
Fue el 12 de febrero de 2004, exactamente hace 20 años. Ese día Russell Arons, entonces vicepresidente de Mattel y virtual agente de prensa de la pareja plástica más famosa de la historia, emitió un comunicado que alteró a miles de fanáticas en todo el mundo: después de 43 años de un noviazgo que se suponía perfecto e impoluto –aunque es cierto, algo más extenso que el promedio–, Barbie y Ken se habían separado.
“Ellos sienten que es momento de pasar tiempo de calidad cada uno por su lado”, le anunció Arons a Associated Press. “Como otras parejas famosas, su romance hollywoodense ha llegado a su fin”, dijo el ejecutivo de Mattel, y agregó que la dupla de rubios mantendría su amistad.
De acuerdo con la historia que entonces se encargó de recordar Arons, la muñeca creada en 1959 por Ruth Handler había conocido a Ken apenas dos años después en el set de un comercial para televisión y desde entonces habían sido inseparables. En los hechos, el novio de Barbie llegó a las jugueterías en marzo de 1961 como respuesta a una demanda creciente del público: la muñeca era demasiado independiente, le faltaba un hombre al lado, un hombre que la acompañara y que agregara al “Tú puedes ser lo que quieras ser” del slogan otras posibilidades, como casarse y ser madre. En Forever Barbie: Biografía no autorizada de una muñeca real (1994) MG Lord explica: “Barbie le enseñaba a las chicas lo que se esperaba de una mujer, y una mujer de los cincuenta habría sido un fracaso sin un varón de consorte, incluso aunque ese hombre no fuera demasiado importante en su vida”.

Es que, desde el comienzo, Ken –su nombre completo es Kenneth Sean Carson– fue un accesorio de Barbie. Igual que sus amigas morochas, su hermana menor –Skipper (creada en 1964)–, su caballo –Dancer, creado en 1974–, y sus varias y diversas mascotas, el novio era un personaje secundario en su universo, un complemento con outfits engamados para hacerle juego, “una cartera con piernas”, como lo llama el Señor Cara de Papa en Toy Story. MG Lord lo resume en su libro con maldad y agudeza: “Barbie vino antes que Ken. Toda la idea de la mujer como una tentación, o de la mujer subordinada al hombre está ausente en la cosmología de Barbie. Ken es un mosquito, una mosca, un esclavo de Barbie”. Como dijo recientemente a Vogue la directora de la versión cinematográfica de Barbie, Greta Gerwig: “Es un mito de la creación opuesto al del Génesis”. Si su minúscula cintura hubiera tenido lugar para contener alguna costilla, sin duda Ken habría nacido a partir de ella.
Claro que si las medidas de Barbie representaron desde el comienzo estándares inalcanzables –a escala mediría 1,75 m, con 91 cm de busto, 46 cm de cintura y 84 cm de caderas–, Ken también sería un muchacho hegemónico: con 31 cm de alto, le sacaba un centímetro y medio a su nueva pareja. Al principio, Handler y la diseñadora Charlotte Johnson buscaron darle otros diferenciales a Ken para marcar su virilidad. Las dos querían que, a diferencia de Barbie, él sí tuviera genitales – “Si no era un pene, al menos un bulto que se notara bajo sus pantalones”–, pero los ejecutivos de Mattel eran muy pacatos y no lograron convencerlos.

¿Habrá sido ese el motivo de la crisis que entonces parecía terminal en la pareja? Cuarenta y tres años de amor platónico probablemente fueron demasiado para ellos. Sobre todo teniendo en cuenta otro dato raro: Barbie fue bautizada así en honor a la hija de Ruth Handler y Ken era el nombre de su hijo menor, por lo que, creados ambos por la misma madre, los muñecos eran (como) hermanos. Los motivos oficiales de la ruptura que dejó trascender Arons tenían que ver con la negativa de Ken a llevar la relación a otro nivel, algo que poco tenía que ver con la idea de la chica liberada que dominaba la pareja. Lo que dijo, exactamente, fue que Ken no le había dado a Barbie el anillo que tanto esperaba. Me permito pensar que tal vez, como en la película de Gerwig, eso tuvo que ver con una estrategia publicitaria ideada por ejecutivos varones.
Como sea, con el anuncio de la separación, pronto llegaría también la confirmación de que la muñeca ya tenía reemplazante para su toy-boy: un surfer australiano y también plástico que fue presentado como Blaine. Al público, que se había acostumbrado a la dupla de Barbie y Ken más que a cualquier otra pareja de Hollywood, no le gustó el cambio. Y eso hizo que sólo dos años después, en 2006, Mattel difundiera que Ken estaba intentando reconquistar a su ex.

“Ken ha resignificado su vida, su mente, su cuerpo, su alma –dijo entonces el estilista y consultor de la compañía Phillip Bloch–. Todos saben lo difícil que es cambiar, especialmente cuando viviste por más de cuatro décadas de la misma manera”. El nuevo Ken quería ser más sexy para estar a la altura de su antigua compañera. Tuvieron que pasar otros siete años para que Mattel anunciara que la pareja se había reencontrado en el set de Toy Story 3. Fue el día de San Valentín de 2011 y las razones de su regreso también fueron rápidamente comunicadas a la prensa: “Ellos se extrañaban demasiado”, dijo la vicepresidenta de la empresa, Lisa McKnight. Era el 50º aniversario de su primera cita y ya no habría vuelta atrás: “Los dos se dieron cuenta de que estaban hechos el uno para el otro”. O bueno, el uno estaba hecho para satisfacer las necesidades de la otra y no tenía ningún sentido sin ella, que es una forma interesante del amor en Barbieland.
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