La Revolución Rusa cien años después (Eudeba 2017) de Jorge Saborido es el libro adecuado para quien quiera entender qué hizo que en Rusia se produjesen episodios como la caída del zarismo, la revolución bolchevique y la posterior instauración de un régimen totalitario como pocos. La experiencia docente del autor, profesor titular consultivo de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires, le permite una exposición clara y amena del tema, enfocado con la suficiente distancia como para dejar que sea el lector el que juzgue y responda –o formule nuevas preguntas- a los interrogantes que despierta esta Revolución de la que este año se cumple un siglo.

En todo caso, de la exposición de los hechos surge claramente el contraste entre la participación inicial masiva de soldados, obreros y campesinos en el proceso de cambio de régimen y la progresiva sustitución de esta masa movilizada por la decisión de un puñado cada vez más reducido de cuadros. También queda bien expuesto hasta qué punto el protagonismo de Lenin imprimió un determinado carácter a la Revolución y como algunas de sus decisiones –la prohibición de las facciones dentro del partido, por ejemplo- explican lo que vino luego: el estalinismo que, si no era la consecuencia forzosa de lo anterior era por lo menos una alternativa en germen, como sostiene el autor.

Saborido ha sido profesor invitado en universidades de Argentina, Uruguay, Chile y España. Ha publicado varios libros de su especialidad, entre ellos, El Mundo Contemporáneo: Historia y Problemas (coautor, Barcelona, 2001), La Guerra Civil Española (Madrid, 2007), Historia de la Unión Soviética (Buenos Aires, 2009) y Veinte años de Rusia sin comunismo (Biblos, 2011).

En la UBA, Jorge Saborido dictaba hasta hace dos años la cátedra de Historia Social General a los estudiantes de Comunicación Social. Retirado de la docencia, sigue dedicado a la investigación. Y el centenario de la Revolución Rusa le ha llenado la agenda de actividades académicas en estos días.

Desde España, donde fue invitado a participar en mesas redondas y debates sobre el tema, Jorge Saborido dialogó con Infobae sobre su libro y la visión actual de la experiencia comunista. 

— Leyendo su libro, surge la imagen de una revolución que, si bien en el inicio es un movimiento de masas, una insurrección de amplios sectores, aparece después casi como el golpe de mano de una minoría iluminada o muy bien organizada y acrisolada en torno a un liderazgo individual, el de Lenin. ¿Es adecuada esa imagen?

— Bueno, una de las grandes polémicas historiográficas es justamente la interpretación de Octubre. Incluso Trotsky dice en su libro que del operativo que condujo al Partido Bolchevique al poder participaron como máximo 25 mil guardias rojos. Así que, a diferencia de la Revolución de Febrero, que sí fue espontánea y masiva, aunque después aparecieran algunos liderazgos que salieron de la clandestinidad, en octubre, el golpe fue una operación minoritaria. Sí es cierto que, en ese momento, los bolcheviques expresaban el sentir de un sector muy importante, pero que no participó directamente. Mi planteo, que creo novedoso como perspectiva, es que el gran problema fue que, al atribuirse los bolcheviques en ese momento la exclusividad de la revolución y no buscar formas de acuerdos con otras agrupaciones –más aun, los guardias rojos metieron presos a ministros socialistas revolucionarios y otros-, se perdió una gran oportunidad y eso llevó a una dictadura de partido único. Es decir, Lenin estaba convencido de que no había forma de acuerdo sino que debía llevar a cabo su proyecto sin ningún tipo de discusión, sin buscar el menor consenso.

Había formas de acuerdo que hubieran evitado que esto tomara un rumbo antidemocrático prácticamente desde el principio, como ocurrió

— Ahora bien, el argumento, la justificación para eso, más allá de la ideología, ¿está en la sensación de inestabilidad, de que en cualquier momento la situación se podía dar vuelta otra vez? ¿Era efectivamente así? ¿Podían haber hecho ellos un proceso un poco más participativo?

— Yo creo que era posible. En ese segundo Congreso de los Soviets, de donde salió el gobierno de la Revolución, había otros sectores. Esos que Trotsky envió al basurero de la historia eran grupos que compartían la idea de la paz sin anexiones ni indemnizaciones, de la entrega de la tierra, etcétera. Había muchos e importantes puntos en común. Lo que ocurre es que simultáneamente los bolcheviques estaban operando de manera de meter presos a los ministros o a dirigentes de esos partidos, entonces un compromiso se tornaba imposible. Yo creo que había formas de acuerdo que hubieran evitado que esto tomara un rumbo antidemocrático prácticamente desde el principio, como ocurrió.

— La razón por la que pasó eso ¿usted la funda más en la situación objetiva de peligro para la Revolución o en la personalidad de Lenin?

— Yo creo que el temor estaba. Algunos llegan a sostener que hicieron toda esta legislación tan acelerada al inicio como para dejar un ejemplo para la posteridad. Y cuando superaron la cantidad de días que había durado la Comuna de París en 1871, hubo festejos. O sea, no estaban de ninguna manera seguros de que la Revolución se consolidaría. Sí, es cierto que su gran baza era pensar que podía triunfar la revolución en Alemania. Es decir, Lenin y Trotsky tenían siempre en mente la idea de que éste era el primer paso, si no hacia la revolución mundial, por lo menos hacia una expansión de la revolución en Occidente. La realidad fue por otro lado y tuvieron que adecuarse, incluso a una feroz guerra civil.

— Usted hace referencia a un tema interesante que es el papel individual del líder, algo paradójico para una ideología colectivista como el comunismo, ideología que se supone opuesta al individualismo liberal. Sin embargo, en la Revolución Rusa, la marca de la personalidad del líder es impresionante. Trotsky le escribe a un amigo: "todos sabemos que si Lenin no hubiera llegado a Petrogrado en abril del 17 la Revolución no hubiera tenido lugar"…

— Es cierto, cuando él marcha hacia el Palacio de Invierno para impulsar la revolución, nadie estaba decidido. Es decir, habían votado hacer la revolución pero nadie había dado el primer paso. Y Lenin se disfrazó, lo paró un policía, se hizo el borracho y logró pasar. Si no, no sé qué hubiera sucedido, dice el propio Trotsky, que estaba al frente del comité militar revolucionario. Nadie sabía qué hacer, llegó Lenin y nos pusimos en marcha, cuenta. Y a lo largo de la historia posterior de la revolución hay decisiones clave que Lenin adoptó, es clarísimo. Entonces el papel de los individuos en la historia es muy significativo. Por supuesto que los hombres hacen la historia, como dice Marx, en las condiciones ya establecidas pero que hay líderes capaces de rectificar o impulsar rectificaciones en el rumbo de esa historia desde luego es así. Creo que lo dejo claro en el libro…

— Sí, sí. En cuanto a Stalin, usted plantea que un debate es si fue la consecuencia obligada de lo que pasó antes o si fue una traición a la revolución. ¿Usted qué cree?

— Creo que entre las salidas posibles de la revolución estaba lo que ocurrió. Es así. Hay un historiador muy conservador que dice que buena parte de las cosas que hizo Stalin ya las había hecho Lenin.

— La represión, por ejemplo.

— Si hablamos del terror, fue tremendo, pero la represión de los marinos del Kronstadt fue una atrocidad [N.de la E: en febrero de 1921, los bolcheviques ahogaron en sangre un motín de los marineros de la base naval de Kronstadt –los mismos que jugaron un papel clave en la Revolución- que reclamaban por la baja de sus raciones. Hubo miles de fusilados y de prisioneros]. Lenin nunca mató a un camarada y Stalin se cargó a todos aquellos que habían sido sus compañeros en octubre. Pero había una vertiente autoritaria en el bolchevismo que Stalin encarnó e impulsó de manera brutal. Creo que estaba en el origen, era una de las posibilidades. Y, sobre todo, en el Congreso de 1921, cuando Lenin, por los conflictos que había al interior del partido, prohíbe la existencia de facciones, como medida temporaria. Eso nunca se rectificó, después se exacerbó y fue un instrumento muy fuerte para Stalin en su ataque a la oposición.

Muchas de las cosas que Stalin hizo ya estaban en el aire

— Stalin no fue una anomalía completa…

— Muchas de las cosas que Stalin hizo ya estaban en el aire. No era un paranoico. Probablemente en los últimos tiempos sí hubiera perdido el control, pero en los años 30 no. Y además fue enorme el apoyo que tuvo dentro del Partido. Muchos compartían esta "mentalidad de sitio", que ya estaba presente desde 1917; siempre sintieron que estaban acosados, que ante cualquier paso en falso que dieran iba a venir el imperialismo y haría abortar los logros de la Revolución. Esto se transformó en la idea de la 5a Columna, que Stalin tomó de la Guerra Civil española, esto de la conspiración desde el interior. Por otra parte, en los años 30, había un movimiento trotskista clandestino muy fuerte, con lo cual uno le estaba dando la razón a Stalin en el sentido de luchar contra eso. No me refiero a la parodia de los juicios y demás, pero sí al hecho de que había mucha gente disconforme y que estaba operando para destituirlo.

— ¿Le parece útil la historia contrafáctica? En este caso es tentador como razonamiento. Por ejemplo, de su libro surge que el zar Nicolás II por no ceder un poco terminó perdiendo todo, que si hubiese concedido algo tal vez…

— En el gremio, la historia contrafáctica tiene un 50 por ciento de detractores y un 50 por ciento de apoyo. Estoy entre las que la apoyan. Porque cuando se investiga siempre implícitamente uno se hace la pregunta: ¿y si esto hubiera pasado de otra manera? Hace 20 años estuvo bastante de moda, incluso a Juan Carlos Torre, ni más ni menos el mayor historiador sobre los orígenes del peronismo, le pidieron que escribiera un libro sobre qué hubiera ocurrido de no existir el 17 de octubre. Y él lo aceptó, o sea que lo consideraba una cosa realmente seria para investigar. Por supuesto que es imaginación, es talento del historiador lo que ahí se pone en juego, pero hay una serie de elementos que permiten imaginar cómo pudo continuar.

— Hay incluso una lección histórico-política. Es decir, que un gobernante, por no contemporizar, termina perdiendo todo… El costo de la inflexibilidad.

— Absolutamente. Bueno, esto ya tenía que ver con las propias limitaciones personales del Zar, que cuando de casualidad se topaba con algún inteligente se deshacía de él; así que le pasó lo que le tenía que pasar. Desde el momento en que asumió, no estaba preparado para la tarea.

Podemos hablar un año sobre las carencias e injusticias del capitalismo. Ahora, si el modelo es la Unión Soviética, estamos errados; por ese lado no

— Con frecuencia los partidarios del socialismo, frente a los modelos de  Cuba o de la Unión Soviética, dicen "eso no es socialismo". Usted en el libro pregunta: ¿fue una mala idea o una buena idea que salió mal? ¿El socialismo era un buen proyecto que fue mal aplicado? Aunque hoy ya no está tan vigente ese argumento…

— Acabo de estar en una mesa redonda en Salamanca, y me tocaron unos "rojos", que creo no deben existir en Argentina ni en ningún otro lado del mundo, porque realmente el tipo de argumentación era tremenda. Evidentemente podemos hacer un seminario que dure un año sobre las carencias, las injusticias del capitalismo; ahora, el tema es cómo superarlo. Si tomamos el modelo de la Unión Soviética, sobre todo a partir de 1921, estamos errados, tenemos que buscar otra cosa. Por lo menos digamos que por ese lado no.

— Claro.

— Por supuesto que tienen que haber sueños que perseguir. Pero ese no era el camino.

— Todavía hay gente que justifica el modelo cubano, que un poco implica sacrificar cualquier libertad individual por un plato de lentejas.

— En la exposición de los premios World Press Foto, aquí en Madrid, había uno sobre Cuba referido a la muerte de Fidel Castro y el texto explicaba toda la decadencia de Cuba por el bloqueo norteamericano. Todavía a esta altura. El sistema económico fracasó, y fracasó estrepitosamente, con bloqueo o sin él. Cuba vivió de la caridad pública y de los precios inflados de la Unión Soviética, después vivió del petróleo que le regalaba Chávez. La política económica no funcionó. Y en una exposición tan seria todavía te dicen que el bloqueo norteamericano tuvo la culpa.

— Durante la Guerra Fría, con el mundo dividido en bloques, desde el punto de vista geográfico, militar, ideológico, el espacio para desarrollar terceras posiciones estaba realmente restringido. Hubo algunos ensayos de buscar una alternativa al capitalismo que no fuese el comunismo, pero había una polarización que lo hacía muy difícil. Lo que llama la atención es que, ahora que no existe esa división tajante, no hay sin embargo una reflexión sobre cómo superar las falencias del capitalismo que, dice usted en su libro, necesita ser reformado.

— Necesita ser reformado y en profundidad. Los capitalistas pueden decir  "nosotros somos malos pero todas las alternativas resultan peores", lo cual es muy descorazonador la verdad. Pero al haber fracasado, o al no haber llegado muy lejos esta alternativa del Estado de Bienestar, qué otra cosa queda. Por otra parte, es evidente que el capitalismo no es igual en todos lados, en Suecia y en Finlandia no se ve el mismo capitalismo que en Wall Street. Pero sigue siendo capitalismo y lo cierto es que en coyunturas dramáticas cortan por lo más delgado, los recortes sociales. Pero el modelo socialdemócrata basado en el Estado de Bienestar ha sido el logro más grande como alternativa. Hasta ahí se llegó.

— ¿Qué queda en la Rusia de hoy de toda esa experiencia soviética?

— Escribí un libro anterior que se llama 20 años de Rusia sin comunismo en el que digo que ellos siguen glorificando la figura de Stalin, y esto es impulsado desde el poder, porque Stalin ganó la Gran Guerra Patriótica. Para ellos el mayor logro del siglo XX no es el socialismo ni la Revolución de Octubre sino haber derrotado al ejército nazi. Eso es lo que se conmemora. La conmemoración del 7 de noviembre no dice nada, es muy poco significativa.