
Willem Donker, un pequeño pero respetado editor holandés, recibió en su oficina a Richard Klinkhamer (54) para hablar de lo que podría ser su nuevo libro. El autor del género policial ya tenía dos títulos publicados e iba con un manuscrito reciente. Se lo dejó. El profesional se dispuso a leerlo y lo primero que sintió fue una gran curiosidad. La mujer de Klinkhamer, Hannelore (43), había desaparecido misteriosamente doce meses antes y la temática abordaba las siete maneras en que el protagonista del escrito podría haber asesinado a su esposa para luego hacer desaparecer el cuerpo. El título en sí mismo era escalofriante: Miércoles, día de albóndigas (o, según otra traducción, Miércoles, día de carne picada).
El texto le pareció malo y demasiado macabro para ser publicado. Pero lo cierto es que la lectura despertó las peores sospechas de Donker: la imaginación del escritor ¿podría tener correlato con la realidad?
Decidió rechazarlo. Era enero de 1992.
Escenas violentas
Richard Klinkhamer nació el 15 de marzo de 1937 en Ermelo, Países Bajos (antes conocido como Holanda) y no tuvo una infancia para nada normal. Hijo de un carnicero, cuando solo tenía cinco años, presenció la violación de su tía y el asesinato de su tío. El impacto de ese hecho fue tal que de adulto se dedicó a escribir sobre crímenes.
Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, Klinkhamer y su madre vivían en Austria. En esos años violentos vivió más aberraciones. Su madre fue violada por un soldado nazi y, luego, habría tenido un romance con un oficial de las SS alemanas. Para subsistir, una vez terminada la guerra, ella terminó trabajando como prostituta mientras el menor, desamparado, entraba y salía de distintos hogares oficiales. Por su cercanía a las fuerzas de la ocupación alemanas, al volver a Países Bajos, la madre fue castigada en público frente a su hijo: sus compatriotas le raparon la cabeza. Era el castigo habitual para las mujeres que habían tenido algo que ver con el enemigo.
Cuando cumplió los 19 años, Klinkhamer se alistó en la Legión Extranjera francesa. Fue uno de los tantos inadaptados que se ofrecieron como voluntarios. Pasado un tiempo, Richard Klinkhamer, comenzó a escribir. No sería un gran autor, aunque sí uno que querría hacer de su arte algo empírico. Pero no nos adelantemos en el tiempo.
Klinkhamer se casó (no hay más datos de ese matrimonio) y tiempo después se divorció. Se volvió alcohólico y terminó viviendo en Ámsterdam, donde conoció a quien sería su segunda esposa: Hannelore Larentia Godfrinon.
“Hanny”, así la llamaban sus amigos, había nacido en 1948 y tenía 30 años, una década menos que él. La joven se enamoró perdidamente de Klinkhamer, quien tenía 41 años. Ambos poseían mucho en común: habían presenciado en vivo y en directo, durante sus respectivas infancias, actos de una violencia extrema.

El repetido círculo del mal
Paradojas del destino, la historia de la madre de Hannelore, María, se repetiría con ella.
Con solo 9 años, Hannelore fue testigo del asesinato de su madre en manos de su padre. Ocurrió el 15 de julio de 1957 cuando María, de 46 años, fue empujada por las escaleras por su marido, luego de haber sido golpeada hasta la muerte con un martillo.
Su cuerpo quedó tendido a la vista de su hija.
Muchos años después de esa traumática experiencia, Hannelore, quien trabajaba como enfermera de niños en un hospital, llamó a su amiga Marieke para decirle que había conocido a un hombre muy especial y simpático llamado Richard Klinkhamer. Era divorciado, mayor que ella y se divertían mucho. Hannelore estaba enloquecida con él: quería casarse y comenzar una nueva vida juntos en un poblado tranquilo. Congeniaron.
Las malditas fichas de su destino estaban jugadas.
“Se obsesionó con él”, dijo Harry Wieters, un amigo de Hannelore quien, en 1978, fue testigo de la boda. Los recién casados se mudaron a la pequeña población de Ganzedijk, en el noreste de Países Bajos.
Los dos tenían buenos trabajos: ella continuó con sus labores como enfermera pediátrica y él se dedicó a escribir. Tenían amigos, salían y parecían una pareja normal y corriente.
Las cosas descarrilaron unos años después, cuando Klinkhamer perdió los ahorros de ambos con malos negocios e inversiones poco afortunadas. Comenzó a beber cada vez más y discutían demasiado. Cuando tomaba, Klinkhamer se volvía violento y se desquitaba pegándole. En numerosas ocasiones, Hannelore tuvo que recurrir a dormir en casa de sus amigos quienes observaban, preocupados, sus evidentes hematomas.
Cuando a principios de febrero de 1991, repentinamente, Hannelore desapareció, fueron estos mismos amigos los primeros en sospechar del marido.
Klinkhamer se tomó seis días antes de ir a denunciar a la policía que su mujer no había vuelto. Sostuvo que él la había buscado y había encontrado tirada su bicicleta roja en una estación de trenes cercana a su casa.
Los amigos de Hannelore pusieron el grito en el cielo: “Él simplemente no la buscaba”, explicó enojada Janny Berkhemer quien trabajaba con Hannelore en el mismo hospital.

El asesino “perfecto”
La policía escuchó los relatos de los conocidos de la mujer ausente y detuvieron a Klinkhamer. Lo alojaron en una celda, pero él negó repetidamente, en los interrogatorios, haberla matado.
Los detectives de homicidios revisaron minuciosamente la casa y no hallaron ninguna evidencia que sugiriera un crimen. Llevaron perros especializados en detectar el olor de los cadáveres y, con aviones F-16 de la fuerza aérea holandesa equipados con escáneres infrarrojos, sobrevolaron la zona para intentar descubrir variaciones en el terreno. No vieron nada. Al escritor le confiscaron una colección de cuchillos de carnicero y una máquina industrial trituradora de carne. No había rastros de Hannelore. Ante la ausencia de pruebas incriminatorias, debieron soltarlo. No tenían nada con qué acusarlo.
Harry Wieters sostuvo que “la policía no fue muy profesional, él era mucho más inteligente que ellos”. El editor Donker opinó igual y describió a los investigadores como “incompetentes”. Peter Boomsma, el vocero policial de las fuerzas de Groningen, se defendió: “No pudimos encontrar nada de nada y, por lo tanto, no podíamos acusar a Klinkhamer.” Además, había vecinos que hablaban muy bien del sospechoso. Uno de ellos, Coos Molenaar, quien vivía enfrente, se despachó diciendo que “Richard Klinkhamer era un hombre excéntrico, pero un hombre esencialmente bueno. Muchas veces bebíamos juntos. Él amaba a su mujer y escribir libros y hacía grandes esculturas en su jardín”.
Una vez liberado, Richard Klinkhamer siguió con su vida solitaria. Volvió a su casa donde escribía, creaba esculturas con osamentas de animales y bebía cerveza sin tregua. Por un tiempo, el autor de historias criminales, jugó el papel de marido abandonado y dolido. Incluso, llegó a ofrecer una pequeña recompensa a quien pudiera dar alguna pista sobre Hannelore, quien era “absolutamente el amor de mi vida”.

Un manuscrito comprometedor
Klinkhamer ya era medianamente conocido como escritor por sus dos libros: Obediente como un perro (donde él contaba que lo primero que le habían enseñado en la Legión extranjera era cómo matar a alguien y, lo segundo, como disponer de un cuerpo apropiadamente) y Hotel Rojo (una colección de cuentos cortos). Transcurridos doce meses de la desaparición de su esposa a Klinkhamer se le ocurrió convertir ese hecho en una experiencia literaria. Sin explicitarlo, estaba incursionando en el género de lo que hoy llamaríamos true crime. Se contactó con su editor Willem Donker y le llevó aquel manuscrito que ya mencionamos. Era una novela en la que se explayaba explicando las siete formas en las que el personaje podría haber asesinado a su mujer para luego deshacerse de su cuerpo. Miércoles, día de albóndigas constituía un horripilante compilado de posibilidades donde, según él mismo le dijo a su editor, “el lector debería sacar sus propias conclusiones”. Uno de los métodos más sangrientos era el que sostenía que había destruido el cuerpo de la mujer empujándolo con fuerza a través de una picadora de carne industrial para luego dar sus restos desmenuzados a las gaviotas.
El libro era tan escabroso que Donker se descompuso. Y, por supuesto, comenzó a intuir que el escritor podía ser un criminal. Le preguntó, directamente, si él la había asesinado. Recibió una vaga respuesta de Klinkhamer: “No es tiempo de hablar de eso todavía”.
Donker quedó shockeado. Le aconsejó convertir en novela una parte de la historia que tenía que ver con el arte. De ahí, 1993, surgió el tercer libro del autor que se llamó Rescate. Se trataba de un hombre que decía haber robado unas pinturas de la galería Rembrandthuis de Ámsterdam, pero que en realidad las había escondido en el mismo edificio. Vendió unas dos mil copias, nada mal para el mercado holandés de entonces. Pero lo cierto es que la propuesta inicial del libro sobre el truculento crimen trascendió y llegó a la prensa local. Párrafos del manuscrito comenzaron a circular de manera clandestina. Los rumores corrían a todo vapor. En 1994 lo invitaron a un programa de chimentos de la televisión llamado Pájaros del Paraíso. Cuando el conductor del show le preguntó si había asesinado o no a su mujer, él respondió añadiendo más misterio al asunto: “Todo puede ser… Los lugareños dicen que la corté en pedazos o que la tiré en un estanque”.
Klinkhamer para su deleite se había convertido en una especie de celebridad literaria. Estaba fascinado con la repercusión e, incluso, atizaba los chismes con frases como: “Todos pueden matar, de repente, a alguien en algún lugar”. Tan divertido estaba, y seguro de su impunidad, que hasta cavó un pozo en su jardín y le preguntó a sus vecinos si creían que era lo suficientemente grande para poner allí un cuerpo.

Mudanza clave
Seis años después de que Hannelore se evaporara en el aire, Klinkhamer decidió dejar el pueblo definitivamente. Para poder vender la casa, tuvo primero que contratar a un abogado. Como la propiedad estaba a nombre de ella, para proceder a la venta había que declarar muerta a Hannelore. Lo logró y, enseguida, comenzó a cobrar la pensión de viudez.
Con todo arreglado, se mudó a Ámsterdam. Corría el año 1997 cuando se instaló en el barrio Bijlmermeer con una nueva novia. Se movían por el distrito del arte y la literatura y él disfrutaba de su posición como figura de culto entre los escritores mediocres del género negro. En Ámsterdam, John Schoor, un periodista de De Volksrant lo describió como un ser escalofriante que trabajaba con el miedo de la gente y que hacía demasiados chistes sobre la muerte.
Mientras tanto, en el pueblo donde había vivido, los compradores de su casa resolvieron irse y vendieron la propiedad a una joven pareja con chicos. Este matrimonio decidió remodelarla. Empezaron por el jardín que tenía unos 200 metros cuadrados. Lo veían abandonado y querían tirar abajo el viejo cobertizo para ganar espacio. Contrataron albañiles y jardineros.
Fue en esa instancia de demoler el pequeño galpón que los obreros se toparon con algo enterrado bajo el piso de concreto. Era como una pieza de barro... La rompieron y dentro encontraron un cráneo humano y huesos. El espanto fue comunicado por los dueños a la policía. Se mandaron esos restos a los peritos forenses oficiales quienes sometieron el cráneo a estudios. El resultado era el esperado por todos: la dentadura pertenecía a Hannelore Larentia Godfrinon de Klinkhamer.
Con la confirmación las autoridades procedieron: pidieron el arresto del escritor. Esa misma tarde del jueves 3 de febrero del año 2000, Richard Klinkhamer (62), fue detenido en Ámsterdam.
Los conocidos de Hannelore y sus compañeros del Hospital Winschoten fueron hasta la vivienda a dejar flores en su memoria y decenas de curiosos se acercaron al lugar. La dueña del viejo escenario del crimen, esa casa de dos pisos de madera pintada de verde, estaba furiosa: “¡No hemos tenido más que problemas con esta vivienda! El jardín está lleno de enormes pozos y la gente, encima, quiere entrar a mirar…¡Si quieren hacerlo que paguen!”.

Confesión de un escritor
Al día siguiente, viernes 4 de febrero del año 2000, el escritor confesó. Según el propio detenido los hechos acaecieron de la siguiente manera. El 31 de enero de 1991 la pareja discutió violentamente en su casa rural. Él terminó por asesinarla a golpes con una herramienta, probablemente una llave inglesa. Luego, al ver que no respiraba, decidió cavar un foso dentro del cobertizo de una profundidad de un metro sesenta. La enterró bajo un manto de piedras y ladrillos. Luego, volcó el concreto. Listo, todo bajo tierra. Para disimular el olor a carne podrida, Klinkhamer aseguró haber utilizado la técnica del compostaje. Lo de la picadora de carne mencionada en el texto quedó sin aclarar. Quizá solo fue producto de su imaginación para aquel manuscrito desagradable.
Hannelore había compartido el mismo destino que su madre, pero había vivido tres años menos.
Mientras esperaba ser sometido a juicio en su celda de Utrecht, Richard Klinkhamer le dijo a la revista People que esa noche en que había matado a su mujer habían peleado ferozmente: “De ese momento, no recuerdo mucho. Ella golpeó mi mano, nos trenzamos en una lucha y caímos al piso y rodamos hacia la puerta trasera. Ahí es donde pasó. Ella me insultaba y gritaba… nunca dejó de gritar. Eso todavía me persigue”.
Ese mismo año el escritor fue sentenciado a siete años de prisión por homicidio involuntario y por haber escondido el cuerpo de su mujer. Su novia de entonces lo defendió y dijo que esta sentencia, si bien había impactado a muchos, “todos sus amigos de Ámsterdam saben cómo es él, esto no cambia nada”. Aunque reconoció que su padre le había dicho “con todo lo que ha pasado tenés que estar feliz con que no te haya asesinado a vos”.
Una vez dentro de prisión, al convicto le llegaron ofertas literarias, pedidos de entrevistas y hasta propuestas de libros. Así de morbosas fueron las cosas. Se supo que antes de una sesión de fotos, para una de las entrevistas que otorgó, él ensayó durante días frente al espejo para parecer lo más siniestro posible. Incluso se sacó la dentadura postiza, dijo, para “resaltar más los huesos del cráneo”.
Pero a pesar de su crimen, Klinkhamer no estuvo durante mucho tiempo preso: fue liberado tres años después por buena conducta.
En 2003, la fotógrafa Laura Cnossen de 24 años, le propuso hacer un libro con fotos suyas. El ermitaño Klinkhamer accedió y, durante un año y medio, ella lo visitó regularmente en el bello y fashionista barrio de Jordaan, sobre los canales de Ámsterdam. Cnossen contó que la casa estaba llena de recortes de periódicos y que tenía luces navideñas colgando de las paredes. Dijo que él tomaba cerveza y ella jugo de naranja mientras Klinkhamer leía historias durante tres o cuatro horas seguidas. Cnossen siempre estuvo convencida de que el asesinato fue producto de una discusión y aseguró que jamás, en sus visitas, sintió miedo. Su libro fotográfico fue publicado después de la muerte de Klinkhamer con el título Love, Klink.
En noviembre de 2015, Klinkhamer tuvo neumonía. Su cuerpo estaba a la miseria y él ya tenía pocas ganas de seguir viviendo. El martes 19 de enero de 2016 el asesino se suicidó. Su arma fue hallada al lado de su cama. Tenía 78 años.
Si no se hubiese mudado y no hubiese insistido en ser reconocido por su escritura, Klinkhamer podría haber sido un “perfecto asesino”. Su elección de morir parece haber tenido que ver más con su fallida experimentación literaria y con sus delirios narcisistas que con cualquier otra cosa. Porque haberle quitado la vida a quien decía amar parece que jamás le provocó ese sentimiento que los seres humanos corrientes solemos llamar culpa.
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