Chisako Kakehi, una mujer menuda de 71 años y varias veces viuda, miró desafiante, con una semisonrisa dibujada en la boca, a los jueces del Tribunal del Distrito de Kioto. Contra el consejo de sus abogados, quiso decir unas palabras antes de escuchar la sentencia. Después de todo, era su derecho. Al hablar, su voz sonó cargada de desprecio.
-No tengo intención alguna de esconder la culpa. Hoy me reiré y mañana moriré si me condenan a muerte – dijo.
Corría junio de 2017 y la sala estaba colmada de público. Los japoneses habían seguido el desarrollo del caso de “la viuda negra de Kioto” como la bautizaron los medios nipones. Parecía un folletín por entregas. Y Chisako no defraudaba: en cada audiencia aparecían más detalles escabrosos. Estaba acusada de haber matado a tres hombres – dos de ellos, sus maridos – y del intento de asesinato de otro. Se sospechaba, aunque la fiscalía había desistido de acusarla, que había matado a por lo menos tres más.
Chisako mataba por dinero. Se calculaba que con esas muertes había recaudado alrededor de 500 millones de yenes, algo así como 4 millones de dólares. Y pensaba seguir, porque cuando la detuvieron tenía todo listo para cobrarse una víctima más.
A todas las había envenenado con cianuro porque, dijo en uno de los interrogatorios, odiaba la violencia.
Una muerte sospechosa
Chisako Kakehi fue detenida en noviembre de 2014, acusada de asesinar a su último marido, Isao Kakehi el año anterior, cuando llevaba unas pocas semanas de casada. El hombre, que gozaba de buena salud pese a tener 78 años, había muerto repentinamente en la casa que compartían.
La mujer aseguró que sólo demoró unos minutos en llamar a la ambulancia, lo que llamó la atención de los paramédicos porque el cadáver tenía una temperatura que no coincidía: parecía haber muerto un par de horas antes.
Eso y que Chisako llevaba enterrados varios maridos despertó sospechas. Aunque se firmó un certificado de defunción por “paro cardio respiratorio”, la justicia decidió ordenar hacer la autopsia – una medida que no es muy común en Japón, salvo que se presuma un asesinato – y los forenses encontraron restos de cianuro en los tejidos de Isao.
La policía detuvo a la mujer y en una de las medidas procesales, el allanamiento de la casa donde vivía el matrimonio, los investigadores encontraron dos pruebas concluyentes: en el fondo de un armario había un frasco con cápsulas vacías similares a las de un medicamento que el hombre tomaba diariamente y enterrada en una maceta hallaron una bolsa plástica con restos de un polvo que, según el análisis de laboratorio, resultaron ser de cianuro.
Abrumada por las pruebas, Chisako confesó.
Las víctimas del pasado

Esa primera confesión hizo que la fiscalía decidiera ir hacia atrás y revisar las causas de las muertes de las parejas anteriores de la mujer. Se exhumaron los cadáveres y en todos se encontraron restos de cianuro. Chisako Kakehi venía asesinando de la misma manera desde 2007.
Ese año mató a otro de sus maridos, Masahori Honda, de 71 años, y en 2012 repitió el procedimiento con un concubino, Minoru Hioki, de 75. Antes del primer crimen había perpetrado un intento fallido con un conocido al que le debía dinero, Toshiako Suehiro, de 79 años, pero el hombre logró sobrevivir, aunque quedó incapacitado. Esa vez nadie sospechó nada porque Toshiako estaba muy enfermo y se pensó que se trataba de un agravamiento lógico de su dolencia. Murió un año después.
Confrontada con la evidencia, Chisako volvió a confesar.
En cambio, se puso firme cuando la interrogaron sobre la muerte de su primer marido, con quien se había casado en 1969, cuando tenía 24 años, y con quien vivió un cuarto de siglo, hasta que el hombre murió en 1994.
-No lo maté. A él lo quería – se plantó la mujer frente a los interrogadores.
El intento fallido
Los 12 años que siguieron a la muerte por causas naturales de su primer marido, Chisako Kakehi fue quedándose sin dinero. Tenía una renta, pero gastaba mucho más allá de sus posibilidades. Para principios de 2007 no sólo estaba sin dinero, también acumulaba deudas que sabía que nunca podría pagar.
Su mayor acreedor era un amigo de su malogrado marido, un hombre mayor llamado Toshiako Suehiro a quien le debía el equivalente a 80.000 dólares.
Chasako lo visitó en su casa, para almorzar juntos. Como sabía que Suhehiro tomaba suplementos vitamínicos en cápsulas, llevó preparada una similar a la de su medicamento pero rellenada con cianuro y se la dio después de comer. Para no despertar sospechas, le propuso dar una pequeña caminata: quería que cayera en la calle, para no despertar sospechas. Lo logró, pero la ambulancia llegó muy rápido y lo reanimó cuando estaba “a punto de dejar de respirar”, según dice el informe judicial.
Suhehiro sobrevivió, pero quedó incapacitado para siempre. Nadie sabía de la deuda que Chisako tenía con él, que ya no estaba en condiciones de reclamarla. Aunque el asesinato había fallado, igual la mujer se salió con la suya.
Había tenido además la prudencia de identificarse con un seudónimo cuando acompañó a la víctima en la ambulancia que lo llevó al hospital. Dijo que su apellido era “Hiraoka”. Si descubrían el cianuro, no podría dar con ella.
Maridos muertos
Chisako se sacó una deuda de encima, pero seguía tan pobre como antes. Animada por su éxito parcial, ideó un “plan salvador”, que la haría millonaria.
A principios de 2007 creó un usuario en una página de citas por Internet. Era toda una declaración de lo que buscaba: pretendía un marido rico, con una renta anual no menor a diez millones de yenes (unos 80.000 dólares), dispuesta a entablar una relación duradera y casarse con ella.
De esta manera, en los años siguientes conoció a varios hombres. Cuando investigó el pasado de Chisako, la fiscalía de Kioto sospechó que con este método se había cobrado más de una víctima, pero no pudieron relacionarla con ellas. No había registro ni testigos de que esos hombres que habían muerto en extrañas circunstancias hubieran tenido relación con ella.
Los investigadores sólo pudieron comprobar los casos de Masahori Honda y de Minoru Hioki.
Masanori Honda tenía 71 años y una diabetes leve cuando conoció a Chisako a través de la página de citas. Fuera de eso, su estado físico era muy bueno, al punto que aún a su edad iba de aquí para allá en su moto. Después de dos o tres salidas, el hombre le dijo a su familia que había conocido a una mujer fabulosa y que se casaría con ella.
Se fueron a vivir juntos y parecían un matrimonio feliz. Fue una desgracia que el 9 de marzo de 2012 Masanori se desmayara poco después del almuerzo, cuando iba en su moto, y se estrellara. Nadie dudó que hubiera muerto a causa del accidente.
Tampoco nadie supo entonces que desde hacía un par de meses, Chisako venía contactando a otros hombres por Internet. Mientras planeaba el asesinato ya estaba buscando reemplazante. No era cuestión de perder el tiempo.
Así se relacionó con Minoru Hioki, un hombre de 75 años que estaba recuperándose bien de una operación de cáncer. Los correos electrónicos que intercambiaba con ella, lo muestran enamorado. En uno de ellos le proponía “permanecer juntos para siempre”.
Murió también después de almorzar con Chisako. Su familia no sospechó nada, atribuyeron su muerte al cáncer.
En ese momento la “viuda negra” de la que nadie sospechaba había encontrado una nueva víctima, Isao Kakehi.
Condenada a muerte
Durante el proceso judicial, el diario japonés NHK resumió así el modus operandi de la viuda negra: “Usaba una página de citas para familiarizarse con las víctimas, una tras otra, y las envenenó después de hacer que confiaran en ella”.
Ya fuera por la vía del casamiento legal o de un testamento, Chisako Kakehi se iba quedando con el dinero y las propiedades de sus víctimas. La fortuna de alrededor de 4 millones de dólares que tenía acumulada cuando mató a Isao, no saciaba sus ambiciones. Para entonces ya había elegido a un nuevo candidato para continuar con su cadena de muertes rentables.
Durante el juicio, los fiscales definieron los asesinatos de Kakehi como “atroces y raramente vistos”, y sostuvieron que la viuda negra estaba en plenas facultades para responder por sus crímenes. Los intentos de la defensa para que se la declarara inimputable por demencia fueron rechazados por el tribunal.
En junio de 2017, después de escuchar de boca de la viuda negra la desafiante frase que encabeza esta nota, el Tribunal del distrito de Kioto, la condenó a muerte.
“Cometió crímenes similares cuatro veces en unos seis años, ignorando flagrantemente vidas humanas. Fueron crímenes despiadados basados en una fuerte intención asesina planificada”, dijeron los jueces en los fundamentos de su fallo.
Basándose nuevamente en la declaración final de Chisako ante el tribunal, su defensa apeló la condena a muerte y pidió que se la internara en un instituto psiquiátrico.
No tuvo éxito: en noviembre de 2021, el Tribunal Supremo de Japón confirmó la pena. La fecha de la ejecución todavía no ha sido fijada.
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