
La creciente tendencia en Silicon Valley hacia el uso de avanzada tecnología biomédica ha dado lugar a un fenómeno sin precedentes: empresarios tecnológicos y familias adineradas buscan tener hijos con mayores capacidades intelectuales a través de la selección genética y el uso de embriones con potencial de alto cociente intelectual.
Esta práctica, que fusiona las ciencias genéticas y la ambición de excelencia, redefine los límites de la reproducción asistida y desata un debate ético en la capital mundial de la innovación.
En el área de la Bahía de San Francisco, servicios especializados ofrecen pruebas genéticas para estimar el IQ de embriones durante la fecundación in vitro (FIV). Empresas han encontrado una demanda creciente por parte de clientes que pagan entre 6.000 y 50.000 dólares para acceder a estos procedimientos.
Los clientes suelen ser líderes del ecosistema tecnológico de Silicon Valley, incluidos directivos de alto rango y especialistas en inteligencia artificial.

La carrera por la genética optimizada
La obsesión local con la inteligencia y el mérito tiene raíces profundas. Según The Wall Street Journal, algunos consideran este interés resultado directo de la cultura de éxito que caracteriza a la región.
Sasha Gusev, genetista estadístico de la Harvard Medical School, explicó en declaraciones al diario: “ellos tienen la percepción de que son inteligentes y que sus logros se deben a sus ‘buenos genes’. Ahora sienten que tienen una herramienta para replicarlo en sus hijos”.
La carrera por la genética optimizada ha llevado a la aparición de nuevas ofertas en el mercado, desde agencias que organizan citas entre ejecutivos y parejas con altas capacidades intelectuales hasta servicios de FIV con predicción poligénica de rasgos como el IQ.
Según Jennifer Donnelly, una reconocida casamentera, actualmente “tengo uno, dos, tres CEO de tecnología y todos prefieren parejas de Ivy League”. Donnelly, que cobra hasta 500.000 dólares por lograr un vínculo, detalló que “ellos no solo piensan en el amor, consideran la genética, los resultados educativos y su legado”.

Selección del embrión
Algunos protagonistas afrontan estos procesos con una mentalidad analítica. Una pareja de ingenieros del área, entrevistada por The Wall Street Journal, elaboró hojas de cálculo para ponderar las probabilidades genéticas de sus embriones, excluyendo riesgos como la enfermedad de Alzheimer o el cáncer, pero priorizando el mayor puntaje esperado de IQ. El resultado del proceso fue la selección del embrión que finalmente se convirtió en su hija.
Este fenómeno responde también a movimientos como el pronatalismo, impulsado por parejas como Simone y Malcolm Collins, ex trabajadores de tecnología y capital de inversión, quienes recurrieron a Herasight para analizar los embriones de sus cuatro hijos.
Simone Collins relató que eligieron uno por su “bajo riesgo de cáncer” y una altísima expectativa de inteligencia, situándose “en el percentil 99 de probabilidad de tener inteligencia excepcionalmente alta”. Collins añadió que “lo consideramos fascinante… Ojalá existieran pruebas genéticas confiables para la ambición y la curiosidad”.

Humanos superiores a la IA
La búsqueda de herramientas para crear “niños más inteligentes” tiene motivaciones adicionales dentro de círculos expertos en inteligencia artificial.
El matemático Tsvi Benson-Tilsen, cofundador del Berkeley Genomics Project, precisó que, tras años de estudiar la posibilidad de controlar riesgos de la inteligencia artificial sin éxito, su nueva apuesta consiste en fomentar el desarrollo de humanos intelectualmente superiores capaces de afrontar ese desafío.
A pesar del entusiasmo de sus promotores, científicos y bioeticistas mantienen reservas. Shai Carmi, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, aclaró que la predicción genética del IQ actual solo explica entre el 5 y el 10% de las diferencias cognitivas entre personas.
Carmi advirtió que, al seleccionar embriones por su potencial intelectual, los padres “podrían ganar entre tres y cuatro puntos en promedio respecto a la selección aleatoria, pero esto no transformará al niño en un prodigio”.
El dilema ético despierta alerta en la comunidad bioética local. Hank Greely, director del Centro de Derecho y Bioética de la Universidad de Stanford, advirtió en diálogo con The Wall Street Journal: “¿Es justo? Muchos temen que esto conduzca a una casta genética de élite dominante, mientras el resto queda rezagado”.
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