
El siglo XX apenas comenzaba cuando Anaïs Nin llegó al mundo, en 1903, en las afueras de París. Su escritura no buscó reflejar su tiempo: se atrevió a nombrar lo que esa época callaba, a interrogar su moral y a internarse en las zonas del deseo que la literatura prefería mantener en penumbra. Tampoco escribió para adaptarse a tiempos dominados por voces masculinas que hablaban “sobre” la mujer. Ella escribió desde sus entrañas, desde sus pasiones, desde la pulsión de sus deseos y heridas.
A los once años, cuando su padre la abandonó, comenzó a escribir un diario íntimo que la acompañaría durante más de seis décadas. Esa experiencia íntima y secreta se convertiría en una de las obras autobiográficas más extensas del siglo XX. En esas páginas volcó sin reservas su amor, sus dudas, sus culpas y sus deseos, construyendo una voz femenina que existía por derecho propio. Sus relatos eróticos no buscaban escandalizar, sino comprender lo que sentía: al nombrar lo oculto, abrió una grieta cultural que muchas otras atravesarían después.
Anaïs vivió amores simultáneos, llevó una doble vida y editó cuidadosamente partes de su propia verdad. Esa tensión entre sinceridad y construcción del mito es parte de su obra y legado. A 123 años de su nacimiento, su obra sigue provocando.

Una infancia marcada por el abandono y la escritura
Bautizada como Ángela Anaïs Juana Antolina Rosa Edelmira Nin Culmell nació el 21 de febrero de 1903 en Neuilly-sur-Seine, cerca de París. Hija del compositor y pianista cubano Joaquín Nin y de la cantante Rosa Culmell, de ascendencia francesa y danesa, creció en un hogar atravesado por la música, los viajes y una sensibilidad artística precoz. Su infancia transcurrió entre desplazamientos constantes: La Habana, Berlín, Barcelona. Ese nomadismo marcaría su identidad para siempre.
El quiebre decisivo en su vida llegó a sus once años, en 1914, cuando su padre abandonó a la familia en Barcelona. Aquel abandono, que la acompañaría como herida y como obsesión durante décadas, fue también el origen de su vocación literaria. Así comenzó a escribir su diario íntimo, que ya en las primeras páginas tomó la forma de una larga carta dirigida a ese padre ausente. Lo que empezó como intento de diálogo se transformó en una práctica de autoconocimiento cotidiana.
Poco después emigró con su madre y sus hermanos a Nueva York. La experiencia del desarraigo —ser extranjera en todas partes— profundizó su introspección. Aquel diario se convirtió en refugio y laboratorio personal: allí volcó emociones, sueños, pulsiones y reflexiones que la acompañarían hasta la vejez. Con apenas once años, estaba fundando la obra que ocuparía toda su vida.
Ese ejercicio íntimo moldeó a la escritora futura. En sus páginas aprendió a observarse con rigor, a registrar matices, a interrogar la culpa y el deseo. Su identidad literaria se estaba gestando mucho antes de que el mundo conociera su nombre.

Tras instalarse en Nueva York en 1914 junto a su madre y hermanos, Anaïs Nin vivió su adolescencia entre la escuela secundaria, el diario íntimo que nunca dejaría, y trabajos como modelo y asistente administrativa para ayudar a su familia. La experiencia del exilio y la responsabilidad familiar moldearon su carácter y su mirada sobre el mundo, sentando las bases de la escritora que más tarde emergería en Europa.
Al finalizar la adolescencia, regresó con su familia a París, donde profundizó su formación artística y literaria y comenzó a integrarse en los círculos culturales locales. Fue allí que conoció a Hugh Parker Guiler, un joven banquero británico con intereses artísticos, con quien se casó en 1923 luego de unos meses de noviazgo. La pareja celebró la boda en La Habana y, poco después, se estableció en París, ciudad que se convertiría en el escenario central de su vida y obra.
Entre 1927 y 1930, Anaïs estudió danza española con Francisco Miralles Arnau y trabajó como modelo y bailarina de flamenco, mientras la lectura de las obras del escritor británico D. H. Lawrence y la previsibilidad de su vida conyugal la convencían de que su destino estaba en la escritura y no en el escenario. En 1930 publicó un ensayo sobre Lawrence y, un año después, conoció al influyente Henry Miller, con quien desarrolló una relación intensa, tanto creativa como amorosa, que marcaría profundamente su obra y su voz literaria.

El París de entreguerras, donde Anaïs Nin se instaló en 1931, le permitió conocer y relacionarse con figuras clave del arte y la literatura de vanguardia, como Antonin Artaud, dramaturgo y poeta francés; Salvador Dalí, pintor español; y Lawrence Durrell, novelista y poeta británico.
Su interés por el psicoanálisis la llevó, en 1932, al diván de René Allendy y de Otto Rank, discípulo de Freud, con quien mantuvo también una relación profesional y amorosa. Estas experiencias profundizaron su exploración de la subjetividad y la impulsaron a ejercer brevemente como psicoanalista en Nueva York.
Fue en París, en 1933, cuando se reencontró con su padre tras veinte años de distancia, episodio que relató en sus diarios y que alimentó una de las zonas más controvertidas de su obra. En 1936 dio forma a La casa del incesto, su primera novela de atmósfera onírica y experimental, que anticipaba su inclinación por lo surrealista y mostraba ya su interés por explorar la psicología de los afectos y el deseo.
Fiel a su independencia, en 1942 montó una pequeña imprenta en Nueva York desde donde publicó sus propios libros y los de amigos, al margen de los circuitos editoriales tradicionales. París le ofreció algo más que contactos: le brindó un espacio para experimentar identidades, explorar emociones y profundizar en su escritura. Esos años europeos, cargados de pasión, búsqueda y descubrimiento, marcaron el pulso de su literatura futura y consolidaron a Anaïs como una voz capaz de explorar la intimidad, el deseo y la subjetividad de manera radical y pionera.

El erotismo como lenguaje propio
En 1939 emigró definitivamente a Estados Unidos. Durante la década de 1940, enfrentada a dificultades económicas, comenzó a escribir relatos eróticos por encargo junto a Henry Miller para un “coleccionista anónimo” que pagaba un dólar por página. Al principio consideró esos textos como caricaturas extremas, ejercicios casi clandestinos. Pero con el tiempo supo que allí había descubierto un territorio literario propio.
El erotismo escrito por una mujer tenía otra textura, otra respiración. Anaïs Nin describía el deseo desde una perspectiva interior, alejándose de estereotipos y miradas ajenas. Sus relatos no se limitaban a la descripción física: exploraban la subjetividad del deseo, sus ambigüedades, su potencia emocional, sus contradicciones y los matices de la intimidad. En sus textos, el erotismo se vinculaba con la imaginación, el juego, la memoria y la búsqueda de identidad, convirtiendo la experiencia sexual en un camino de autoconocimiento y libertad.
Décadas más tarde, esa mirada singular encontró público y forma en volúmenes como Delta de Venus (1977) y Pájaros de fuego (Little Birds, 1979), consolidándola como la primera mujer occidental contemporánea en alcanzar reconocimiento masivo por su literatura erótica. Su obra abrió puertas a nuevas formas de narrar el deseo y sentó un precedente para autoras que, años después, se animarían a explorar territorios similares.
En una época en que la sexualidad femenina era tabú, Nin la convirtió en materia narrativa legítima. Fue rechazada por algunos editores por “indecente” y por otros por “demasiado femenina”... Pero ella persistió. Sabía que estaba nombrando una experiencia históricamente silenciada.
Su vida afectiva también desafiaba las convenciones. En 1955 se casó con Rupert Pole sin haberse divorciado de Hugo, llevando durante años una doble vida entre Nueva York y California. Esa poliandria, mantenida en secreto durante largo tiempo, alimentó tanto su obra como el mito que la rodeaba. Para ella, escribir erotismo era una forma de autobiografía y, al mismo tiempo, un gesto de resistencia cultural.

El poder de los diarios: una vida narrada sin máscaras
Si hay una obra que define a Anaïs Nin, son sus diarios. Ese mismo que comenzó en la infancia, se extendió durante más de sesenta años y alcanzó unas 35000 páginas manuscritas, hoy conservadas en el Departamento de Colecciones Especiales de la Universidad de California en Los Ángeles. Constituyen una de las autobiografias más vastas del siglo XX.
En ellos registró encuentros con escritores, artistas y psicoanalistas; confesó dudas, amores múltiples, contradicciones, ambiciones y fracasos. La franqueza con que se expuso resultó inusual para su tiempo. No solo narró acontecimientos: examinó sus propias motivaciones, desmontó máscaras, interrogó su identidad como mujer y como creadora.
Cuando en 1966 se publicó el primer volumen de sus diarios, el éxito fue inmediato. De pronto, aquella autora de círculos vanguardistas se convertía en figura pública. Sin embargo, esas primeras ediciones estaban censuradas: muchos de esos personajes aún vivían, y algunos episodios fueron suprimidos o alterados... Con el paso de los años comenzaron a publicarse versiones sin censura, que revelaron aspectos aún más complejos de su vida y ampliaron la comprensión de su obra.

El impacto fue más profundo y lectores de todo el mundo la descubrieron como una mujer apasionada que hablaba desde un territorio casi inexplorado: el interior femenino sin filtros morales impuestos.
En los años setenta su salud se resintió a causa de un tumor de ovarios. En ese tiempo, también recibió importantes reconocimientos: en 1973 fue distinguida con un doctorado honoris causa por el Philadelphia College of Art y al año siguiente fue elegida miembro del Instituto Nacional de las Artes y las Letras. Había pasado de autora marginal a figura central en los debates sobre erotismo, autobiografía y liberación femenina.
Murió el 14 de enero de 1977 en Los Ángeles. Sus cenizas fueron esparcidas en la bahía de Santa Mónica. Dejaba tras de sí novelas, ensayos y, sobre todo, sus diarios convertidos en una obra que redefinió la escritura íntima. Su vida también inspiró adaptaciones cinematográficas y teatrales, como Henry and June (1990), dirigida por Philip Kaufman, y continúa siendo reinterpretada en nuevas formas, incluso en novelas gráficas recientes basadas en sus diarios.
Sin proponérselo, Anaïs transformó lo íntimo en mundial; lo prohibido en poético y lo personal en político. Escribió para encontrarse y terminó encontrándonos a todos.
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