
En los últimos meses, la convivencia entre humanos y perros en San Francisco ha alcanzado un punto de fricción inesperado, donde incluso los amantes de los animales comienzan a cuestionar los límites de la tolerancia. En una ciudad reconocida por su apertura hacia las mascotas, la permisividad ha dado paso a situaciones insólitas: desde perros que irrumpen en cafeterías y gimnasios hasta aquellos que se apropian de la comida de los transeúntes sin que sus dueños intervengan.
Rose Crelli, violinista de 29 años, se considera una entusiasta de los perros, al punto de calificar su amor por ellos con un “10” en una escala del 1 al 10. Sin embargo, su percepción cambió tras una experiencia en el parque Alamo Square. Mientras compartía un café con una amiga, cinco perros sin correa se acercaron a su mesa, a pesar de que el área exige que los animales estén atados. El último, un golden retriever, fue demasiado lejos: “Literalmente se lanzó sobre mi pastel, lo cubrió de babas y se lo llevó a la boca”, relató Crelli a The Wall Street Journal. El dueño del animal presenció la escena y optó por seguir su camino sin disculparse.
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La reputación de San Francisco como paraíso para los dueños de perros se ha forjado gracias a sus extensos espacios verdes, la presencia de golosinas para mascotas en la mayoría de los comercios y playas donde los canes pueden correr libremente. Sin embargo, la convivencia se ha vuelto tensa. Personas que adoran a los perros, quienes los rechazan y quienes se mantienen neutrales han encontrado un terreno común: la preocupación por quienes, según ellos, abusan de la flexibilidad de la ciudad.

En cafeterías, es habitual ver patas sobre los mostradores sin que nadie se inmute. Los robos de croissants por parte de labradores hambrientos a comensales desprevenidos se han vuelto frecuentes. Supermercados como Target y Trader Joe’s reciben a diario a “animales de servicio” que, en muchos casos, no demuestran el entrenamiento esperado.
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Ralph Migdal, de 63 años, expresó su incomodidad tras un incidente en su gimnasio. Mientras realizaba abdominales, un perro se le acercó y lo lamió en la cara. Al reclamarle al dueño, quien estaba distraído con su teléfono, solo recibió un escueto “Lo siento, amigo”, según contó Migdal a The Wall Street Journal.
La cultura canina de la ciudad también atrajo a personas como Chandra Wilson, trabajadora del sector biotecnológico y propietaria de Clementine, una dachshund con 64.000 seguidores en Instagram. Wilson lleva a su perra a todos los lugares donde está permitido, incluidos restaurantes, boutiques y hasta el zoológico durante el “día del perro”.
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En una ocasión, varios visitantes comentaron que Clementine se comportaba mejor que los niños presentes. No obstante, Wilson espera que los perros mantengan una conducta básica. En una sucursal de Target, presenció cómo un perro defecó en el suelo, lo que dejó atónitos a los presentes. “La gente estaba un poco boquiabierta”, relató Wilson a The Wall Street Journal.
El gerente de un Trader Joe’s local reconoció que la cantidad de perros en los pasillos ha superado cualquier expectativa razonable. Para Clare O’Malley, recién llegada de Chicago y sin mascotas, la sorpresa fue mayúscula al descubrir la omnipresencia de los perros en la ciudad. “No esperaba ver perros en bares deportivos”, confesó al medio.
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En agosto, mientras acariciaba a un perro frente a una cafetería, presenció cómo dos labradores negros se acercaron; uno de ellos saltó y arrebató un croissant de la mano de un hombre. El dueño admitió que no era la primera vez y el barista confirmó que el perro era conocido por ese comportamiento. “Es como una costumbre”, explicó O’Malley, “ese perro es famoso por robar croissants y parecer inocente”.
Steffen Franz, presidente de la junta de voluntarios del parque Lafayette y vecino del lugar, recibe todo tipo de quejas relacionadas con perros. Según Franz, el contrato social entre los dueños de mascotas se ha deteriorado. Antes, existía un respeto mutuo, pero la pandemia de Covid-19 marcó el inicio de una nueva era de permisividad.
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“En el pasado, si tu perro se portaba mal, un grupo de personas se acercaba y te decía: ‘Oye, eso no está bien’”, explicó. “Ahora siento que todos miran hacia otro lado”. Las llamadas al Departamento de Parques y Recreación de San Francisco por perros sin correa aumentaron un 6 % en el último año, aunque siguen siendo poco frecuentes.
No todos perciben un problema. Chris Laraway, paseador de perros, sostiene que los perros de San Francisco se comportan adecuadamente y que la reacción de la gente es exagerada. Suele ingresar con perros a comercios y eventos, donde en muchas ocasiones el personal los invita a pasar. Solo una vez una mujer le gritó cuando un Bernedoodle de 23 kilogramos saltó sobre una cama en una venta de bienes. “No es que yo lo haya permitido”, afirmó Laraway a The Wall Street Journal, “él solo está siendo un perro”.
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La entrenadora canina Xenia Giol reconoce el dilema: desea que los perros disfruten, pero considera que algunos dueños deberían asumir mayor responsabilidad. En una tienda Whole Foods, presenció cómo un empleado advirtió a un cliente que los perros no estaban permitidos. El dueño alegó que era un animal de servicio y se marchó, para luego colocar al perro dentro del carrito de compras. En otra ocasión, en Dolores Park, una amiga le relató cómo un grupo de jóvenes celebraba un cumpleaños alrededor de una torta costosa. Al terminar de cantar, un perro pequeño se abalanzó sobre el pastel, mordió un trozo y huyó, dejando a todos en silencio. “Era mi perro”, confesó Giol a The Wall Street Journal, refiriéndose a su mezcla de caniche, labrador y shih tzu. “Ya no llevo a mi perro al parque”.
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