
En una mañana templada del año 1503, el bullicio de Florencia se condensaba en las plazas cercanas al Palazzo Spini Feroni. Entre artistas, comerciantes y ciudadanos, dos figuras destacaban por encima del resto: Leonardo da Vinci y Miguel Ángel. Sus pasos coincidieron frente a la iglesia de Santa Trinita, rodeados de curiosos que observaban atentos cada gesto, anticipando el encuentro de dos talentos opuestos. Aquel cruce, marcado por tensiones sutiles y palabras cargadas de ingenio, anunció el inicio de una rivalidad artística que se convertiría en leyenda en pleno corazón del Renacimiento.
En 1503, Florencia vivió uno de sus momentos de mayor efervescencia artística. Leonardo da Vinci y Miguel Ángel, dos de las figuras más influyentes del arte occidental, coincidieron en encargos públicos y debates en pleno centro de la ciudad. Sus trayectorias y filosofías, diferentes en origen y motivaciones, se encontraron en los salones y plazas durante los primeros años del siglo XVI.
Leonardo, nacido en Vinci en 1452, ya era conocido en Florencia y Milán por obras como “La Última Cena”. Miguel Ángel, nacido en 1475, comenzaba a destacar por esculturas como “La Piedad” y, más tarde, el “David.” Ambos compartieron escenarios como el Palazzo Spini Feroni y la iglesia de Santa Trinita, lugares donde surgieron encuentros públicos, discusiones artísticas y situaciones tensas entre autores y seguidores. Los florentinos presenciaron episodios célebres, entre ellos la disputa en torno a la interpretación de un pasaje de Dante.

De acuerdo con un manuscrito anónimo de la década de 1540, atribuido a Bernardo Vecchietti, difundido por History Extra, Leonardo y Miguel Ángel mantuvieron intercambios cargados de rivalidad en pleno espacio público.
El texto narra cómo Miguel Ángel increpó a su colega por el fallido monumento ecuestre de Milán y lo ridiculizó ante un grupo de ciudadanos. Escenas como estas, relatadas años después, ilustran la intensidad de la relación entre ambos genios y muestran el impacto de sus trayectorias en la opinión de la elite cultural florentina.

Dos visiones opuestas del arte
Según el análisis de Martin Kemp, profesor emérito de historia del arte en la Universidad de Oxford, Leonardo y Miguel Ángel reunían diferencias profundas en su concepción del arte y la naturaleza. Leonardo buscaba demostrar la presencia de Dios en las invenciones naturales, donde nada resultaba superfluo.
Creía que el pintor debía estudiar a fondo la naturaleza y rehacerla bajo reglas matemáticas definidas por el Creador. Miguel Ángel, en contraste, abordaba la creación como una revelación del alma a través del cuerpo humano, siguiendo fundamentos platónicos. Para él, la belleza y la verdad divinas se evidenciaban en la anatomía y en la tensión entre espíritu y materia.

Florencia fue testigo de intentos de colaboración. Ambos artistas recibieron en 1503 el encargo de decorar el Salone dei Cinquecento del Palacio de la Signoria con murales sobre batallas históricas. Leonardo eligió la batalla de Anghiari, imaginando un conflicto brutal de caballería y soldados entre polvo y humo. Miguel Ángel seleccionó la batalla de Cascina y propuso un enfoque humano, mostrando a combatientes sorprendidos, centrando el drama en el cuerpo humano y la reacción ante el peligro inminente. Ninguno de los dos murales se completó, ya que Leonardo volvió a Milán y Miguel Ángel partió a Roma.
Las diferencias filosóficas y estilísticas perduraron. De acuerdo con testimonios históricos, Leonardo defendía una técnica basada en la observación empírica y el estudio de la naturaleza en su totalidad. Miguel Ángel priorizaba la capacidad del cuerpo humano para vehicular el alma y alcanzar la trascendencia.

El “paragone,” antiguo debate sobre si la pintura o la escultura resultaban superiores, reavivó los antagonismos. Miguel Ángel respondió de modo tajante a quienes defendían la pintura, postura asociada a su contemporáneo.
A pesar de la rivalidad, ambos artistas influyeron en la evolución del arte renacentista. De acuerdo con diversos estudios, Miguel Ángel incorporó elementos narrativos inspirados en Leonardo en obras como el Tondo Doni. Leonardo, a su vez, reaccionó ante la monumentalidad anatómica de su rival y reformuló aspectos de sus composiciones.

El paso por Florencia y, más tarde, por Roma, dio lugar a un diálogo indirecto: exploraron con diferentes medios la posibilidad de representar lo inefable, ya fuera el misterio de la divinidad en la naturaleza o la lucha del alma por trascender la materia. Los bocetos, anotaciones y esculturas que surgieron de estos años reflejan la vitalidad de este intercambio.
La historia recogida por fuentes contemporáneas, junto con los trabajos de historiadores como Kemp, revela que ni Leonardo ni Miguel Ángel lograron materializar el ideal total de sus respectivas artes antes de su muerte. Sin embargo, la convivencia y el enfrentamiento entre ambos dejaron un legado crucial para la historia del arte y continuaron estimulando debates sobre la creatividad, la técnica y el significado espiritual de la obra artística del Renacimiento.
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