En el efervescente clima social de los Estados Unidos de fines de los ’60, una década atravesada por asesinatos políticos, protestas contra la intervención en la guerra de Vietnam y sexo, drogas y rock’n’roll, The Doors brillaba como una de las bandas más incómodas para el establishment. Sus letras cuestionaban la autoridad y los valores hegemónicos y su música sonaba con la fuerza de un desafío. Sobre el escenario, Jim Morrison capturaba los ojos y los oídos del público con su voz potente, sus improvisaciones continuas y sus movimientos contorsionados, mientras sus compañeros –el tecladista Ray Manzarek, el guitarrista Robby Krieger y el baterista John Densmore– trataban de seguirlo con sus instrumentos en un segundo plano. “En los primeros días de The Doors, Morrison emergió como un símbolo sexual casi místico para la generación del LSD. Al frente de una banda capaz de mixturar rock, jazz, blues y tonos clásicos en un guiso alucinógeno y a tempo, fue la contracultura personificada; un poeta afín a los textos antiguos y a los espíritus arcanos del desierto, un rebelde rabioso y un carismático chamán del rock con una estructura ósea que parecía esculpida por Zeus. Una vez fue arrestado en New Haven, en 1967, por improvisar en el escenario una arenga poética pero llena de obscenidades sobre un policía que le había lanzado gas pimienta en el backstage”, relata el periodista musical Mark Beaumont sobre los primeros años de la banda.
Esa popularidad, esa imagen rebelde y esos antecedentes eran también un arma de doble filo, porque los puso en la mira de las autoridades. A pesar de eso, el ascenso de la banda parecía incontenible. Morrison y sus compañeros comenzaron enero de 1969 con un recital a estadio lleno en el Madison Square Garden y Touch me, el disco simple que habían lanzado a fines del año anterior, trepó al tercer puesto del ranking estadounidense.
Ese mes Morrison asistió a una producción en el Bovard Autitorium de la Universidad del Sur de California que tuvo un fuerte impacto sobre él y las presentaciones del grupo. En el espectáculo, vio como el grupo de teatro experimental The Living Theatre buscaba sacar de quicio al público con performances cuestionadoras de los valores establecidos en las que incluso los actores llegaban a desnudarse. Fuertemente impresionado, decidió hacer algo parecido durante los próximos recitales del grupo.
El pene que no se vio
La ocasión se le presentó el 1° de marzo de ese año, cuando The Doors tocaron en el Dinner Key Auditorium de Miami, una sala con capacidad para 6.900 personas en la que terminaron metiéndose unas ocho mil por la sobreventa. Morrison subió borracho al escenario y desde el primer momento comenzó a incitar a los espectadores. Los trató de “esclavos” e “idiotas” y les gritó: “¡Ustedes no vinieron a escuchar música, vinieron al circo!”.
La banda hizo un par de temas y luego el líder de The Doors volvió a la carga: “Ahora escúchenme, no estoy hablando de no revolución, no estoy hablando de no manifestarse. ¡Estoy hablando de divertirse! ¡Estoy hablando de bailar! ¡Quiero ver a todos de pie y bailando! ¡Quiero verlos bailando en la calle este verano! Quiero verlos divertirse. Quiero verlos correr por ahí. Quiero verlos pintando la ciudad. Quiero verlos haciendo ruido. Quiero verlos gritar. Quiero ver diversión. ¡Quiero ver su diversión!”, gritó. Y elevando todavía más la voz los incitó: “¡Cualquier cosa que quieran hacer, háganla! ¡Háganla! ¡Háganla! ¡Háganla!”.
La multitud se lanzó hacia el escenario, mientras Morrison sostenía su remera empapada en champagne delante de su ingle como si fuera una capa de torero y gritaba que les mostraría el pene. Cada vez más personas intentaban subir al lugar donde estaba la banda, avasallando al personal de seguridad. Eso no detuvo a Morrison, que fue empujado por uno de los guardias, pero terminó encabezando un desfile de fans alrededor de todo el auditorio.
En cuanto a la amenaza de mostrar el pene, el tecladista Manzarek aseguró siempre que Morrison no pasó de eso. “No se vio nada. Jim incitó al público, se burló y lo engatusó haciéndole creer que les había mostrado su miembro. Los hipnotizó, creó una alucinación religiosa”, contó. El guitarrista Krieger también que Morrison nunca mostró su pene y fue más allá diciendo que hubo una maniobra política contra él y, por extensión, contra todo el grupo. “Ese asunto de Miami fue toda una gran mentira. Jim nunca hizo lo que dijeron que había hecho. De hecho, después del show estuvimos tomando unas cervezas con los policías en el camarín. Así que nadie fue arrestado, nada pasó hasta una semana después, cuando a un político se le metió en la cabeza hacer un gran asunto sobre el show y lo sucio que había sido. Jim había insultado y eso, pero todo lo demás era basura”, explicó.

Acusado y juzgado
Algo de lo que dijo Krieger debió suceder, porque Morrison no fue detenido en supuesta flagrancia cuando ocurrió el hecho, sino que fue acusado recién cuatro días después, el 5 de marzo, cuando la banda ya había abandonado Miami sin problemas y estaba descansando en Bahamas. Allí les llegó llegó la noticia de que se había librado una orden de detención para Morrison, acusado de haber simulado un acto de sexo oral al arrodillarse frente a Krieger mientras este tocaba un solo de guitarra, de haber mostrado su pene, insultar al público y estar borracho. Las últimas dos acusaciones se ajustaban a los hechos, pero las dos primeras eran burdas mentiras.
Para seguir en libertad durante el proceso judicial, Morrison tuvo que desembolsar 50.000 dólares de fianza. El juicio se inició el 10 de agosto de 1970 en el Tribunal Penal de Dade, Miami Beach, Florida. Durante los cuarenta días siguientes, la fiscalía intentó probar los cargos más allá de toda duda razonable, como exigía la ley, pero no pudo presentar una sola imagen, ni en movimiento ni fija, de Morrison exhibiéndose. La película de 65 minutos que se presentó como prueba de la acusación tampoco mostró ninguna evidencia de una reacción violenta del público ni del supuesto exhibicionismo de Morrison. De los veinte testigos que llamó a declarar el fiscal, diez negaron haber visto la supuesta exhibición del pene de a que se acusaba el cantante. Solamente unos policías y empleados de la fiscalía confirmaron la acusación, pero se contradijeron en cómo había ocurrido. Muy poco para sostener los cargos.
En cambio, los abogados de Morrison presentaron una defensa mucho más sólida y llamaron a declarar a todos los integrantes de The Doors. Durante el contrainterrogatorio, el fiscal le preguntó a Ray Manzarek si tenía intención de abandonar la banda después del escándalo protagonizado por Morrison. El tecladista respondió: “Todos hemos recibido muchas ofertas para irnos. Nos quedamos. Creemos en The Doors”. Morrison declaró durante cuatro horas y, según las crónicas de los diarios de Miami, se mostró elocuente, pero en un tono suave y convincente. Los abogados defensores presentaron, además, una docena de testigos que habían estado a menos de treinta metros del escenario y todos dijeron que no habían visto nada parecido a una exhibición de pene.
Entonces sucedió algo extraño: el último día del juicio, los defensores de Morrison quisieron presentar como pruebas las declaraciones juradas de otros 28 testigos que afirmaban no haber visto nada parecido a la exhibición, pero el juez Murray Goodman no aceptó. Hizo salir un momento al jurado y les dijo a los de la defensa: “Caballeros, han demostrado que el señor Morrison no se expuso. No voy a permitir que esta prueba alargue todavía más el juicio”.
Esa negativa dio vuelta las cosas. Después de deliberar unas horas, un jurado integrado por tres hombres y tres mujeres encontró a Morrison culpable de blasfemia y exhibicionismo, a la vez que descartó las acusaciones de conducta lasciva y embriaguez. El 23 de octubre de 1970, el juez Goodman le impuso una pena de seis meses de trabajos forzados y una multa de 500 dólares.
Luego de escuchar la sentencia, el vocalista de The Doors les dijo a los periodistas: “Gasté mucho tiempo en el juicio. Casi un año y medio desde que todo empezó. Pero supongo que fue una valiosa experiencia porque antes del juicio tenía una mirada infantil y poco realista acerca del sistema judicial americano. Mis ojos se han abierto un poco”.
La muerte de Morrison
Jim Morrison no fue a parar a la cárcel ese mismo día porque sus abogados defensores presentaron de inmediato una apelación, pero la condena le costó mucho a la banda. Las estaciones de radio dejaron de pasar su música, echando al cesto el éxito en los rankings de su cuarto disco, The Soft Parade. “Con solo cuatro shows realizados anteriormente, Miami había sido planificado como el comienzo de su primera gira bien organizada por veinte ciudades. Uno a uno, los lugares previstos fueron cancelando las fechas; The Doors entró en una lista negra”, relata el periodista especializado Mark Beaumont en su artículo La última noche de The Doors: Jim Morrison en llamas.
De común acuerdo, el cantante y sus compañeros decidieron dejar de hacer giras. “Parecía correcto que había que hacerlo en ese momento. Yo esperaba, confiaba plenamente en que comenzaríamos de nuevo en algún punto... pero desafortunadamente eso nunca sucedió”, explicó años después el guitarrista Krieger.
El 3 de julio de 1971, con la apelación aún en trámite, Jim Morrison murió de un ataque cardíaco en la bañera de un departamento en París, donde estaba intentando recuperarse de su adicción al alcohol. Pasó a integrar así el famoso grupo de los rockeros muertos a la edad de 27 años, junto a la cantante Janis Joplin, el guitarrista Jimmy Hendrix y Brian Jones. El proceso judicial se cerró inmediatamente después de su muerte: ya no era necesario confirmar o revocar la condena. La banda lo sobrevivió apenas dos años, hasta que en 1973 Manzarek, Krieger y Densmore decidieron disolverla.

El legado y el perdón
Aún así, Jim Morrison y The Doors quedaron en la historia un símbolo de rebelión juvenil contra una sociedad que reaccionaba de manera conservadora frente a un movimiento cultural que le resultaba difícil de comprender. Su nombre reflejaba su deseo de sus miembros de explorar los límites de la percepción y de la conciencia a través de su música. Morrison era, a los ojos del público, su líder indiscutido: las letras de sus temas calaban hondo en un amplio sector de la juventud que se rebelaba contra las rígidas convenciones sociales, experimentaba con drogas y se oponía al envío de tropas estadounidenses a la Guerra de Vietnam. No por casualidad, unos años después, Francis Ford Coppola elegiría a The End, uno de sus temas emblemáticos de The Doors para musicalizar la escena inicial de Apocalypse Now.
Pasaron cuatro décadas antes de que la justicia estadounidense revisara la injusta condena que recibió Morrison. En diciembre de 2010, poco antes de terminar su mandato, el gobernador de Florida Charlie Crist solicitó oficialmente a la Junta de Clemencia del Estado que le otorgara un perdón póstumo. En su pedido, Crist no descalificó abiertamente el accionar de la justicia estatal, pero sostuvo que no se había presentado ninguna prueba fehaciente de que Morrison hubiera exhibido su pene ante el público. “Realmente no sé si el hecho ocurrió”, dijo y los tres miembros de la Junta de Clemencia lo concedieron por unanimidad. Evitaron, de esa manera, reconocer que en realidad Morrison había sido víctima de un sistema jurídico conservador y un jurado prejuicioso que pretendieron enviar un mensaje disciplinador a la sociedad.
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