
En septiembre de 2001, Sharon Stone se debatía entre la vida y la muerte en la terapia intensiva de una clínica californiana después de un derrame cerebral. A los 43 años, mientras los médicos hacían lo imposible por salvarla, ella se sentía caer, casi como si estuviera fuera de su cuerpo, el mismo cuerpo con que se había convertido en la actriz más sensual de Hollywood.
Había perdido el 18% de masa muscular y yacía en su cama, incapaz de moverse, cuando vio una luz muy intensa: “Quería ser parte, conocerla, era algo muy místico”. La protagonista de Casino (1995) y Bajos Instintos (1992) dice haber sido visitada entonces por su abuela muerta, que le dijo: “No sabemos realmente lo que te pasa. Pero hagas lo que hagas, no muevas el cuello”. Fue cuando los doctores descubrieron la rotura de su arteria vertebral derecha, que le provocó un sangrado cerebral y espinal por nueve días. Con el 1% de posibilidades de recuperarse, siente que tomó “la decisión de sobrevivir”.
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Ese momento en que, como pudo “volver a hablar y respirar” por sí misma “eligió hacerlo de modo diferente”, es el que Stone toma como punto de partida para comenzar a narrar sus memorias, a las que tituló precisamente The Beauty of Living Twice (La belleza de vivir dos veces). En el libro que acaba de publicar y que ya fue elogiado por su ironía y honestidad, habla de esas dos vidas: de su educación, su familia y su juventud en la humilde Meadville, Pensilvania, en donde creció. De cómo llegó a ser una de las actrices más reconocidas del mundo en la era pre #MeToo y las situaciones de acoso sexual, exigencias sobre su físico y discriminación salarial que tuvo que enfrentar. Y también, de cómo tuvo que reconstruirse después del derrame que le costó no solo su salud, sino su carrera, su familia, su fortuna y su fama. De cómo tuvo el poder de volver, en una industria “que no acepta las fallas”.
Su historia es la de una redención, pero su mayor singularidad, como ella misma explicó en una video entrevista en febrero, es que no pretende ser única: “Creo que la clave de mi libro es que cuenta una vida bastante normal. Yo no creo que mi vida sea excepcional, excepto porque terminé siendo una estrella de cine. Este libro podría haber sido escrito por mucha otra gente que creció en un pueblo.”
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Si cuando tuvo que aprender a respirar de nuevo hace veinte años se prometió hacerlo de manera diferente, entre sus recuerdos también está el del día en que respiró tranquila por primera vez, a los 14 años, en el funeral de su abuelo materno. Solo cuando estuvo muerto, la invadió la paz de saber que nunca más podría abusar de ella ni de su hermana Kelly. Golpeó el cajón dos veces para asegurarse de que el hombre que la forzaba a verlo “robarle la inocencia” a su hermanita de cinco años con su abuela como testigo y cómplice realmente se hubiera ido.
En una entrevista que dio a The New York Times, la actriz contó que tomó la decisión de contar esta parte de su historia junto a su hermana: “Hablamos con mi madre y al principio fue muy estoica y me escribió una carta diciéndome lo desconcertada que estaba. Horrorizada y diciendo que no quería hablar del tema. Después mi hermana la confrontó, y cuando terminé el libro, se lo leí durante tres días. Estuve enferma y en cama, y ella en cama conmigo, y la grabé durante la hora y media en que habló cuando terminé de leérselo. Entonces reescribí gran parte del libro y se lo dediqué”.
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Stone dice que canalizó la ira que sentía contra su abuelo al encarnar a la asesina serial Catherine Tramell en Bajos Instintos: “Era aterrador ver esa sombra interior y liberarla en una película para que la viera el mundo. Pero todavía más lo era asumir que yo todavía tenía esa oscuridad dentro de mí”.
También cuenta las experiencias de acoso y violencia machista que atravesó en su carrera, empezando por la célebre escena del cruce de piernas en Bajos Instintos, la película que la transformó definitivamente en sinónimo de erotismo y misterio. Hasta entonces, su agente le decía incluso que su problema era que “no era sexy”. Según narra la actriz, el director Paul Verhoeven la engañó para que se quitara la bombacha en la mítica toma del interrogatorio, asegurándole que no se vería nada y que era para evitar efectos raros de luz al grabar. Stone recién supo que no era cierto el día de la función privada para ver el corte final. Furiosa, le dio una cachetada a Verhoeven. Aunque en el libro reconoce que “ha habido muchas versiones sobre ese asunto”, sostiene que la suya tiene más valor “porque es la de la vagina en cuestión”. Si decidió dejar la escena, escribe, es porque “era correcto para la película y para el personaje, y porque, después de todo, yo lo había hecho”.
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Le había costado ocho meses lograr que la probaran en el casting, porque Michael Douglas ni siquiera quería que la vieran: “Yo no era nadie al lado de él, y era una película muy riesgosa”. En el libro revela que uno de los productores la llamó “Karen” durante todo el rodaje y no dejó de reiterarle que era su opción número 13 para el papel. “Filmar esa película me ayudó en lo personal a ser menos débil y a estar menos disponible para que me comieran cruda”, escribe.

Un director al que describe como un “candidato al #MeToo” le dijo que no la dirigiría si no se sentaba en su falda. “Era un estudio multimillonario y yo era la estrella, pero el estudio no dijo ni hizo nada”, escribe. Aunque fuera una superestrella, enfatiza, “no tenía voz”, porque era una mujer en la industria: “Así era en mi tiempo. Un director abusivo tenía más poder que yo”. También denuncia cómo un productor, al que tampoco nombra, la presionó para que tuviera sexo real con un actor para conseguir más química ante las cámaras. “Podrían haber contratado a un co-protagonista con talento, alguien que pudiera hacer la escena y recordar el guión. O podrían haberse acostado ellos con él y dejarme afuera”, escribe. Todo el tiempo, recuerda, era objeto de críticas. Le decían que “intimidaba a los hombres”, mientras “solía estar sola en un set con cientos de varones”. Y agrega: “¿Se imaginan lo que es ser la única mujer en un set –la única mujer desnuda– y que te digan que sos la que los intimida?”
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Otra revelación escandalosa –y que ya dio que hablar– es cuando cuenta su paso por el quirófano, en 2001, para que le extirparan una serie de tumores mamarios benignos. Stone relata que, al despertar de la operación, se encontró con que tenía los “pechos más grandes” que antes. Su nuevo aspecto físico se debía a que el cirujano que la había intervenido había tomado la decisión de ponerle implantes sin consultárselo previamente. “Cuando me quitaron la venda, descubrí que tenía unos pechos más grandes que antes, que según el médico pegaban más con el tamaño de mis caderas. Había cambiado mi cuerpo sin mi conocimiento ni mi consentimiento... Pensó que me vería mejor con unos pechos más grandes y ‘mejores’”, contó la actriz.
Sobre Robert De Niro y Martin Scorsese solo tiene palabras de agradecimiento. Stone escribe que le dijo a su coach actoral Roy London que su objetivo cuando Scorsese la llamó para hacer de Ginger en Casino era “ser lo suficientemente buena como para sentarme frente a De Niro”. La actriz describe al director como el más grande de su vida, que trabajó con ella con una profundidad y una gracia únicas, y a De Niro como “un maestro, el maestro”: “Me enseñó con el ejemplo de su increíble trabajo más ética que ningún actor que haya conocido en mis 40 años en el negocio”. Por su memorable papel en Casino, Stone fue nominada al Oscar como Mejor Actriz.
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También tiene recuerdos afectuosos para con John Travolta, con quien bailó sobre el escenario de los premios de la Academia tras recuperarse de su derrame cerebral, en 2002. “Fui al ensayo de los Oscars y trataba de encajar. Todos estaban ocupados siendo fabulosos, y yo estaba ocupada poniéndome de pie”. Cuenta entonces que le pidió a Travolta que bailara con ella como “una manera de ponerme una meta más importante”. Y escribe: “Apenas unas semanas antes estaba luchando para caminar. Ahora estaba bailando”.
La actriz, que a los 63 años sigue interpretando papeles de mujeres sensuales y misteriosas, como lo hizo recientemente en la serie Ratched, de Ryan Murphy, dice estar consciente del riesgo de que la gente vaya a conocer aspectos muy personales de su vida, pero prefiere ser ella quien la cuente y no que otros lo hagan en su lugar: “Toda mi vida como adulta he visto a gente que ha inventado mi vida por mí. Aunque he tenido bastantes problemas de estómago mientras esperaba que llegara este libro, no quiero ponerme a la defensiva. Quiero estar abierta y presente porque ese es el propósito de mi viaje”.
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En su entrevista con The New York Times, asegura que ya no quiere hacer castings, sino trabajar con directores que la elijan: “‘No me interesa que me digan por qué no puedo trabajar. Creo que 40 años de demasiado alta, demasiado baja, demasiado gorda, demasiado flaca, demasiado rubia, demasiado castaña, demasiado joven, demasiado vieja, demasiado esto, demasiado lo otro, fueron suficiente. Si un director me quiere, sabe cómo encontrarme”.
“Vivir dos veces” implicó para Stone revisar su vida y hacerse preguntas, “pararse sobre los escombros y mirar”. “Quería revisar mi vida y preguntarme, ¿por qué te forzaste a tanto sin escucharte a vos misma? ¿Qué parte de tu dispositivo de escucha se fracturó o se rompió tanto que no vio hacia dónde ibas?” En sus respuestas, francas y llenas de humor, radica toda la belleza que fue capaz de encontrar.
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