Susan Sontag, la mujer que se negó a vivir una vida pequeña: sus amores desprejuiciados, la guerra y la escritura como combate

Entre la Universidad de Chicago, París y Harvard, la ensayista, novelista y cineasta norteamericana desafió normas, cultivó amores y se convirtió en una figura central del pensamiento contemporáneo

La autora y crítica cultural estadounidense Susan Sontag en su escritorio, alrededor de 1971. Detrás de ella se puede ver "Mao" de Roy Lichtenstein, que apareció en la portada de la novela de Frederic Tuten, "Las aventuras de Mao en la Larga Marcha" (que Sontag recibió una reseña favorable) (Grosby)
La autora y crítica cultural estadounidense Susan Sontag en su escritorio, alrededor de 1971. Detrás de ella se puede ver "Mao" de Roy Lichtenstein, que apareció en la portada de la novela de Frederic Tuten, "Las aventuras de Mao en la Larga Marcha" (que Sontag recibió una reseña favorable) (Grosby)
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El 16 de enero de 1933 nacía en Nueva York una de las voces más provocadoras del siglo XX: Susan Sontag. Ensayista, novelista, cineasta, activista, enemiga declarada de los lugares comunes, Sontag pensó el arte, la enfermedad, la guerra y el deseo con una intensidad que todavía incomoda. Su vida fue tan intensa como su prosa: una existencia atravesada por la lucidez, la contradicción y el amor.

Susan Lee Rosenblatt nació en Nueva York en el seno de una familia judía. Su padre murió cuando ella tenía cinco años y, tiempo después, junto con su hermana Judith, adoptó el apellido de su padrastro: Sontag. La familia vivió en Tucson y luego en Los Ángeles, donde Susan asistió al North Hollywood High School. Su madre, alcohólica, fue una figura distante e inestable. La lectura se convirtió pronto en refugio y salvación.

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Precoz hasta el vértigo, a los 17 años se casó con su profesor de sociología, Philip Rieff, con quien tuvo a su único hijo, David Rieff, que más tarde sería escritor y editor de su obra. Estudió en la Universidad de California en Berkeley y luego en la Universidad de Chicago, donde se graduó. Continuó su formación en Harvard, donde obtuvo títulos de maestría, y amplió estudios en París (La Sorbona) y Oxford. No llegó a completar un doctorado, pero su erudición pronto superó cualquier credencial académica.

Se divorció en 1958. En París mantuvo una relación con la escritora Harriet Sohmers Zwerling, una de las primeras historias amorosas con mujeres que marcarían su vida íntima. De regreso a Estados Unidos, comenzó a enseñar, a escribir y a convertirse en una figura central del pensamiento crítico contemporáneo.

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Amante del cine, dirigió películas y escribió sobre la imagen como experiencia moral (Grosby)
Amante del cine, dirigió películas y escribió sobre la imagen como experiencia moral (Grosby)

Escritura como combate

Sontag escribió para Partisan Review, Harper’s y The New York Review of Books. Su primer libro de ensayos, Contra la interpretación (1966), fue un manifiesto contra la sobreintelectualización del arte. Allí propuso una “erótica del arte” que privilegiara la experiencia sensorial por sobre la obsesión explicativa.

Más tarde, en Styles of Radical Will (publicado en español como Estilos radicales), abordó temas como el cine de Godard, la pornografía, la política y la guerra de Vietnam. Su obra ensayística se volvió una brújula para leer la cultura de masas, la estética y el poder. Pero también escribió novelas, cuentos y guiones. Su estilo era afilado; su mirada, incómoda. Fue una intelectual pública que nunca rehuyó el conflicto.

Las guerras

En los años 60 viajó a Vietnam del Norte y escribió Viaje a Hanoi, un diario de impresiones sobre la guerra. A partir de entonces, su compromiso político se volvió más visible y radical.

En los años 90, durante el asedio de Sarajevo, se instaló en la ciudad y dirigió una puesta de Esperando a Godot, de Samuel Beckett, como acto de resistencia cultural en medio de la devastación.

“Creo que el siglo XX empezó en Sarajevo, y que en el siglo XXI también comienza aquí. Ha sido un siglo breve”, dijo en una entrevista de 1993.

Sontag no solo reflexionó sobre la guerra: la vivió, la documentó, la denunció. Su ética de la representación se volvió cada vez más exigente.

Fue también cineasta. Dirigió Duet for Cannibals (1969) y Brother Carl (1971), ambas filmadas en Suecia. En 1974 realizó el documental Promised Lands, rodado en Israel, y en los años 80 experimentó con formatos híbridos como Letter from Venice. Amaba ver películas una y otra vez: el cine era, para ella, una forma de pensamiento.

Su obra ensayística la convirtió en una de las voces más influyentes del siglo XX (Grosby)
Su obra ensayística la convirtió en una de las voces más influyentes del siglo XX (Grosby)

Si el cine fue para Susan Sontag una forma de pensamiento, la fotografía y las imágenes de guerra fueron el territorio donde puso a prueba su ética de la mirada.

En Sobre la fotografía (1977), analizó cómo las imágenes moldean nuestra percepción del mundo y crean hábitos de observación que terminan naturalizando la violencia. Veintiséis años después, en Ante el dolor de los demás (2003), volvió sobre el tema para preguntarse cómo miramos el sufrimiento ajeno y qué tipo de conciencia produce esa mirada.

Sontag denunció la estetización del horror y la banalización del dolor en los medios. Ver no es comprender, advertía: las imágenes pueden conmover, pero también anestesiar. La repetición del sufrimiento, convertida en espectáculo, corre el riesgo de vaciarlo de sentido.

Para Sontag, la conciencia del dolor no es inmediata ni natural: es una construcción cultural atravesada por el encuadre, la distancia y el contexto. Mirar implica siempre una responsabilidad moral.

Enfermedad, metáfora y resistencia

En 1975 fue diagnosticada con cáncer de mama. Enfrentó la enfermedad con tratamientos agresivos y experimentales. Más tarde atravesó un cáncer ginecológico. Finalmente, murió de leucemia el 28 de diciembre de 2004.

De esa experiencia nacieron dos libros fundamentales: La enfermedad y sus metáforas (1978) y El sida y sus metáforas (1988), en los que denunció el uso moralizante y estigmatizante del lenguaje médico. Para Sontag, la enfermedad debía ser despojada de metáforas.

La ensayista nunca se definió públicamente como lesbiana. “No me gustan las etiquetas”, dijo. Aunque celosa de su intimidad, sus diarios revelan relaciones con mujeres desde su juventud. Su relación más duradera fue con la célebre fotógrafa Annie Leibovitz, con quien compartió décadas de vida, viajes y trabajo. Leibovitz la retrató en todas sus facetas: pensativa, luminosa, enferma, moribunda. Algunas de esas imágenes —como las tomadas en el hospital— desataron debates sobre los límites entre el arte, el amor y la exposición

Reconocimientos y legado

Fue miembro de la American Academy of Arts and Letters. Recibió el National Book Award por En América (2000), el Premio Jerusalén (2001), el Premio Príncipe de Asturias (2003) y el Premio de la Paz de los Libreros Alemanes (2003), entre otros reconocimientos.

Tras su muerte se publicaron sus diarios y cuadernos: Renacida y La conciencia uncida a la carne, donde aparece una Sontag íntima, contradictoria, vulnerable.

Susan Sontag vivió como pensó: sin atajos. Amó con intensidad, se expuso a la guerra, discutió con su tiempo y escribió incluso cuando hacerlo significaba quedar a contramano. Nunca buscó una vida ordenada ni apacible, sino una vida vasta, exigente, a la altura de su curiosidad y de su deseo. En ese gesto —el de no resignarse a lo pequeño— se cifra una de las obras más incisivas del siglo XX

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