La escena es reconocible incluso para quienes jamás vieron la película. Un plano de Nueva York al amanecer. Un bandoneón de cuerdas que se estira con una melodía contenida. Luego, el golpe de batería que parece dar el puntapié inicial a una marcha. Y esa voz: “Start spreading the news... I’m leaving today....”. Frank Sinatra no escribió New York, New York. Tampoco fue el primero en cantarla. Pero cuando la grabó en 1979, algo hizo clic. En su interpretación había una mezcla exacta de nostalgia, ambición y pertenencia. Una declaración de principios que abrazaba la ciudad más filmada, retratada y soñada del mundo, y al mismo tiempo la elevaba a mito. A 27 años de su muerte —el 14 de mayo de 1998—, la canción sigue sonando en estadios, en aeropuertos, en bodas, en funerales, en películas, en taxis, en la cabeza de millones. Sigue siendo, por sobre todo, una bandera sin tela.
La historia de New York, New York comienza en otro tono. Fue compuesta por John Kander y Fred Ebb —el mismo dúo detrás de clásicos como Cabaret— para la película homónima que Martin Scorsese estrenó en 1977. El film, protagonizado por Liza Minnelli y Robert De Niro, fue un intento de Scorsese por homenajear los musicales clásicos, pero con una vuelta moderna y dramática.
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Liza Minnelli fue la primera en interpretarla. Su versión, grabada especialmente para la película, es más teatral, con un comienzo íntimo y un crescendo que responde a los códigos del cine musical. Minnelli le imprimió garra, dramatismo, ese toque Broadway que sabía dominar como nadie. Y sin embargo, aunque poderosa, la canción no despegó de inmediato.
El film tampoco ayudó. New York, New York fue un fracaso comercial y de crítica. Scorsese, que venía del éxito de Taxi Driver, quedó golpeado. Minnelli también. Pero en ese mismo guión —el del fracaso seguido de la reinvención— puede leerse también el futuro del tema.
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Cuando se adueñó de Nueva York
En 1978, Frank Sinatra estaba lejos de ser un artista emergente. Tenía 63 años, más de cuatro décadas de carrera, una voz inconfundible y el aura de leyenda. Pero todavía tenía hambre. Cuando escuchó la canción —según se dice, en una cena en casa de Robert De Niro— algo le llamó la atención. Era pegadiza, pero además contenía una mística que calzaba perfecto con su figura.
Decidió grabarla. Y la transformó. Cambió ligeramente la letra —reemplazó, por ejemplo, la línea “these vagabond shoes, are longing to stray” por “these little town blues, are melting away”— y, sobre todo, la cantó con un swing y una seguridad que la alejaron del musical y la acercaron al manifiesto.
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La versión fue incluida en su álbum Trilogy: Past Present Future, lanzado en 1980, y enseguida se volvió un éxito. Pero más que vender discos, New York, New York comenzó a circular como un símbolo. Pronto se convirtió en la canción oficial de los Yankees —el equipo de béisbol más emblemático de Nueva York—, que la hacen sonar en cada victoria. Fue usada en actos políticos, en publicidades, en homenajes. Se convirtió en el soundtrack no oficial de la ciudad.

Hoboken, la cuna del sueño
Frank Sinatra había nacido el 12 de diciembre de 1915 en Hoboken, New Jersey, en el seno de una familia de inmigrantes italianos. Su padre, Antonino Martino Sinatra, era un boxeador y bombero de origen siciliano; su madre, Natalina Garaventa, era conocida en el barrio como “Dolly”, una mujer fuerte, política, carismática, que impulsó la carrera de su hijo desde temprano. Fueron tiempos humildes. Frank creció en un hogar de clase trabajadora, entre calles portuarias, clubes sociales y el fervor de una comunidad de recién llegados que soñaban con un futuro mejor.
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Su vínculo con la música empezó en la radio. Escuchaba a Bing Crosby, a los crooners de la época, y cantaba sobre discos rayados en el comedor familiar. De adolescente trabajó como cadete, como ayudante en un periódico, y hasta como camarero. Pero siempre volvía a la música. Se armó un micrófono casero con una escoba y comenzó a cantar en bares de Hoboken. A los 20 años, se unió a una orquesta y no paró más. Su gran salto llegó en los años 40, cuando fue contratado por Tommy Dorsey y, desde entonces, su ascenso fue imparable: discos, películas, escándalos, premios.
Nueva York era su horizonte, su escenario y su escuela. Allí grabó sus primeros éxitos, allí actuó en los teatros más importantes, allí formó parte del Rat Pack, el mítico grupo de artistas que incluía a Dean Martin y Sammy Davis Jr. Allí también tejió amistades y enemistades, cultivó amores, y construyó esa figura de ídolo con pies en la calle y voz de terciopelo.
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El hombre que amó demasiado
Pero Sinatra no era solo voz. Era también un personaje. Su vida personal fue un torbellino que alimentó su mito. Se casó cuatro veces: primero con Nancy Barbato, con quien tuvo tres hijos; después con Ava Gardner, la femme fatale por excelencia de Hollywood. Fue un amor tan apasionado como destructivo. Él la adoraba, pero no podía retenerla. Las peleas, los celos y las reconciliaciones marcaron esa etapa, que coincidió con los años más inestables de su carrera.
Después vinieron Mia Farrow, con quien contrajo matrimonio cuando ella tenía apenas 21 años —y él 50—, y finalmente Barbara Marx, su última esposa, una modelo, socialité y showgirl estadounidense, con quien estuvo hasta el final de su vida. Pero entre esas relaciones hubo múltiples romances, rumores, escándalos. Marilyn Monroe, Lauren Bacall, Judy Garland, Angie Dickinson: la lista de mujeres vinculadas a Sinatra es un mapa de la belleza y el drama de su época.
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Era carismático, impredecible, excesivo. Sabía encantar y sabía destruir. Amaba la noche, el whisky, los trajes a medida. Y sin embargo, cuando cantaba, su voz se volvía un lugar seguro. Había en ella una ternura que contrastaba con su temperamento.

La noche que Buenos Aires fue azul
Frank visitó la Argentina una sola vez. Fue en agosto de 1981, con un show histórico en el estadio Luna Park. Tenía 65 años y llegaba en el marco de su gira mundial. Viajaba con 30 músicos y Vincent Falcone al piano. La llegada de Sinatra fue un verdadero acontecimiento: entrevistas exclusivas, móviles en Ezeiza, notas en todos los diarios.
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El show fue el 6 de agosto. El clima no ayudó: llovía con fuerza. Pero nada detuvo a los fans. Algunos llegaron con paraguas, otros enfundados en smokings, como si asistieran a un acto diplomático. El Luna Park estaba colmado.
El público era colorido: políticos, empresarios, artistas, gente que lo había seguido desde los años 40 y jóvenes que lo conocían por My Way y Strangers in the Night. Estaba, por ejemplo, Tita Merello, sentada en una fila lateral. También se vio a Nacha Guevara, a César Mascetti, a Lalo Schifrin, que voló desde Los Ángeles sólo para verlo.
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La crónica de Clarín del día siguiente decía: “Sinatra salió puntual, saludó con la mano derecha en alto y una sonrisa de costado. Estaba de traje oscuro, sobrio, elegante. El público lo recibió de pie. Y entonces comenzó a cantar”. Interpretó casi una veintena de temas. Entre ellos, por supuesto, New York, New York. En ese momento, según recuerdan los presentes, el Luna Park estalló. Algunos se pusieron de pie espontáneamente. Otros coreaban. Las lágrimas y aplausos no cesaban. En el aire, aunque fuera por minutos, Buenos Aires pareció Nueva York.

La última nota
Frank Sinatra murió el 14 de mayo de 1998, a los 82 años, en Los Ángeles, tras años de problemas cardíacos. Su funeral fue televisado y seguido por millones. Lo despidieron con My Way, pero en muchos rincones del mundo sonó New York, New York. Porque esa canción, más allá del autor o del contexto, había quedado sellada a su figura.
En Nueva York, lo lloraron como a un hijo pródigo. En la esquina de la calle 42 con Broadway se hizo un homenaje improvisado. En el Madison Square Garden lo recordaron con luces encendidas. En bares de jazz, esa noche, la canción fue un lamento y un brindis.
Y sigue siéndolo.
Porque 27 años después, New York, New York funciona como una cápsula. Escucharla es una abducción: en segundos, se vislumbra el skyline, el Hudson, la silueta de neón de la gran manzana. Sinatra logró eso. Con una voz, con un fraseo, con ese gesto sutil de apropiarse de una canción y convertirla en bandera.
Liza Minnelli, en entrevistas posteriores, fue generosa. “Frank la hizo suya”, dijo más de una vez. Y tenía razón. Porque New York, New York ya no es de Scorsese, ni de Minnelli, ni siquiera de Kander y Ebb. Es de Sinatra. Y es de todos. Como todo himno verdadero.
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