
Durante 67 años, Sylvia Bloom trabajó como secretaria en un bufete de abogados en Nueva York sin llamar la atención. Recién después de su muerte, la ciudad descubrió que había acumulado más de USD 9 millones replicando discretamente las inversiones de los abogados para quienes trabajaba, y que donó la mayor parte de esa fortuna a jóvenes de bajos recursos para financiar sus estudios universitarios.
Bloom, nacida en Brooklyn en 1919, era hija de inmigrantes de Europa del Este y creció en medio de la Gran Depresión. Según BBC, su vida estuvo marcada por la discreción y una administración austera de sus recursos. Durante su juventud asistió a escuelas públicas y, de acuerdo con The New York Times, completó estudios en jornadas nocturnas para poder trabajar durante el día. Desde 1947 fue empleada del entonces pequeño bufete Cleary Gottlieb Steen & Hamilton, que llegó a ser un referente global del derecho, con más de 1.300 abogados en 16 oficinas en todo el mundo.
De acuerdo con testimonios recogidos por la propia fundación beneficiaria, Bloom construyó su patrimonio mediante un método sencillo: imitaba las inversiones de los abogados para los que trabajaba. Cuando su jefe decidía adquirir acciones, encargaba a Bloom contactar a su corredor para comprar una cierta cantidad. En el momento, ella hacía lo mismo con una proporción de su propio dinero. Así replicaba la operación pero en menor escala. Esta táctica, repetida durante décadas, permitió que su modesto salario de secretaria creciera hasta alcanzar una suma inesperada.

Su sobrina Jane Lockshin, quien fue también su albacea, relató a BBC que ni su esposo ni ninguna otra persona en el entorno de Bloom conocían la verdadera magnitud de su fortuna. Lockshin señaló: “Sylvia me pidió que fuera albacea de su testamento. Yo sabía que quería dejar la mayor parte de su patrimonio a obras benéficas y que tenía especial interés en becas para niños necesitados”. Lockshin expresó su sorpresa al conocer el monto exacto: “Empecé a revisar sus cuentas: en una casa de bolsa tenía USD 3 millones, en otra, USD 1 millón... Cuando terminé de reunir todos los activos, sumaban más de USD 9 millones”.
Bloom vivió en un departamento modesto de alquiler en Brooklyn junto a su esposo, Raymond Margolies, bombero jubilado y posteriormente maestro. No tuvo hijos y trabajó hasta poco antes de morir, a los 96 años. Según la fundación Henry Street Settlement, su estilo de vida sencillo y reservado contrastaba con la magnitud del capital que supo reunir, situación que asombró tanto a su familia como a excompañeros del bufete. Paul Hyams, miembro del departamento de Recursos Humanos de la firma donde trabajó Bloom, señaló: “Nunca hablaba de dinero ni se daba la gran vida. No era ostentosa ni buscaba llamar la atención”.
Entre quienes la conocieron, se destacaban sus cualidades personales: ética profesional, honestidad, generosidad, lealtad, modestia y dedicación. “Era una neoyorquina inteligente y astuta”, afirmó Lockshin en distintas entrevistas. Si bien no pudo estudiar derecho, suplió esa frustración mediante la observación y la disciplina. Además, gestionó tanto las finanzas como los asuntos personales de los abogados a quienes asistía durante las décadas de los años 40 y 50.

De acuerdo con David Garza, director ejecutivo de la fundación, la donación de Bloom se convirtió en la más importante de un solo individuo en los más de 125 años de historia del Henry Street Settlement. Con ese dinero se creó el fondo de Becas Bloom-Margolies, en memoria de Bloom, su esposo y su hermana Ruth. El programa apoya a estudiantes desde noveno grado hasta la finalización de sus estudios universitarios, ofreciendo servicios gratuitos de orientación, preparación para el examen SAT, tutorías y visitas a campus. También asegura seguimiento durante toda la formación superior.
Según la fundación, el tamaño de la donación permitió establecer un fondo de dotación, que garantiza la financiación perpetua de las becas exclusivamente con los intereses acumulados. Los recursos restantes, aproximadamente USD 2 millones, se repartieron entre otras instituciones benéficas, tal como especificó Bloom en su testamento.
El carácter reservado de Bloom quedó reflejado en la reacción de su sobrina al descubrir la magnitud de la herencia. Lockshin explicó que Bloom “mantenía sus asuntos para sí misma” y nunca compartía detalles sobre sus finanzas. Sin embargo, sus colegas la definieron como una persona “franca, sin pretensiones, con una mente aguda y capacidad analítica sobresaliente”.
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