
La historia de la modernidad industrial está plagada de innovaciones celebradas que, con el tiempo, han revelado un alto precio para la salud pública y el ambiente. Thomas Midgley Jr. se convirtió en símbolo de esta paradoja: sus invenciones, pensadas para solucionar problemas cotidianos y facilitar la vida, sentaron las bases de una de las mayores crisis ambientales del siglo XX, desde el desarrollo de la gasolina con plomo y el auge de los clorofluorocarbonos (CFC) hasta la revelación, décadas después, de los daños irreparables a la atmósfera.
Los inicios de un inventor
Thomas Midgley Jr. nació en 1889 en Beaver Falls, Pensilvania. Desde pequeño demostró inquietud por la invención y la experimentación, descubriendo usos alternativos a objetos cotidianos, como la corteza de olmo para modificar pelotas de béisbol.
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Apenas contaba con formación formal en química; su educación fue en ingeniería mecánica, lo que marcó su recorrido profesional en General Motors. Allí se consolidó como una figura destacada de la innovación industrial en Estados Unidos, alcanzando premios como el Willard Gibbs en 1942 y la presidencia de la Sociedad Química Estadounidense en 1944, según BBC.
El plomo en la gasolina y el comienzo de una crisis
A comienzos de la década de 1920, la industria automotriz buscaba desesperadamente una solución al problema de la detonación de los motores, que generaba ruidos molestos y graves fallas mecánicas. Bajo la dirección de Charles Kettering en General Motors, Thomas Midgley experimentó con miles de compuestos hasta dar con el tetraetilo de plomo (TEL) en 1921.
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Dos años más tarde, la fórmula se lanzó al mercado bajo el nombre de “ethyl”, una marca diseñada para disfrazar la palabra “plomo” y evitar el rechazo público. La estrategia funcionó: la gasolina aditivada se expandió a toda velocidad en la industria automotriz.

A pesar de los éxitos comerciales, el plomo era conocido desde hacía siglos como veneno. Sus efectos, especialmente en la infancia, incluían lesiones neurológicas y problemas renales, indica BBC. No obstante, la industria y el propio Midgley minimizaron los riesgos.
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En una demostración pública de 1924, el ingeniero vertió TEL sobre sus manos, asegurando: “No me estaría arriesgando aunque lo hiciera a diario”, recordó BBC. Poco después, el propio Midgley sufrió intoxicación por plomo, un padecimiento que lo acompañaría el resto de su vida, según explicó el profesor Bill Kovarik.
Entre 1923 y 1925, al menos 17 trabajadores murieron y 150 enfermaron en plantas productoras de gasolina con plomo. Las empresas involucradas, General Motors, Standard Oil y DuPont, mantenían laboratorios en los que se producían graves secuelas psiquiátricas y alucinaciones entre el personal, destaca BBC.
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Pese a las advertencias y a los primeros casos de intoxicación, en 1925 el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos autorizó el uso del aditivo con plomo. El respaldo oficial abrió la puerta a una expansión masiva: para la década de 1970, más del 80% de la gasolina utilizada en el mundo contenía plomo. Las consecuencias fueron devastadoras.
Hoy, la Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que cerca de un millón de personas mueren cada año por envenenamiento con plomo, una herencia tóxica de aquella decisión.
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El auge de los clorofluorocarbonos y el inicio de la amenaza a la atmósfera
El siguiente desafío para Midgley surgió en la misma época: hallar un gas refrigerante seguro. Los compuestos existentes eran tóxicos y explosivos, y la confianza de la industria estaba en juego.
En 1930, Midgley presentó los clorofluorocarbonos (CFC) como la alternativa ideal. En una demostración de confianza, aspiró el gas y apagó una vela exhalándolo, intentando demostrar su inocuidad, relató BBC.
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Comercializados como Freón, estos gases transformaron la refrigeración y el aire acondicionado, integrándose rápidamente a la vida doméstica y a la industria.
El costo oculto: de la innovación al desastre ambiental
La historia dio un giro inesperado en 1974 cuando los científicos Mario Molina y F. S. Rowland, en un artículo publicado en Nature, alertaron que los clorofluorocarbonos destruían la capa de ozono, la barrera natural que protege la Tierra de la radiación ultravioleta.
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La investigación condujo a la identificación del agujero sobre la Antártida, con consecuencias severas para la vida en el planeta, según The Guardian. En 1987, el Protocolo de Montreal estableció la eliminación paulatina de los clorofluorocarbonos.
En cuanto a la gasolina con plomo, las restricciones llegaron tarde: en Estados Unidos fue prohibida en 1996 y recién en 2021 terminó de eliminarse a nivel mundial.
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Un final trágico
La vida de Thomas Midgley concluyó de forma tan sorprendente como sus propias invenciones. Al quedar inválido por polio en 1940, ideó un sistema de cuerdas y poleas para trasladarse de la cama a la silla de ruedas.
El 2 de noviembre de 1944, murió estrangulado por ese mismo sistema, según BBC. Si bien oficialmente se lo consideró un accidente, algunos especialistas sugieren que pudo tratarse de un suicidio, impulsado por el peso de la culpa y los efectos del envenenamiento por plomo.
Las creaciones de Midgley fueron celebradas y premiadas por la industria y la ciencia en su tiempo, pero los daños emergieron décadas más tarde de la forma más devastadora: millones de personas afectadas, enfermedades silenciosas y un planeta marcado por la contaminación y el deterioro ambiental.
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