
"Es posible que Borges no haya sido el escritor más importante del siglo XX", dice Carlos Gamerro en la introducción del ensayo Borges y los clásicos (Eterna Cadencia Editora), pero "pocos se atreverían a discutir que fue el lector más intenso e interesante". Es alrededor de esta afirmación que el autor de Las Islas, Ulises. Claves de lectura y Facundo o Martín Fierro, entre tantos otros títulos, estructura su nuevo libro.
Para Gamerro, un gran lector no se agota en el placer de la lectura solitaria, sino que debe comunicar sus lecturas. Esa comunicación se logra de diversas maneras: enseñándolas, escribiéndolas en ensayos críticos o en la creación literaria, o traduciéndolas. "Borges", señala, "descolló en todos estos campos." Así Borges no sólo cambió nuestra manera de leer y de entender a los clásicos ya establecidos, sino que reorganizó y reestructuró el canon literario.
Hablamos con Gamerro sobre la figura de Borges como lector que destaca en su libro.

—¿Cómo se reordena la literatura argentina a partir de las lecturas que Borges hace de clásicos como La Ilíada, La Divina Comedia, El Quijote?
—Uno de los legados de Borges para los escritores argentinos y latinoamericanos (y quizá para todos los escritores de países tercermundistas, periféricos, etc.) es que se puede usar a voluntad a Shakespeare, a Cervantes, combinarlos, hacer lo que se quiera con ellos. Borges, de alguna manera, ya lo proclama en "El escritor argentino y la tradición". Y después realiza ese programa de convertir, casi podríamos decir así, a la literatura mundial en una especie de nota a pie de la literatura argentina. Invertir la relación entre tradiciones fuertes o antiguas y tradiciones nuevas o tentativas es muy su operación. Borges pudo ser una presencia con un peso muy grande para la primera generación que escribía después de él —la de Puig, Walsh, Saer; autores que de distinta manera resuelven ese problema—, pero ya, a dos o tres generaciones de distancia, creo que son mucho más las cosas que habilita que las que cierra.
—En el libro mencionás las lecturas que Borges hace de Leopoldo Lugones, pero no está claro qué tipo de relación mantiene con él.
—Borges tiene una relación de fascinación-rechazo, de amor-odio con Lugones. Creo que la lógica es la que describe Harold Bloom en La angustia de las influencias. El Borges joven básicamente ataca a Lugones. No sólo se la pasa criticándolo sino que hace algo más osado: se burla. Es muy audaz porque en aquel momento Lugones era el poeta nacional, el centro del sistema literario. Con el paso del tiempo, Borges se va consolidando, no solo como el nuevo escritor central, sino como un escritor mucho mejor que Lugones. Para cuando publica El hacedor, Borges tiene sesenta, año más o año menos, y ya le pasó el trapo. Entonces, el prólogo es un homenaje a Lugones donde le dice algo así como "Querido maestro, yo sé que a usted le hubiera gustado que le gustara un libro mío, le ofrezco este". Pero ese homenaje es, en realidad, la manera de decirle "Ahora soy yo el que te pone en el canon".

—¿En qué se diferencia la lectura de Borges de otros escritores como Joyce?
—Joyce lee desde su proyecto de novela. Tiene una especie de gran arquitectura de una catedral in mente y todo lo que lee le interesa o no según pueda integrarse en ese gran edificio del Ulises. En ese sentido, Joyce es un lector egoísta. Borges es un lector mucho más humilde y más generoso. Y mejor lector, sin duda. Entra en los textos sin buscar nada en particular. Se pierde en ellos. No quería caer en la obviedad del laberinto, pero mis palabras me van llevando a eso. De ahí, él no sabe qué va a salir. De su lectura de Dante sale "El Aleph". Del Quijote pueden salir poemas o un cuento. De Shakespeare pueden salir cuentos como "Tema del traidor y del héroe" o un ensayo narrativo-imaginativo como "Everything and nothing", que es un texto maravilloso. En eso se parece, quizá, a Kafka, que también hace de su lectura de los clásicos una especie de proliferación. Tienen más que ver con alguien que entra a esos textos como lector. Cuando Joyce entra en la obra de otros lo hace como novelista, como autor de su novela. Borges lee preguntándose cómo sirve él a ese texto. Por eso digo que es el mejor lector del siglo XX.
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