ante la perspectiva de escuchar más falsedades sobre su hija, quien estaba siendo culpada de intentar un chantaje, Bachmeier tomó una decisión drástica. Llevaba consigo el arma de fuego que había adquirido tiempo atrás en su lugar de trabajo y que, según su declaración posterior, mantenía oculta en la tumba de Anna con fines de protección personal.
Tras matar al asesino en el tribunal, Bachmeier pasó a ser conocida internacionalmente como “La madre de la venganza”. Su accionar dividió a la sociedad alemana. Un sector de la población comprendió la reacción de una madre devastada y envió muestras de apoyo, incluyendo flores de desconocidos y donaciones que sumaron cien mil marcos alemanes para costear sus gastos legales. Otra facción advirtió sobre el peligro de avalar la justicia por mano propia. La fiscalía enfrentó una inmensa presión pública.
Tras ser detenida inicialmente y luego liberada, las autoridades ordenaron su arresto en agosto de 1981 al considerar que había riesgo de fuga. Durante los quince meses que permaneció en prisión preventiva, intentó quitarse la vida en cinco oportunidades. Se rehusó a colaborar con los psicólogos designados por el tribunal, quienes aplicaron metodologías para intentar doblegar su resistencia. Vendió los derechos de su historia a la revista alemana Stern por 250 mil marcos, fondos que destinó al pago de deudas y honorarios jurídicos.
El proceso judicial en su contra dio inicio el 2 de marzo de 1983 y se extendió a lo largo de 25 días. Se debatió exhaustivamente si el asesinato había sido premeditado. La fiscalía presentó declaraciones de clientes del bar que aseguraban haberla visto practicar tiro en el sótano del establecimiento. Además, argumentaron que el hecho de acudir al tribunal armada demostraba una planificación deliberada. La defensa, por su parte, sostuvo que los disparos fueron una reacción espontánea provocada por el estrés traumático de las audiencias previas y el temor a que la reputación de su hija siguiera siendo mancillada. El juez a cargo desestimó el cargo de asesinato en primer grado, considerando que el acto no fue planificado con antelación y que la visión de una carpeta con fotografías de la tumba de la niña en el estrado pudo actuar como un disparador inmediato.

En consecuencia, Bachmeier fue condenada por homicidio involuntario y tenencia ilícita de arma de fuego, recibiendo una pena de seis años de prisión. Diversas encuestas mostraron la fractura en la opinión pública: un 28 por ciento consideró la sentencia adecuada, un 27 por ciento la juzgó demasiado severa y un 25 por ciento opinó que fue excesivamente leve.
Durante la primera etapa de su condena, permaneció en una instalación psiquiátrica bajo estricta vigilancia por riesgo de suicidio. En junio de 1985, tras cumplir tres años tras las rejas, recuperó su libertad de forma anticipada. Intentó reconstruir su vida lejos del escrutinio público y contrajo matrimonio a finales de la década de 1980 con un profesor.
La pareja se trasladó a África, instalándose en un campamento en Lagos, Nigeria. La relación culminó en divorcio en 1990, tras lo cual ella decidió mudarse a Palermo, en la isla de Sicilia, Italia, donde encontró empleo como asistente en un centro de cuidados paliativos. Expresó en reiteradas oportunidades su negativa a regresar a Alemania, ya que allí su identidad se limitaba únicamente a ser la madre de la niña asesinada. No obstante, el diagnóstico de un cáncer de páncreas la forzó a retornar a Alemania para recibir tratamiento médico. Durante sus últimas semanas de vida, solicitó a un reportero llamado Lukas Maria Böhmer que documentara su deterioro físico. Su fallecimiento se produjo el 17 de septiembre de 1996, cuando tenía 46 años, en un hospital de Lübeck. A pesar de su deseo manifiesto de ser enterrada en Sicilia, sus restos fueron depositados en el cementerio de Burgtor, en la misma tumba donde descansaba su hija Anna.
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