Amber quiere decir ámbar: una resina fosilizada de origen vegetal que está considerada una piedra semipreciosa. Quizá en eso pensaron Donna Whitson (en la actualidad Donna Norris) y Richard Hagerman cuando decidieron el nombre de esa valiosa vida que habían engendrado juntos y que vio la luz el 25 de noviembre de 1986. Una existencia que disfrutarían menos de una década. Porque el 13 de febrero de 1996, cuando tenía solamente 9 años, la adorada Amber Rene Hagerman fue secuestrada, abusada sexualmente y asesinada.

Un comienzo difícil

Cuando Donna se embarazó de su hija mayor era muy joven, tenía 19 años. Richard Hagerman, su pareja (no estaban casados legalmente), era bastante mayor, ya había cumplido los 36. Poco después, Donna tuvo una rara enfermedad que la dejó paralizada, temporalmente, de la cintura para abajo. Asustada, se aferró mucho a Amber. Se alegraba de haberla tenido tan joven y temía no poder tener más hijos. Sin embargo, cuatro años después, nacería su segundo hijo: Ricky.

Pero la pareja no funcionaba nada bien. Donna terminó separándose de Richard, yendo a un hogar de acogida y pidiendo ayuda a los servicios sociales para poder subsistir. En ese momento denunció que con él tenía “una relación abusiva”. Así fue que se convirtió en una madre soltera que necesitaba ayuda. Estaba decidida a encontrar un camino nuevo para su vida, quería un empleo y criar a sus hijos en otro contexto.

En eso estaba cuando el canal local de tevé WFAA le propuso entrevistarla. Estaban documentando la vida de madres solteras que luchaban contra la pobreza. Donna accedió. Se había anotado para terminar el secundario, quería trabajar y sabía que sus hijos deberían estudiar mucho para tener mejores oportunidades. Un team de profesionales comenzó con las entrevistas, ellos veían sus conmovedores esfuerzos por progresar.

La imagen de Amber en su bicicleta rosa que grabó el canal local de Arlington ( WFAA)
La imagen de Amber en su bicicleta rosa que grabó el canal local de Arlington ( WFAA)

La periodista y el camarógrafo pasaban muchas horas con ellos: iban a los colegios con los chicos, filmaban sus actividades hogareñas, los observaban interactuar. En la grabación (luego del crimen el canal compiló y condensó todo en un documental) se ve a Amber poniendo los tres platos azules sobre la mesa para comer, mostrando sus cuadernos de tercer grado del Berry Elementary School, haciendo gala de sus premios, jugando con su hermano Ricky, que además bendice los alimentos antes de cenar… Sus infinitas pecas, el denso flequillo y sus ojos azules ocupan los primeros planos.

Bellísima, llena de vida y perfeccionista, Amber contará que adora el helado de vainilla, que sueña con recibirse de Girl Scout y se la ve andando feliz en su bicicleta rosa de asiento y ruedas blancas, mientras su hermano la sigue a toda velocidad. Una familia como tantas atravesando las vicisitudes de la existencia.

Hacía ya algún tiempo que estaban con estas grabaciones cuando llegó el 25 de noviembre de 1995. Ese día Amber cumplía 9 años. El equipo del canal estaba ahí ayudando a inflar los globos rosas. Captaron a una Amber alegre, con su vestido blanco con lunares azules. También quedó grabada su cara de sorpresa cuando abrió el regalo: unas sábanas con motivos de la protagonista de la película de Disney Pocahontas.

Nadie podía suponer que ese cumpleaños de Amber sería el último que festejaría. Y que el intimista documental sería la vista previa de su vida antes del asesinato: un testimonio fidedigno y conmovedor de sus últimos días.

La tarde en que se apagó la alegría

Cuando ocurrió la desaparición de Amber, los primeros en estar sentados en el living de los Whitson, siguiendo el paso a paso de la investigación, fueron los integrantes del equipo del canal WFAA que llevaban trabajando con ellos dos meses y medio. Registraron cada momento de la familia, veían los informes de la policía y los noticieros juntos. Serían testigos privilegiados de la agonía y del espanto. Ya eran parte de esta trágica historia.

La cálida tarde de invierno del miércoles 13 de enero de 1996, Donna y sus hijos dejaron su departamento, en un complejo en el este de Arlington, para ir a un rato al parque y, luego, a almorzar a un Burger King. Poco después empezaron una simpática venta puerta-a-puerta entre amigos y vecinos: vendían galletitas hechas por las girl scouts. Amber disfrutaba de cocinar cookies.

Como estaban cerca de la casa de sus abuelos Glenda y Jimmie Whitson, los padres de Donna, fueron a visitarlos. Los chicos adoraban ir, la casa tenía un buen jardín y podían jugar en libertad. Era el barrio donde Donna había crecido, por eso lo conocían muy bien y se sentían seguros.

Amber ese día llevaba puesta una remera rosa pálido, con un diseño pintado a mano, y el pelo atado con un lazo blanco y negro. Era alrededor de las tres de la tarde cuando se subió a su bicicleta rosa, iba cantando "America the Beautiful”. Su hermano menor, Ricky, de 5 años, iba detrás de ella.

Prometieron no ir más allá de una cuadra. Pero desobedecieron un poco, siguieron unos metros más hasta la calle East Abram Street, donde estaba el estacionamiento de una tienda de alimentos abandonada llamada Winn-Dixie, que tenía una divertida rampa para bicicletas. Era pleno día y había gente por la calle. Ahí no más estaba el lavadero de ropa y autoservicio lleno de clientes.

Unos minutos después de llegar, Ricky le dijo a Amber que quería volver a la casa. Ella prefirió quedarse. Él se marchó y Amber quedó sola pedaleando en círculos con la bicicleta que tanto amaba. Enfrentaba libremente al viento con los ojos entrecerrados, la nariz respingada y sus incisivos un tanto separados.

De pronto, un hombre entró rápidamente con su pick up negra al estacionamiento, se bajó corriendo, la agarró por la fuerza mientras sus piernas quedaron pedaleando en el aire y la metió en la camioneta. Amber llegó a pegar un grito y a patalear, pero el hombre fue más rápido y en segundos escapó manejando a toda velocidad. Eran las 15:18. Hacía 8 minutos que Amber había dejado la casa de sus abuelos.

Un hombre entró rápidamente con su pick up negra al estacionamiento, donde Amber estaba con su bicicleta. Se bajó corriendo, la agarró por la fuerza mientras sus piernas quedaron pedaleando en el aire y la metió en la camioneta. Eran las 15.18. Hacía 8 minutos que Amber había dejado la casa de sus abuelos (Imagen Documental WFAA)
Un hombre entró rápidamente con su pick up negra al estacionamiento, donde Amber estaba con su bicicleta. Se bajó corriendo, la agarró por la fuerza mientras sus piernas quedaron pedaleando en el aire y la metió en la camioneta. Eran las 15.18. Hacía 8 minutos que Amber había dejado la casa de sus abuelos (Imagen Documental WFAA)

Esto se sabe por un único testigo que tuvo la causa y que habló inmediatamente. Jim Kevil, un jubilado maquinista de 78 años que vio la escena desde su jardín trasero. Había escuchado el grito de Amber, y al levantar la vista sorprendido, observó claramente el secuestro. Llamó a la policía, que demoró solo minutos en llegar.

Describió al atacante como un hombre blanco o hispánico, de entre 25 y 40 años, de 1,80 m de altura y contextura mediana.

Mientras el testigo Kevil relataba a la policía lo que había presenciado, arribó al lugar Jimmie Whitson, el abuelo de Amber. Había decidido ir a buscarla cuando vio llegar a su hermanito menor a la casa. No quería que su nieta se quedara sola por ahí. En el estacionamiento se le heló la sangre: vio la bicicleta tirada de su nieta y a la policía tomando el testimonio de Kevil. Se desmoronó.

En un rato la vida de los Whitson-Hagerman se transformaría en una dramática noticia nacional: Amber había sido secuestrada a plena luz del día y a la vista de muchos.

La búsqueda comienza

Jimmie Whitson volvió rápidamente a su casa para transmitir lo ocurrido. “Amber fue secuestrada”, gritó varias veces histérico. La hermana de Donna, Sandra, pegó un alarido que escucharon todos los vecinos.

Un rato después, sin saber nada, apareció de visita el padre de Amber, Richard Hagerman. Estaba arreglando un auto viejo y, sabiendo que sus hijos estarían en lo de sus ex suegros, pensó aprovechar para verlos. Cuando llegó y vio la casa llena de policías y a su ex llorando en la puerta, inmediatamente se dio cuenta de que algo tremendo había ocurrido. Donna se abrazaba con sus padres, desconsolada.

Durante esos días de búsqueda y angustia no quiso volver a su departamento. Se instaló en la casa con ellos a esperar las novedades.

Los investigadores, los voluntarios y los medios de comunicación se arremolinaban alrededor de la familia y buscaban respuestas.

Donna y Richard Hagerman piden por la aparición de su hija (Foto: Arlington Police/ Twitter)
Donna y Richard Hagerman piden por la aparición de su hija (Foto: Arlington Police/ Twitter)

Afuera, en el jardín de los Whitson, el árbol de tres ramas al que Amber se subía siempre y del que se negaba a bajar cada vez que tenía que dejar la casa de sus abuelos, era un testigo mudo de la insoportable ausencia.

Hallazgo y desconsuelo

Apenas ocurrida la denuncia, la policía de Arlington empezó a buscar frenéticamente a Amber. Decenas de voluntarios se sumaron a la desesperada familia. Helicópteros sobrevolaban el área, y el FBI llegó al estado de Texas para colaborar con el caso. Nada.

​Cuatro días después del secuestro, el 17 de enero por la noche, las esperanzas de la familia quedaron definitivamente sepultadas. Un hombre que paseaba a su perro encontró el cadáver de Amber en un canal de desagüe, cerca de un complejo de departamentos llamado Forest Ridge. Eran las 11 de la noche. El pequeño cuerpo se hallaba boca abajo, le habían quitado la ropa, tenía el cuello cortado, estaba lleno de moretones y solo llevaba puesta una media en su pie derecho. Amber estaba a 8 km de donde había sido secuestrada.

Cuando la policía tocó el timbre de los Whitson, pasada la medianoche, para informarles del tremendo hallazgo, ellos primero se rehusaron a creerlo. Un rato después, tuvieron que aceptar la cruda verdad. Donna sollozaba: “No podré verla ni tocarla más, quiero hablarle… Les pedí que me dejaran ver el cuerpo antes de la autopsia, pero me dijeron que no era conveniente… que estaba demasiado lastimado para que yo lo viera”.

Los forenses fueron precisos: Amber había muerto el 15 de enero, dos días después de su desaparición, en manos de su captor. Las pericias determinaron que ella había estado viva durante 48 horas y había sufrido torturas antes de morir. La autopsia reveló que había sido abusada sexualmente y golpeada varias veces antes de ser degollada con cinco profundos tajos (Imagen Documental WFAA)
Los forenses fueron precisos: Amber había muerto el 15 de enero, dos días después de su desaparición, en manos de su captor. Las pericias determinaron que ella había estado viva durante 48 horas y había sufrido torturas antes de morir. La autopsia reveló que había sido abusada sexualmente y golpeada varias veces antes de ser degollada con cinco profundos tajos (Imagen Documental WFAA)

Los forenses fueron precisos: Amber había muerto el 15 de enero, dos días después de su desaparición, en manos de su captor.

Las pericias determinaron que ella había estado viva durante 48 horas y había sufrido torturas antes de morir. La autopsia reveló que Amber había sido abusada sexualmente y golpeada varias veces antes de ser degollada con cinco profundos tajos. Luego, había sido arrojada al arroyo de drenaje.

El sargento a cargo de la investigación, Mike Simonds, explicó en ese momento: “Hubo una gran tormenta, y Amber no solo estuvo sumergida, sino en un lecho de agua que corría, y eso obviamente dificulta encontrar evidencias”.

Lamentablemente, el agua que corrió sobre su cuerpo había limpiado toda evidencia.

El cómplice silencio de los “buenos”

El país entró en estado de shock: una chica de solo 9 años, que había desaparecido en un sitio urbano y a plena luz del día, había sido encontrada asesinada.

Pero lo más terrible del caso era la conclusión de los peritos de que el criminal la había matado dos días después del secuestro. Ningún padre podía imaginar algo más aterrador que esas 48 agónicas horas de Amber con un psicópata asesino.

El país entero discutía el asunto, y en cada casa se hablaba del tema: de haberla buscado en el lugar correcto y de haberla encontrado, ¡podrían haberla salvado!

¿Por qué no había más testigos? Si había gente en el lugar, ¿por qué nadie hablaba? Era difícil de digerir esa falta de compromiso. La idea tortura, hasta el día de hoy, a Donna y a Richard.

Donna y Richard, durante el funeral de su hija, en 1996 (AP)
Donna y Richard, durante el funeral de su hija, en 1996 (AP)

La tragedia hizo que Donna y su ex marido, Richard, volvieran a estar juntos solo para batallar por justicia. Richard Hagerman gritaba entre sollozos: “La muerte de mi hija no va a ser en vano”.

Los restos de la pequeña Amber fueron enterrados ante una multitud enardecida y acongojada en el cementerio de la Iglesia Metodista de Arlington. A Donna le llegaban cartas, peluches y regalos como condolencias por la muerte de su hija. Los padres, a lo largo y a lo ancho del país, se solidarizaban con ella. En Arlington, las familias estaban aterradas. Chicos, padres, maestros. No podían creer lo ocurrido y que no hubiera un solo sospechoso detenido.

Recién dos semanas después, Donna juntó fuerzas para volver con Ricky al departamento que habían compartido con Amber. Fue un retorno durísimo. Ahí estaban, en un rincón, su mochila violeta y rosa, en la cama sus muñecas y el buzo con el Pato Donald que había usado el último día que la vio con vida. Ese buzo todavía tenía su olor. Donna lo acarició, lo dobló y lo guardó. Cuatro meses más tarde decidió ir más allá y sacó todas las muñecas y cuadernos que había guardado de Amber debajo de la cama de su hija. Tenía que enfrentar ese dolor. Ricky la ayudaba. Todo seguía siendo filmado por el canal WFAA. Esa gente era ya una fiel compañía para la familia destrozada.

“Quiero que estemos fuertes para poder seguir adelante”, decía Donna. Estaba determinada a volver a sus clases para terminar el secundario y a darle a Ricky una vida normal. Pero le resultaba muy complicado, Amber ya se había convertido en un emblema nacional de lo que podría hacerse bien y se hacía mal: la búsqueda de los chicos secuestrados.

En busca de alguna pista

La policía continuaba con la búsqueda desesperada de pistas. Se armó un grupo con 50 especialistas para investigar el caso. Vieron decenas de veces los videos de las cámaras cercanas a los departamentos donde se encontró el cuerpo. Lo único de lo que estaban seguros era de que el asesino conocía bien el área donde había tirado el cadáver. Estaban convencidos de que vivía o trabajaba allí, muy cerca. También creían que vivía solo, ya que la había tenido cautiva. Pero los meses pasaron y no surgía ni un solo indicio.

La frustración por la falta de más testigos crecía. ¿Cómo era posible que la gente que estaba en la lavandería-autoservicio no hubiera visto nada? ¿Por qué nadie iba a aportar datos? La policía creyó que la causa era que muchos eran inmigrantes ilegales: temían hablar y ser deportados. Por eso ofrecieron una recompensa de 75 mil dólares y la promesa de que no serían devueltos a sus países de origen si colaboraban. Aun así no se presentó nadie.

La madre de Amber en el cementerio (Imagen Documental WFAA)
La madre de Amber en el cementerio (Imagen Documental WFAA)

La madre decidió escribirle al asesino. En esa carta abierta le preguntaba por qué había aterrorizado, lastimado y matado a su hija. Tenía esperanzas de que el culpable le respondiera luego de leer su carta en los medios.

También se daba cuenta de que tenía que hacer algo por Ricky. La muerte de su hermana lo había afectado demasiado. Su hijo, que era extremadamente tímido, se veía muy enojado. Un día estalló y le dijo: ”Yo la dejé sola… es mi culpa”. El pequeño de 5 años ¡se culpaba! Donna lo llevó a terapia.

Mientras tanto ella, deprimida, hacía lo que podía. Iba y venía del cementerio; participaba de charlas para ayudar a otros; fue al colegio de Amber y vio el altar rosa que sus compañeras le habían hecho bajo la ventana; concurrió a la ceremonia de graduación de las Girl Scouts y, entre lágrimas, aguantó el acto y la ausencia. Su vida había cambiado radicalmente.

El 25 de noviembre de 1996, el día que Amber hubiera cumplido 10 años, su familia lo festejó como si ella estuviera viva. Ricky llevó la torta con diez velas y cantaron el feliz cumpleaños. En privado el dolor de Donna era tan profundo que les quitaba el aire.

El primer legado: Registro de Delincuentes Sexuales

Donna y Richard olvidaron rencores entre sí, se reencontraron y unieron fuerzas. Tenían un objetivo en común: hacer justicia por su hija.

Richard Hagerman decidió no volver a su trabajo por un tiempo para dedicarse de lleno a conseguir sanciones más duras para violadores y asesinos. Empezaron a pelear por la creación de leyes protectoras para los chicos y fundaron una organización llamada People Against Sex Offenders (Gente contra los abusadores sexuales).

Juntos viajaron a Washington a encontrarse con los congresistas Martin Frost y Mark Klaas, cuya hija de 12 años, Polli, había sido asesinada luego de ser secuestrada de su propio dormitorio en octubre de 1993. Donna y Richard testificaron en el Congreso norteamericano, ante todos los congresistas, y los conmovieron profundamente. El impacto tuvo sus frutos. Lograron que el Acta de Protección infantil Amber Hagerman fuera firmada para convertirse en ley federal por el entonces presidente de los Estados Unidos, Bill Clinton, estableciendo de esa manera un registro nacional de delincuentes sexuales.

El cartel de búsqueda de justicia de Amber y su madre (AP)
El cartel de búsqueda de justicia de Amber y su madre (AP)

En su lucha, Richard y Donna llegaron a una ceremonia en los jardines de la Casa Blanca, donde el primer mandatario les agradeció su batalla antes miles de invitados. Se emocionaron, pero el dolor seguía ahí instalado en medio de sus pechos. Iban juntos a todos lados aunque estuvieran separados, acarreando su pena ante cualquiera que quisiera escuchar y ayudar.

“Yo seguía con mi vida, Pero no me sentía mejor. Solo seguía adelante”, recuerda Donna. Los logros nacionales eran importantes para ellos, pero se diluían en la investigación particular del caso de Amber: nada avanzaba. El grupo de trabajo que investigaba el asesinato de Amber se disolvió en junio de 1997 por falta de pistas por seguir.

Donna pensó varias veces en el suicidio. Caía y salía de pozos depresivos. Decidió vivir por su hijo varón y por la memoria de Amber.

“Yo sé que mi hija luchó por su vida. Así que yo tengo que luchar por conseguir justicia”, dice sin bajar los brazos 23 años después, “No quiero que la olviden”.

El segundo legado: Alerta Amber

Apenas ocurrido el asesinato, Diana Simone, una madre de Forth Worth, contactó a una radio local. Se quejó y cuestionó a los pronosticadores del tiempo diciéndoles que daban muchas alertas metereológicas, pero que no habían alertado al público sobre el secuestro de Amber. Dijo que si la comunidad lo hubiese sabido rápidamente y hubiera sido informada del color y tipo de camioneta, Amber podría haber sido localizada antes de ser asesinada.

El enojo de esta mujer, que jamás había conocido a la víctima, fue el puntapié inicial de una idea que se convertiría en el legado más importante de esta horrenda muerte: el Alerta Amber.

La oyente, además, sugirió que el sistema debería llevar el nombre de la niña, así todos recordarían las cosas espantosas que pueden pasar cuando la sociedad no se compromete.

Ese mismo año siete estaciones de radios locales establecieron un sistema de alertas llamadas Amber Hagerman. Rápidamente la idea se extendió. Luego se creó el acrónimo AMBER para este alerta que, además de recordar a la víctima significa American Missing Broadcast Emergency Response (que viene a ser en español algo así como Respuesta americana de emergencia para la desaparición). Cuando se dispara, los mensajes llegan a los celulares, a las pantallas de las autopistas, a las radios, a la televisión y a los mails. La alerta consiste en compartir rápidamente la información para que los ciudadanos colaboren. La idea esencial es que al accionarla se sumen ojos y oídos para ver, escuchar y ayudar al regreso a salvo del menor. También cuentan con el apoyo de compañías como Google y Facebook. Las alertas se divulgan con gran velocidad para ganarle a la muerte.

“Es una vergüenza que mi hija haya tenido que ser asesinada para que exista la Alerta Amber. Pero sé que ella estaría orgullosa”, dijo Donna. El sabor de esta conquista le resulta amargo y dulce al mismo tiempo.

El caso de Amber fue el que llevó a que se impulsara el Alerta Amber, para dar una voz de alarma a la población cuando un niño menor de 17 años está en grave peligro (YouTube)
El caso de Amber fue el que llevó a que se impulsara el Alerta Amber, para dar una voz de alarma a la población cuando un niño menor de 17 años está en grave peligro (YouTube)

En octubre de 2000, la Cámara de Representantes de los Estados Unidos alentó a las comunidades, a nivel nacional, a aplicar el plan Amber. En abril de 2003, el presidente George W. Bush firmó para que la medida se convierta en ley. Desde el 1 enero de 2013 las Alertas Amber son usadas en 50 estados de Norteamérica. También se usa en Puerto Rico, Islas Vírgenes y otros 30 países del mundo. Para abril de 2019 un total de 957 chicos habían sido recuperados exitosamente gracias a este sistema.

La Alerta Amber se activa solo en casos graves, cuando un menor de 17 años es reportado como secuestrado y se presume riesgo de muerte. Se usa bajo estrictos criterios porque su uso desmedido podría generar la insensibilidad de la gente para con estos casos.

Lamentablemente la investigación sobre Amber Hagerman, a pesar de las incesantes movidas de la policía y de sus incansables padres, se mantuvo estancada. No hubo ni una pista certera.

En 2016, cuando se cumplieron 20 años del crimen, la policía reveló que había investigado alrededor de 8.000 pistas y que seguían recibiendo denuncias anónimas.

Donna dijo en esa conferencia de prensa, en 2016, con Ricky a su lado, que no iban a desistir jamás en la búsqueda del culpable: "Su asesino está ahí fuera todavía, Amber necesita justicia”,

Simone, la oyente de radio que dio la idea de las Alertas Amber, hoy está cursando los setenta y tantos años, y dice con criterio: “No hay manera de que no hayan visto nada ese día. Alguien tiene que haber visto algo. Eran casi las cuatro de la tarde. ¡No es que no vieron, es que no se dieron cuenta de lo que estaban viendo!”. Es muy probable.

Ni una respuesta, ni un sospechoso

La vida de Amber, que había comenzado a ser documentada antes de su muerte por el canal WFAA, se dio en la televisión en enero de 1997, al año de la tragedia (hoy se puede ver por internet). El documental se llamó Tras Amber.

En 2006, otra película para televisión -dirigida por Keoni Waxman- llamada Historia de Amber, fue transmitida por Lifetime. Y Amber Hagerman merece Justicia, fue emitida por Wham Comics Bang, en 2009. Todas contaban esta tremenda historia sin final.

El mural que recuerda a la niña, muy cerca de donde fue secuestrada (NBC News)
El mural que recuerda a la niña, muy cerca de donde fue secuestrada (NBC News)

Porque el asesino de Amber nunca fue hallado. Por ahora, se viene saliendo con la suya. Quizá anda caminando por ahí diciendo “buen día” y sonriendo como si tal cosa. Como un buen vecino. Eso aterra a todos los que no pueden ni quieren olvidar el caso. Como esos artistas texanos que tampoco olvidaron a Amber y, en julio de 2019, pintaron un enorme mural rosa con su cara, muy cerca de donde fue secuestrada, en las calles East Abrams y Browning Dr., en Arlington.

Ellos creen, como muchos, que alguien sabe algo que no contó.

Quizá un día ese alguien, de tanto ver su cara en el mural, se apiade de su familia. Quizá ese frío muro de piedra pintada le socave la conciencia y le arranque las palabras que siempre callaron. La bicicleta rosa de Amber todavía descansa en la casa de sus abuelos. En 23 años nadie jamás volvió a usarla.