
Los cuatro gritos perforaron la madrugada del 1 de febrero de 1931, hace ya noventa y cinco años, en el silencioso entorno de la entonces Penitenciaría Nacional, que hoy es un gran parque que mira hacia las Avenidas Las Heras y Coronel Díaz. Habían pasado pocos minutos de las cinco de la mañana y los cuatro gritos llegaron seguidos, apurados, vehementes: “¡Preparen!” ¡Apunten!” “¡Viva la anarquía”. “¡Fuego”!
Después, llegó la descarga de fusilería del pelotón. Atado a una silla, “una cómoda silla de comedor”, según describió en un artículo inolvidable el genio de Roberto Arlt, testigo del fusilamiento, el cuerpo del anarquista Severino Di Giovanni pareció alzarse de su asiento, liberarse de sus ataduras, para caer enseguida hacia su izquierda, herido de muerte. Un oficial le dio el tiro de gracia en la cabeza.
La carrera, militante y delictiva del joven anarquista italiano, hubiera cumplido treinta años cuarenta y cuatro días después de su ejecución, había llegado a su fin. Era, de alguna forma, el enemigo público número uno del flamante gobierno militar que presidía el dictador José Félix Uriburu, que en septiembre de 1930 había derrocado al gobierno democrático del radical Hipólito Yrigoyen y había abierto las puertas a una violencia militar que iba a perdurar por medio siglo.
Di Giovanni había llegado a la Argentina con su familia en 1923 y con veintiún años, porque huía del fascismo de Benito Mussolini. Había desarrollado en pocos años una vida en el anarquismo argentino, que incluía a muchos inmigrantes europeos, y que estaba dividido por dos orientaciones diferentes y divergentes. Di Giovanni había elegido el lado más duro de los dos, el que se dio en llamar de los “anarquistas expropiadores”, y se lanzó a una carrera casi contra el tiempo que empezó con actos de protesta, siguió con robos menores, trepó hacia los atentados con explosivos y derivó en ataques sangrientos que provocaron muertos y heridos.
Su vida fue vista, luego, con el aire romántico y heroico de alguien que lucha contra la tiranía, contra los explotadores y en favor de los explotados, según sus propias palabras. Así lo rescató la valiosa biografía de Osvaldo Bayer “Di Giovanni, el idealista de la violencia”. Pero aquella dictadura militar, que miraba con cierta fascinación al nazismo floreciente en Alemania, no estaba para visiones románticas y mucho menos de la violencia. Había llegado para dar un escarmiento y para encarrilar a un país al que juzgaba al borde del abismo gracias a esas tonterías de las democracias liberales y del voto secreto y obligatorio. En poco tiempo, Uriburu y sus centuriones habían dado ejemplos claros de sus intenciones. Una de las primeras medidas de la flamante dictadura fue publicar un bando tajante que advertía en su artículo 1: “Todo individuo que sea sorprendido en infraganti delito contra la seguridad y bienes de los habitantes, o que atente contra los servicios y seguridad pública, será pasado por las armas sin forma alguna de proceso”.
Tres días después de asaltar el poder, el 9 de septiembre de 1930, había sido fusilado en las barrancas del arroyo Saladillo, en Rosario, el anarquista español Joaquín Penina, de veinticinco años. Un mes después, el 9 de octubre, acusados de tirotearse con la policía y con tropas del regimiento 6 de Caballería, habían sido fusilados los anarquistas Gregorio Galeano y José Gatti. El 8 de enero de 1931, en Mendoza, acusado de “asalto y crímenes en banda”, había sido fusilado Pedro Icazzati, un sanjuanino de veintitrés años que había intentado teñir sus delitos con los ropajes del anarquismo. El siguiente en la lista fue Di Giovanni.

Aquella madrugada de febrero, cuando el oficial al mando del pelotón de fusilamiento se acercó a Di Giovanni y le dio el tiro de gracia, cuatro jóvenes periodistas contemplaban la escena espantados. Uno era Arlt, que había ido a cubrir la ejecución para el diario “El Mundo” y reflejarla en uno de sus célebres “Aguafuertes porteños” que tituló: “He visto morir”. Arlt cita, sin dar sus nombres, a otros dos periodistas: uno también de “El Mundo” de apellido Gómez, otro, Gauna, de “La Razón”. El cuarto había ido por el legendario “Crítica”, que dirigía Natalio Botana: era el poeta comunista Raúl González Tuñón. Los dos, Arlt y González Tuñón, dejaron dos crónicas ejemplares de aquella madrugada.
Su infancia en Chieti
¿Quién era Severino Di Giovanni y cómo había llegado a ser uno de los hombres más buscados de la Argentina? Había nacido el 17 de marzo de 1901 en Chieti, una región italiana de los Abruzos a unos ciento ochenta kilómetros al este de Roma. Tenía trece años cuando estalló la Primera Guerra Mundial y diecisiete cuando terminó. Su infancia estuvo marcada por el hambre, la pobreza, el desamparo que dejó en Italia el conflicto, las imágenes de los soldados derrotados que mendigaban en las calles. Di Giovanni pudo ser tal vez un pacifista, pero se rebeló siempre contra cualquier tipo de autoridad a la que juzgaba culpable de todos los males. Estudió para maestro y empezó a enseñar en la escuela de su pueblo antes de graduarse y mientras aprendía un oficio que en la época equivalía a la informática de hoy: el de tipógrafo. Mientras, en los raros momentos de tiempo libre, leyó a los próceres del anarquismo: Mikail Bakunin, Enrico Malatesta, Pierre-Joseph Proudhon y Piotr Kropotkin.
Quedó huérfano a los diecinueve años y al año siguiente, en 1921, entró de lleno en la militancia anarquista. En 1922 se casó con su prima, María Teresa Masciulli: serían padres de tres hijos. Ese mismo año empezaron a soplar malos vientos para el anarquismo italiano. Entre el 27 y el 29 de octubre, Benito Mussolini, un socialista que había mudado de ropa y había fundado y dirigía el Partido Nacional Fascista, organizó y llevó adelante la “Marcha sobre Roma”, que lo llevaría al poder.
En 1923, cuando el fascismo rampante se ensañaba con los anarquistas, los Di Giovanni emigraron a la Argentina. Se instalaron en Morón en medio de una gran ola de inmigrantes italianos que se ayudaban unos a otros; sus compatriotas le consiguieron un trabajo como tipógrafo en la Capital. Oficio, compatriotas y cierto auge de las ideas libertarias, que no eran las de hoy, lo llevaron a editar un periódico, “Cúlmine” que vio la luz escrito en italiano y que expresaba un ideal que no esbozaba en principio y a cielo abierto un ideal de violencia. “Culmine” dice que nace para: “Difundir las ideas anarquistas entre los trabajadores italianos; contrarrestar la propaganda de los partidos políticos pseudo revolucionarios, que hacen del antifascismo una especulación para sus futuras conquistas por sufragio; iniciar en el medio de los trabajadores italianos agitaciones de carácter exclusivamente libertario para mantener vivo el espíritu de aversión al fascismo; interesar a los trabajadores italianos en todas las agitaciones proletarias de Argentina; y establecer una intensa y activa colaboración entre los grupos anarquistas italianos, los compañeros aislados y el movimiento anarquista regional.
Después, Di Giovanni difundirá sus ideas desde otro periódico, “La Antorcha”, que dirigen Rodolfo González Pacheco y Teodoro Antillí. No está solo en esa cruzada, ni todo el anarquismo está a su lado. Un sector más moderado, sin perder la dureza, lo enfrenta a través de la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), una de las piedras fundadoras del sindicalismo argentino. A las ideas de Di Giovanni y de “La Antorcha” se le oponen desde el periódico “La Protesta” que dirigen Emilio López Arango y Diego Abad de Santillán.

Di Giovanni actuó con discreción, se expresó en panfletos y en las páginas de sus periódicos hasta 1925, que es cuando decide pasar a la acción. El 6 de junio, en uno de sus iniciales actos resonantes, entró a grito pelado a la función de gala del Teatro Colón que celebraba los veinticinco años de la llegada al poder del rey italiano Vittorio Emanuele III. Era un festejo a todo lujo, con el presidente Marcelo T. de Alvear en el palco de honor junto al embajador del fascismo mussoliniano, conde Luigi Aldrovandi Marescotti. Di Giovanni y un grupo de jóvenes anarquistas coparon los pasillos del teatro a los gritos de “¡Asesinos! ¡Ladrones! ¡Viva la anarquía”!, mientras arrojaban hacia lo alto centenares de panfletos en los que proclamaban sus ideas con una verba inflamada, para espanto de los tres mil espectadores que llenaban palcos, plateas y sectores altos del gran teatro. El embajador italiano estaba escoltado por un grupo de “camisas negras” locales, símbolo del triunfo de Mussolini, que se trenzaron en un ágil y violento intercambio de trompadas, patadas y lo que llegara. Di Giovanni y los suyos terminaron en los calabozos y sus nombres y apellidos empezaron a ser escrutados por las lupas policiales.
Para entonces, Di Giovanni había unido su destino al de una familia italiana: había conocido a Paulino Scarfó, un anarquista nacido en Buenos Aires de padres italianos, un chico de menos de veinte años que prefiere la acción al debate. Paulino tiene una hermana, Josefa América Scarfó, que había nacido en 1912, de modo que Di Giovanni la conoce cuando ella tiene catorce años, ambos se enamoran y seguirán juntos hasta el final de la vida de Severino. Y más allá también.

Un breve y arbitrario recorrido por el accionar de Di Giovanni, muestra cómo poco a poco fue ganado por la violencia, sobre todo a partir de 1927. El 4 de diciembre de ese año coloca una bomba en el Banco de Boston que provoca sólo destrozos; veinte días después, el 24, poco antes del mediodía, coloca otra bomba en el City Bank y provoca dos muertos y varios heridos.
La ejecución en Estados Unidos de los anarquistas Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, acusados en falso de un asalto que terminó en asesinato y condenados a la silla eléctrica, lleva a Di Giovanni a atentar contra la embajada de Estados Unidos, ubicada entonces en Arroyo y Carlos Pellegrini. El 23 de mayo de 1928 Di Giovanni plantó una bomba en el consulado de Italia donde murieron nueve personas y otras treinta y cuatro resultaron heridas. En octubre, ya con Hipólito Yrigoyen de nuevo en la Casa Rosada, Di Giovanni atacó con una bomba los domicilios del comisario Eduardo Santiago y del teniente coronel del ejército italiano y delegado de Mussolini, Césare Afeltra, que murió en el atentado.
El 25 de octubre de 1929, alguien llamó a la puerta de la casa de Emilio López Arango, aquel director de “La Protesta” enfrentado a Di Giovanni que lo había amenazado desde las páginas de “La Antorcha” por “agente fascista e infiltrado policial. Cuando Arango abrió la puerta de su casa, lo mataron de tres balazos en el pecho. El asesinato fue adjudicado a Di Giovanni, pero nunca se descubrió a su autor.
Mientras desafiaba a la policía y cambiaba de domicilio y planificaba y ejecutaba atentados cada vez más sangrientos. Severino mantenía una profunda relación de amor con América Scarfó. Una de las tantas encendidas cartas que le envió, fechada en 1928, proponía: “(…) Perdernos entre el verdor, lejos, lejos... Caminar del brazo en esta aurora hacia un horizonte intangible e inalcanzable, siempre unidos, siempre fuertemente ligados como dos hiedras, sorbiéndonos la propia existencia una a la otra, y cantar la rapsodia heroica de la vida difícil”. En otra proclamaba: “El amor, el amor libre, exige aquello que otras formas de amor no pueden comprender. Y nosotros dos, rebeldes divinos (jamás nadie podrá llegar a nuestras cumbres), tenemos derecho a desagotar el pantano de la moral corriente y cultivar allí el inmenso jardín donde mariposas y abejas puedan satisfacer su sed de placer, de trabajo y de amor”.
La muchacha llegó a ver a Di Giovanni antes de su fusilamiento en la Penitenciaría. Ambos se abrazaron y él le pidió entereza. Paulino Scarfó fue fusilado al día siguiente de Di Giovanni. Casi seis décadas después de aquel drama, en julio de 1999, bajo el gobierno de Carlos Menem, el entonces ministro del Interior, Carlos Corach, entregó a la ya anciana América Josefina “Fina” Scarfó las apasionadas cartas que Severino le había enviado y que habían quedado retenidas, secuestradas u olvidadas en el Museo de la Policía Federal. América murió el 26 de agosto de 2006.
Con la dictadura militar del general Uriburu ya en el poder, en vigencia el bando que anunciaba la pena de muerte para quien fuese sorprendido en la comisión de un delito, el accionar de Di Giovanni no se atemperó, por el contrario se hizo más intenso. El 2 de octubre de 1930, a menos de un mes del golpe de Estado y con el Ejército en las calles, Di Giovanni dio otro de sus grandes golpes: asaltó el camión de la Comisión Pagadora de Obras Sanitarias de la Nación y se alzó con un botín de 286 mil pesos: una fortuna para la época. El dinero estaba destinado al pago de los salarios de los obreros y empleados de la empresa estatal y Di Giovanni lo usaría para financiar su propaganda anarquista, comprar una imprenta para desarrollar su proyecto editorial y para publicar obras de teóricos libertarios como Elisée Reclus.
El asalto tuvo precisión militar. El camión pagador fue interceptado en la zona de Palermo, no muy lejos del Tiro Federal, donde practicaban tropas del Regimiento 1 de Infantería. Los asaltantes lograron inmovilizar a la custodia del camión y se alzaron con las sacas de dinero hacia unos coches que los esperaban. En la huida se enfrentaron a cerca de doscientos miembros de la policía y del Regimiento Patricios, pero lograron huir.
En medio de la búsqueda de los asaltantes y de los allanamientos a centros, clubes, asociaciones y bibliotecas anarquistas, Di Giovanni empezó a editar su periódico en castellano y ya no sólo en italiano. Uno de sus últimos artículos era una declaración de guerra decía: “Sepan Uriburu y su horda fusiladora que nuestras balas buscarán sus cuerpos. Sepa el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados, que sus vidas y posesiones serán quemadas y destruidas”.
La dictadura aceptó el reto y la búsqueda de Di Giovanni se hizo más intensa. El 29 de enero de 1931, a las siete de la tarde, dos agentes policiales, José Gregorio Sarrieta y Ramón Cinza. Se cruzaron con Di Giovanni. Lo buscaban por los alrededores de una imprenta de la calle Callao y lo hallaron cuando llevaba en las manos las copias de galera de un libro en impresión. Di Giovanni disparó contra los policías y escapó por la calle Sarmiento hasta llegar a Riobamba donde, según las crónicas de la época, giró a la derecha para tomar Cangallo y entró en el 1975, donde había un modesto hotel. Después se sabría que los balazos que intercambiaron perseguido y perseguidores, habían herido a una chica de trece años, Delia Berardone, que murió horas después.

Los dos policías se apostaron en la puerta del hospedaje, sin entrar, y pidieron refuerzos. Cuando llegaron, todos entraron para apresar a Di Giovanni que mató de un balazo en el pecho al agente Antonio Ceferino García, de la seccional 5ta. Di Giovanni llegó a ganar los fondos del hotel, trepar a la azotea para, desde diez metros de alto, saltar hacia los fondos de una casa desde donde salió a la calle Ayacucho; llegó a Sarmiento y se refugió en un garaje: acorralado, se disparó en el pecho pero se hirió en forma superficial. Apresado y derivado en una ambulancia y con custodia al Hospital Ramos Mejía, en pocas horas fue llevado a la Penitenciaría.
Lo sometieron a un juicio sumarísimo y por un Tribunal Militar. Le designaron como defensor a un joven teniente, Juan Carlos Franco, a quien Di Giovanni dijo: “Jugué y perdí. Pago con la vida, como buen perdedor”. Pero el teniente Franco no sabía de resignaciones. Hizo una defensa apasionada y, tal vez, hasta justificada y absolutoria de los crímenes de Di Giovanni con la idea de salvarlo del fusilamiento. Era imposible. Di Giovanni fue condenado a morir fusilado al día siguiente del dictamen. Días después, el teniente Franco fue dado de baja y debió exiliarse en Paraguay.
En su celda de condenado sin tiempo para más, Di Giovanni escribió una especie de testamento, ni siquiera era última voluntad; fue un breve repaso de su vida fugitiva que iba a terminar a los veintinueve años. Decía: “No busqué afirmación social, ni una vida acomodada, ni tampoco una vida tranquila. Para mí, elegí la lucha. Pasar monótonamente las horas enmohecidas de la gente común, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir, es solamente vegetar, llevar encima una masa informe de carne y huesos. A la vida hay que ofrecerle la exquisita rebelión del brazo y de la mente. Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza. Por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso.”

Si hoy sabemos cómo murió Di Giovanni es porque dos periodistas, que eran además escritores, dejaron una crónica ejemplar, en técnica, descripción, interpretación, emotividad y sorpresa: Roberto Arlt y Raúl González Tuñón. A casi un siglo, todavía son una lección de periodismo.
La pintura que trazó Arlt para uno de sus “Aguafuertes porteños” fue salvada del olvido por Bayer que la reprodujo íntegra en su biografía de Di Giovanni. Antes, Bayer citó el fragmento de una crónica del diario “El Día”, de Montevideo que revelaba: “La gente dio el más triste espectáculo que pedir se pueda, al punto de que algunos copetudos fueron a presenciar el bárbaro acto vistiendo smokings o sea verdaderos trajes de gala”.
Durante todo su escrito, Arlt se empeña en comparar el escenario de la tragedia con equivalencias inofensivas y cotidianas, con contrastes mansos y serenos, como si lo que en ese rincón de la Penitenciaría fuese a ocurrir otra cosa: quienes corren por los pasillos de la cárcel para ver la ejecución, el propio Arlt incluido, “se precipitan como si corrieran a tomar el tranvía”; la silla en la que van a sentar a Di Giovanni es “una cómoda silla de comedor”; el escenario completo “parece un ring, el ring de la muerte”; Di Giovanni se sienta y “luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta el agua para tomar el mate”; el condenado escucha su sentencia a muerte como si fuesen “las cláusulas de un contrato cuyas estipulaciones son importantísimas”.

Toda la crónica está escrita con frases cortas, vibrantes, contundentes, definitivas. Arlt no se preocupa demasiado para ocultar sus propias simpatías anarquistas y su comprensión, tal vez hasta su cariño hacia Di Giovanni. Lo hace más de una vez, con enorme sutileza, y cifra los colores rojo y negro del anarquismo. Primero, al describir la lectura de la sentencia por parte de un oficial: “Frente a él, una cabeza. Un rostro que parece embadurnado de aceite rojo. Unos ojos terribles y fijos, barnizados de fiebre. Negro círculo de cabezas”. Y, más adelante, dando por hecho que los lectores saben de qué color son las panteras: “Es Severino Di Giovanni. Mandíbula prominente. Frente huida hacia las sienes, como la de las panteras. Labios finos y extraordinariamente rojos. Frente roja. Mejillas rojas (…)”
Con si se tratara de un guion de cine, cuando las balas matan a Di Giovanni, Arlt describe: “Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde, con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia”. La muerte de Di Giovanni fue reconstruida luego con una persona de cuerpo muy parecido, al del anarquista. Figuran, y así fueron citadas, como las fotos reales del fusilamiento. No lo son.
Sigue Arlt: “Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra (…) Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría deberían poner un cartel que rezara: ‘Está prohibido reírse. Está prohibido concurrir con zapatos de baile”.
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