
Nada es lo que parece. O, más bien para ser precisos, lo que parece no siempre refleja la verdad. La muerte de Ryan Stallings llevó a reflexionar sobre aquellos casos donde las sospechas de maltrato infantil, y homicidio como consecuencia, podrían no ser correctas.
Una “escena del crimen” creada de alguna manera por el propio cuerpo fue lo que confundió a médicos y científicos y torció el rumbo de demasiadas vidas.
El deseado primer hijo
Patricia Stallings nació en 1964 y vivió en el condado de Jefferson, Misuri, Estados Unidos, durante casi toda su vida y su adolescencia estuvo marcada por la pobreza. Incluso se cree que durante esos años tuvo un hijo al que tuvo que entregar al estado porque no lo podía mantener.
Fue a mediados de los años 80, trabajando como vendedora en un local 7-eleven, que conoció a David Stallings que trabajaba en una imprenta. Empezaron a salir en 1986. Se casaron dos años después y su primer hijo, Ryan, nació en abril de 1989.
Fue la etapa más feliz de su vida. Habían armado una familia, tenían una casa blanca que miraba al lago y empleo. Ahora sí que se sentía parte de la clase media media trabajadora.
Cuando en julio de 1989 su hijo comenzó con dificultades respiratorias y vómitos repetitivos lo llevaron al Hospital de Niños Cardinal Glennon. El bebé fue internado en la unidad pediátrica y luego derivado a terapia intensiva infantil.
Los análisis de sangre del bebé revelaron altos niveles de etilenglicol, una sustancia que usualmente se encuentra en los líquidos refrigerantes. ¿Qué hacía eso en el cuerpo de un bebé?
La alerta temprana funcionó. Los médicos avisaron a las autoridades, quienes inmediatamente empezaron a vigilar a la madre. Un bebé no toma líquido refrigerante solo. Alguien se lo dio. En la casa de los Stallings encontraron que había líquido refrigerante. Eso terminó por confirmar sus sospechas y pusieron al menor bajo custodia preventiva. Padre y madre no podían ahora visitar a su hijo como cualquier familia. Eran sospechosos de maltrato y agresión a su hijo.

Desconcertados y desesperados, los Stallings, durante las siguientes semanas, solo pudieron verlos bajo estricta supervisión y por pocos minutos. En la sexta visita, el 31 de agosto, Patricia tuvo autorizada una breve visita. Inexplicablemente, ella quedó a solas con Ryan por unos minutos en los que lo alimentó con mamadera. Las autoridades se dieron cuenta de ese descuido y su temor se vio corroborado cuando el 5 de septiembre Ryan empeoró drásticamente.
Los médicos alertaron a la policía, que dedujo que Patricia había aprovechado ese momento para volverlo a envenenar.
A partir de entonces se le prohibió a la madre, de manera definitiva, verlo. Mientras, los médicos siguieron tratando a Ryan por envenenamiento con etilenglicol. El bebé agonizaba pero eso no ablandó a nadie y no se les permitió acompañarlo en sus últimos instantes de vida.
Ryan murió el 7 de septiembre de 1989. Acto seguido, la madre fue detenida.
Patricia contó tiempo después, en un programa de tevé, sobre esos días oscuros: “Nos separaron para llevarnos a hablar con los detectives. Inmediatamente me preguntaron: ¿Está todo bien en casa? ¿Están peleando mucho con David? Decían que sabían que el bebé había sido envenenado por mí o por mi esposo. Eso me enfureció, yo estaba devastada. Ryan era mi mundo, era perfecto”.
El cargo contra ella se agravó: ahora era acusada de asesinato en primer grado. Ella había envenenado fatalmente a su hijo. No tenía derecho ni de ir al funeral de Ryan.

El conveniente segundo hijo
Al momento de ir presa, Patricia se encontraba embarazada nuevamente. A menos de un año del nacimiento de Ryan, el 17 de febrero de 1990 llegó David Jr. Todavía no había tenido lugar el juicio contra Patricia. Las autoridades decidieron, preventivamente, quitarle a este nuevo bebé para ponerlo bajo protección estatal en un hogar de tránsito. No querían correr ningún riesgo.
En el mes de marzo, David Jr. comenzó a experimentar los mismos síntomas que había tenido su hermano mayor: vómitos, debilidad general y dificultad respiratoria. Todo esto sucedió a pesar de no tener ningún contacto con sus padres biológicos. Ni con su madre presa, la supuesta envenenadora; ni con su padre libre por el beneficio de la duda.
El bebé fue internado. Parecía estar intoxicado con etilenglicol. Esta vez los médicos, conociendo la compleja trama del caso, fueron más allá y le practicaron numerosos estudios.
Terminaron por diagnosticarle una rara enfermedad metabólica llamada acidemia metilmalónica (MMA). Este trastorno genético impide que el cuerpo procese adecuadamente la acumulación de ácidos tóxicos en la sangre y que pueda romper las proteínas y grasas normalmente. Uno de esos ácidos tóxicos que se acumula en el cuerpo es el propiónico, que posee una estructura química similar al etilenglicol. De ahí, la confusión inicial. Los métodos habitualmente disponibles en esos años podían confundir con facilidad uno con otro si no se buscaba específicamente la presencia de un trastorno metabólico.
En síntesis: los síntomas de esa enfermedad hereditaria podrían confundirse con lo que provoca en el cuerpo el líquido refrigerante.
David Jr. fue tratado como debía serlo, no por envenenamiento, y se recuperó para volver al hogar de tránsito.

Inevitablemente, la duda se instaló en la cabeza de muchos. ¿Ryan podría haber tenido lo mismo que David Jr.? Si fuera así, ¿podría no haber sido intoxicado sino haber estado cursando la idéntica enfermedad que no se le había diagnosticado?
Era una posibilidad milagrosa para Patricia que su segundo hijo viniera a probar que ella era inocente. Su defensa decidió hurgar en ese tema médico para intentar demostrarlo y sostener que Ryan había fallecido por causas naturales.
En mayo de 1990, el abogado defensor de los Stallings, Eric Rathbone, consiguió unas páginas escritas por el fiscal John Appelbaum que indicaban que el médico que atendió y dictaminó la muerte de Ryan había considerado la posibilidad de un diagnóstico de MMA, pero que no lo había testeado para comprobarlo.
A pesar de la importancia de esta nota escrita, los fiscales siguieron sosteniendo que, aunque Ryan hubiera tenido MMA, no creían que eso bastara para explicar lo hallado en su sangre porque decían que había diferencias entre el etilenglicol y el ácido propiónico y seguían pensando que había sido envenenado.
El fiscal jefe, George B. McElroy, consideró irrelevante el diagnóstico de David Jr. como prueba de la muerte de Ryan. El juez del caso, Gary Kramer, no permitió que los defensores avanzaran con esta teoría exculpatoria de Patricia.
A pesar de que sus amigos y sus familias creían en su total inocencia, el 31 de enero de 1991, Patricia terminó siendo declarada culpable de asesinato en primer grado de su hijo. La sentencia fue perpetua sin posibilidad de libertad condicional.
Patricia Stallings tenía en ese momento 27 años, un hijo muerto, otro sobre el que había perdido la patria potestad y llevaba presa un año y cuatro meses.
Un auténtico desastre familiar.

Salvadora televisión
En mayo de 1991, el caso de la familia Stallings fue llevado al programa Misterios sin resolver. En el episodio se sostenía que era posible que Ryan pudiera haber tenido esa alteración genética y que no hubiese sido asesinado por su madre. De ser así, esa mujer estaba presa injustamente.
Los Stallings, esta vez, tuvieron suerte. La emisión del programa fue vista por un bioquímico -especialista en biología molecular- llamado William Sly, miembro de la Universidad de Saint Louis de Misuri, que se conmovió con la historia. Se ofreció a estudiar el caso. Las partes aceptaron y le enviaron las muestras de sangre de Ryan Stallings.
Sly se contactó con su colega James Shoemaker, director del laboratorio Metabolic Screening Lab de la universidad. Juntos trabajaron para intentar develar el misterio. Al retestear las muestras confirmaron que Ryan tenía altísimos niveles de ácido propiónico. Era lo que sospechaban: efectivamente el primer hijo de Patricia también había tenido MMA. No había sido etilenglicol, sino un resultado que los médicos habían confundido. De hecho, Shoemaker envió las muestras a muchos laboratorios comerciales para ver qué ocurría con los métodos comunes. Varios resultados vinieron con la misma conclusión errónea, que la sangre de Ryan estaba contaminada con etilenglicol.
A pedido de estos dos bioquímicos comprometidos con el caso, Piero Rinaldo, un académico de la Universidad de Yale, también estudió el caso. Al igual que ellos concluyó que Ryan había muerto por su enfermedad metabólica. Además, pudo comprobarse que tratar al bebé por envenenamiento, y no por su enfermedad real, había contribuido a agravar el cuadro. Fue el testimonio del experto de Yale el que terminó de convencer al fiscal.
El 30 de julio de 1991, Patricia Stallings fue liberada y puesta a la espera de un nuevo juicio. Había pasado un año y diez meses tras las rejas. Junto a su marido, recuperaron la custodia de su segundo hijo, David Jr.
El daño experimentado por la familia era inconmensurable.

Un perdón que no alcanza
En septiembre de ese mismo año, cuando se cumplían los dos años desde el encarcelamiento de Patricia, los fiscales debieron pedirle disculpas y retirar sus acusaciones. Fue exonerada, su condena fue formalmente anulada.
Patricia y David no se conformaron con la reparación pública. Llevaron a juicio al Hospital de Niños Glennon y a los laboratorios de la Universidad de Saint Louis y al SmithKline Beecham Clinical Laboratories. Por negligencia y errores de diagnóstico. Además, sostuvo la demanda, ella había perdido su salud psíquica, mucho peso y había estado sometida a un estrés extremo. Patricia aseguró que había sido su fe budista lo que la había ayudado a sobrellevar el encierro y la tristeza.
En 1993 el matrimonio llegó a un acuerdo extrajudicial con los demandados que alcanzó las siete cifras. No fue especificado el monto, pero hablamos de millones de dólares.
Patricia comentó que la percepción de los que la señalaron como culpable podría haber estado influenciada por otro caso perturbador del momento: el de Paula Sims. Esa mujer había sido juzgada y enviada a prisión por el homicidio de dos de sus hijas, en 1980, a las que había asesinado en medio de una especie de psicosis post parto. La sensibilidad que había despertado el tema, pensó Patricia, podría haber empujado la idea de que ella también era culpable.
Patricia y David no sobrevivieron como pareja a la tragedia soportada. Se divorciaron a mediados de los años 90.
Por un tiempo las cosas parecieron calmarse, pero el drama volvió a azotar a esta familia. El 17 de septiembre de 2013, David Jr., a quien llamaban DJ, murió con solo 23 años. No trascendió la causa de su muerte, aunque algunos especulan que habría tenido que ver con las dificultades propias de su enfermedad. El mes de septiembre le arrebató a Patricia sus dos hijos. David (quien tenía cuatro hijos más de su primer matrimonio) lo siguió unos años más tarde. Con 57 años, luego de una larga enfermedad, murió el 30 de abril de 2019.
Patricia eligió seguir transitando su existencia fuera del radar mediático. Nada se sabe de ella ni de sus penas. El caso Stallings marcó un antes y un después en estos análisis que podrían confundir los estragos de una enfermedad cargada en los genes con un crimen. El propio cuerpo se había intoxicado, no había una mano envenenadora. El beneficio de lo aprendido costó vidas.
Fabricar un culpable es, muchas veces, un atajo involuntario y fácil. La verdad puede revelarse de manera tan incómoda y tan dolorosa como azarosa.
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