
Corrían tiempos violentos a principios de 1919 en Alemania luego de la derrota en la Primera Guerra Mundial. El 9 de noviembre del año anterior, en medio de una gran conmoción política y social, principalmente motorizada por levantamientos obreros, el Kaiser Guillermo II había abdicado y se formó un gobierno socialdemócrata conducido por Philipp Sheidemann, que proclamó la Republica alemana desde una ventana del Reichstag. Pero el poder estaba en disputa, pocas horas después Karl Liebknecht, que dirigía junto con Rosa Luxemburgo la Liga Espartaquista, anunciaba la creación de la Republica Socialista Libre de Alemania, que incluía la formación de consejos de obreros y soldados, como había ocurrido en la Revolución Rusa en octubre de 1917. El gobierno socialdemócrata, de clara orientación anticomunista, logró el apoyo del Estado Mayor del Ejército para reprimir los levantamientos y frenar la insurrección revolucionaria. Para lograrlo de manera completa, ordenó acabar con los dirigentes espartaquistas, tarea que quedó a cargo de grupos paramilitares de ultraderecha. Así y todo, la oleada revolucionaria no se detuvo.
Para enero de 1919, los espartaquistas, sin el apoyo de Luxemburgo ni de Liebknecht, volvieron a las calles. Ante el hecho consumado, los dos dirigentes decidieron sumarse, pero fueron detenidos y ejecutados por orden del gobierno. Después de eso, el conato de revolución fue sofocado, aunque los enfrentamientos continuaron durante meses en algunas provincias. Con todo, pudieron celebrarse las elecciones, las sesiones de la asamblea constituyente y la proclamación de la Constitución de Weimar. En los comicios, el triunfo fue de los socialdemócratas encabezados por Friedrich Ebert, pero para obtener la mayoría y poder gobernar debieron pactar con los partidos de centro. Así se formó la Coalición de Weimar, y Ebert fue elegido presidente de la República, mientras que Scheidemann fue designado jefe de Gobierno.
Esa era la situación el 5 de enero cuando un pequeño grupo de militantes de ultraderecha se reunió en uno de los salones del hotel Fürstenfelder Hof de Múnich. Afuera, el frío del invierno castigaba la ciudad, pero allí, en la sala, se vivía un clima enardecido. No había mujeres en el grupo y la atención de los pocos presentes se centraba en tres hombres, los que llevaban las voces cantantes. Uno de ellos era Karl Harrer, un periodista de pluma torpe pero flamígera; los otros dos compartían el oficio de cerrajero y se llamaban Michael Lotter y Anton Drexler.
Es probable que los ocasionales huéspedes de establecimiento no dedicaran ni siquiera unos segundos a observar –y mucho menos a escuchar– a esos hombres que participaban de uno de los tantos cónclaves que realizaban los grupúsculos políticos de la convulsionada Alemania derrotada en la Gran Guerra. Si lo hubiesen hecho, tampoco habrían podido imaginar que allí se estaba incubando la mayor tragedia del siglo XX. Porque al finalizar la reunión había quedado conformada una nueva agrupación política: el Partido Obrero Alemán (DAP), la semilla desde la cual durante los años siguientes crecería el nazismo.

Un tal Anton Drexler
El hombre que con más fuerza había impulsado la creación del partido era el cerrajero y mecánico ferroviario Drexler, de 35 años, que hasta poco antes había militado en el extinto Deutsche Vaterlandspartei, un partido ultraderechista muy activo en los últimos años de la guerra. Formaba parte también de la Sociedad Thule, un grupo ocultista que reivindicaba la superioridad de la “raza aria”, en el que para poder ingresar los miembros debían jurar que por sus venas no corría ni una pizca de sangre judía ni negra.
Desde hacía meses, Drexler buscaba darle forma a un nuevo partido de ultraderecha que sostuviera tres pilares ideológicos: el antisemitismo, el anticomunismo y el pangermanismo. Al principio, el cerrajero también había impostado algunas posiciones anticapitalistas, pero las abandonó rápidamente para lograr el apoyo de algunos industriales alemanes, como el director de la fábrica de camiones Maschinenfabrik Augsburg-Nürnberg (MAN), Paul Tafel, que le aportaba fondos para su aventura política.
La del DAP era también resultado de la resolución de una puja entre Harrer y Drexler. El periodista pretendía que el grupo se mantuviera como un club nacionalista semisecreto, mientras que el cerrajero quería sacarlo a la luz pública para convertirlo en una agrupación de masas, la posición que finalmente prevaleció. A pesar del indudable liderazgo de Drexler, ese domingo la presidencia del partido quedó formalmente en manos de Karl Harrer, para aprovechar su prestigio como periodista. En el triunvirato de mando lo acompañaron el propio Drexler y su colega Lotter. Esa situación se mantuvo durante unos pocos meses, hasta que finalmente Drexler reemplazó a Harrer en la presidencia y lo desplazó a un cargo meramente honorario, el de figurón.
Nadie discutía por entonces que el cerrajero Drexler era quien marcaba la línea política del naciente partido expresada en un folleto salido de su pluma que circulaba con el título de Mi despertar político. Meses después, ese texto sería leído con avidez por un cabo del ejército llamado Adolf Hitler, el mismo que quizás inspirado por ese título no tardaría escribir su propio ideario, ya no en un folleto sino en un libro que llegaría a ser tristemente célebre, Mi lucha.

Un espía orador
El partido fundado por Drexler tenía apenas nueve meses de vida, apenas unos pocos afiliados y una escasa actividad cuando en septiembre de 1919 los caminos del cerrajero ultraderechista y de Adolf Hitler se cruzaron en la cervecería Sterneckerbräu, de la Avenida Tal 54, en Múnich. Hitler tenía 30 años, el grado de cabo y todavía estaba reponiéndose de las secuelas de un ataque con gas venenoso casi al final de la guerra.
La derrota le había caído muy mal al suboficial Hitler, que culpaba a los socialdemócratas por haber promovido el humillante armisticio y acusaba también a los políticos socialistas y marxistas de haber traicionado y “apuñalado por la espalda” al Ejército y a los ciudadanos alemanes. Así pensaba cuando, el 12 de septiembre de 1919, el capitán Karl Mayr le ordenó que se vistiera de civil y fuera a espiar una reunión del DAP que se realizaría esa noche en el salón de la cervecería Sterneckerbräu, de la Avenida Tal 54, en Múnich. Porque para entonces, el cabo Hitler era un espía del Ejército.
Cuando entró se encontró con una reunión de pocas decenas de personas, encabezadas por Drexler. Hitler contaría después que el desarrollo de esa suerte de asamblea le resultó aburrido, realmente anodino, con temas impregnados de “un ridículo provincialismo”. Luego de escuchar al orador de la noche, Gottfried Feder, estaba a punto de irse para elaborar el informe de inteligencia para su superior cuando se inició un debate que lo retuvo.
Se trataba de una improvisada mesa redonda donde uno de los presentes, de apellido Baumann, sostuvo que Baviera debería separarse de Alemania y anexarse a Austria, una propuesta que indignó al hasta entonces silencioso espía, a pesar de ser él mismo austríaco. Entonces pidió la palabra y en una breve pero tajante intervención no solo hizo callar a su interlocutor, sino que impresionó con su fervor y sus dotes para la oratoria a los dirigentes del partido.
Uno de los más deslumbrados fue el propio Drexler, que al terminar la reunión se acercó a Hitler, le entregó un ejemplar de Mi despertar político, le propuso sumarse a la organización y lo invitó a participar, ya como orador, en un próximo mitin que se realizaría un mes más tarde, el 16 de octubre. El joven informante aceptó y se convirtió en el afiliado número 555 del Partido Obrero Alemán, una numeración mentirosa, porque la lista de integrantes del DAP se iniciaba con el número 500 para ocultar la escasez de partidarios.

El carisma de un oscuro cabo
En ese segundo mitin, Hitler volvió a mostrar sus capacidades como propagandista, con las que sedujo a las apenas 111 personas presentes, que salieron “electrizadas” luego de escuchar su primer discurso como integrante del partido. “En un torrente de palabras irresistible y de tensión creciente, durante treinta minutos descargó todas las pasiones, afectos que se habían acumulado en él desde los lejanos días del asilo para hombres, con todos aquellos sentimientos de odio almacenados en sus monólogos frustrados; como en una erupción volcánica, que tenía su base en la falta de contacto y de conversación de aquellos años anteriores, salían despedidas las frases, disparadas las locas imágenes y las acusaciones”, describe Joachim Fest, en Hitler. Una biografía.
Uno de los asistentes a ese debut, Hans Frank, resumió así sus sensaciones de esa noche: “Me impresionó mucho desde el primer momento. Era totalmente diferente de lo que se podía oír en otros actos políticos. Tenía un método totalmente claro y simple en el que todo brotaba del corazón y nos tocaba a todos la fibra sensible”.
Para entonces, el futuro führer del “Reich de los Mil Años” había comenzado su vertiginosa carrera ascendente en el Partido Obrero Alemán como encargado de propaganda. Pronto llegaría a lo más alto, mientras Drexler iba quedando relegado a un papel casi decorativo pese a que todavía conservaba la presidencia de la organización.

Nace el Partido Nazi
Mientras estuvo bajo la conducción de Drexler, el Partido Obrero Alemán creció poco y a los tumbos, tanto que ni siquiera tenía un programa político explícito sino apenas una “ley fundacional”. Esa situación cambió el 24 de febrero de 1920, durante una reunión realizada en la sala de fiestas de la Hofbräuhaus de Múnich, con asistencia de unas dos mil personas. Ese día el DAP firmó su certificado de defunción y resurgió de sus cenizas como el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), que proclamó el programa de los 25 puntos que regiría al partido nazi hasta su prohibición luego del intento de golpe de 1923.
Aunque en coautoría con Drexler, el verdadero promotor del programa fue la nueva luminaria del partido, Adolf Hitler. Por su iniciativa se creó un grupo paramilitar uniformado, llamado más tarde Sturmabteilung (SA), similar al de las Camisas Negras de Mussolini, así como postulados altamente racistas y antisemitas. Además, en los puntos más salientes del programa ya se prefiguraban la futura guerra para obtener el “espacio vital” y la persecución de los judíos que llevaría al Holocausto. Allí se podía leer, entre otras exigencias:
-La reunificación de todos los alemanes, sobre la base del derecho de los Pueblos a la autodeterminación, a fin de crear una Gran Alemania;
-Reivindicamos espacio y tierras (colonias) que permitan alimentar a nuestro Pueblo y establecer en ellas nuestro excedente de población;
-No puede ser ciudadano, sino quien posee la cualidad de miembro de la comunidad nacional. No puede serlo sino quien tiene sangre alemana, cualquiera que sea su Confesión. Ningún judío, consecuentemente, podrá ser miembro de la comunidad nacional.
-Es necesario impedir toda nueva inmigración de personas no-alemanas. Demandamos que todas las personas no-alemanas llegadas a Alemania desde el 2 de agosto de 1914 sean constreñidas a abandonar el Reich inmediatamente.

El huevo de la serpiente
Bajo la férrea conducción de Adolf Hitler el partido creció de manera vertiginosa, hasta que, en junio de 1921 estalló una revuelta interna, cuando una parte de la dirección intentó forzar una unión con el derechista Partido Socialista Alemán (DSP). Hitler, que se encontraba de viaje en Berlín, volvió rápidamente a Múnich y amenazó con renunciar a su puesto, lo que en la práctica significaría la extinción del NSDAP. Con ese solo gesto, abortó la movida de fusión y a la vez logró quedarse con la dirección absoluta e incuestionable del partido al poner como condición para su permanencia que Drexler fuera desplazado de la presidencia.
Desde ese momento, el cerrajero esotérico quedó relegado a un cargo puramente simbólico, el de “presidente honorario”, hasta que renunció al partido en 1923, cuando el NSDAP fue prohibido temporalmente luego del intento de golpe de estado de noviembre de ese año, del que se había negado a participar. No fue, sin embargo, el final de su carrera política. En 1924 se presentó y fue elegido para integrar el parlamento de Baviera en representación de otro partido de ultraderecha. Volvió a afiliarse al NSDAP en 1923, después de que Hitler fuera nombrado canciller. Sin embargo, aunque fue recibido con honores, sólo se lo utilizó como una figura propagandística, como cuando se le entregó la Orden de la Sangre, en 1937, como “veterano” del primitivo Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán.
Anton Drexler murió casi olvidado en su Múnich natal el 24 de febrero de 1942, cuando la semilla que había plantado 23 años antes al fundar el Partido Obrero Alemán había crecido hasta convertirse en un monstruo que arrasaba a Europa y amenazaba a toda la humanidad. Tuvo un final oscuro, pero su nombre quedó marcado para siempre como el del hombre que le abrió las puertas de la política y catapultó la carrera del dictador más siniestro del siglo XX.
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