
La frontera entre España y Portugal ha sido, durante siglos, escenario de alianzas, rivalidades y pactos sellados entre dos naciones vecinas. A lo largo del río Miño, numerosas fortificaciones han marcado la línea divisoria de la historia, pero pocas han sido tan disputadas y emblemáticas como el castillo de Salvaterra de Miño. Este monumento, enclavado en el sur de la provincia de Pontevedra, ha sido testigo de guerras, tratados y traiciones, y hoy invita a recorrer sus murallas restauradas, admirar sus miradores y redescubrir un pasado compartido a ambos lados de la Raya.
A escasos metros del actual puente internacional, Salvaterra de Miño se alza como símbolo de la Galicia fronteriza, con su recinto amurallado dominando el curso del río y mirando de frente a su homóloga portuguesa, Monção. Sus piedras guardan las huellas de asedios, ocupaciones y episodios que forjaron la identidad de una tierra de frontera, donde el patrimonio y la memoria se entrelazan en cada rincón.
Pero no solo eso, pues hoy en día, el castillo es uno de los símbolos del municipio y de la comarca, declarada Bien de Interés Cultural en 1949 y restaurada en 2008. Así, se alza como un increíble mirador con vistas al Miño y a Portugal, la Casa do Conde, el Pazo de Doña Urraca y la Capilla de la Virgen de la Oliva.
Un castillo codiciado durante siglos
Construida en torno a los siglos X y XI, la fortaleza de Salvaterra de Miño nació como atalaya defensiva para controlar el paso sobre el Miño. La muralla original, levantada en el siglo XII, tenía como principal misión proteger la villa de los ataques lusitanos. No en vano, su situación estratégica la convertía en objetivo prioritario en cada conflicto entre los reinos de Castilla y Portugal.

A lo largo de su historia, la fortaleza fue escenario de asedios y luchas dinásticas, como el que enfrentó a Doña Urraca y Teresa de León en el siglo XII, o las defensas de Pedro Madruga en el XV. Sin embargo, el episodio que marcó su aspecto actual se remonta al siglo XVII, durante la guerra de independencia de Portugal (1640-1668). En este periodo, la construcción fue ocupada por tropas portuguesas durante 16 años y reforzada con baluartes y nuevas murallas, transformándola en una de las plazas fuertes más inexpugnables de la región.
Arquitectura defensiva y huellas portuguesas
El visitante que accede al interior del castillo encuentra una amplia explanada y pequeñas calles que evocan su pasado militar. Entre los elementos más destacados se encuentra la capilla barroca de la Virgen da Oliveira, situada sobre la puerta principal y decorada con símbolos lusos que recuerdan la ocupación portuguesa. Las garitas, la Casa do Conde y las célebres Cuevas de Doña Urraca —con su singular escalera doble de caracol— son otros de los puntos de interés que hablan de la importancia de este enclave.
La fortaleza ocupa una superficie de cerca de 9.700 metros cuadrados, con una planta rectangular que abraza el sur de la Praza do Castelo. Desde sus murallas, recientemente restauradas, se pueden contemplar vistas privilegiadas del río Miño y del vecino municipio portugués de Monção, mientras se recorre un trazado que ha resistido el paso del tiempo y las guerras. Pero todo este baluarte y despliegue militar no puede entenderse sin su papel dentro de la gran red de fortalezas que defendían la frontera galaico-portuguesa.
Bastiones como Fillaboa, Fiolledo y Porto, junto al recinto amurallado de Santiago de Aitona, formaban un cinturón defensivo vital para ambos bandos. Durante la Guerra de Restauración portuguesa, estos fortines fueron escenario de asedios, destrucciones y reconstrucciones constantes, en una lucha de poder que se prolongó durante décadas. La toma y posterior recuperación de plazas como Monção fueron claves para el desenlace del conflicto. Finalmente, tras la capitulación portuguesa en Salvaterra en 1659, muchas de estas fortificaciones fueron demolidas para evitar nuevas ofensivas, quedando como testigos silenciosos de un pasado convulso.
Cómo llegar
Desde Vigo, el viaje es de alrededor de 40 minutos por las carreteras A-55 y PO-510. Por su parte, desde Ponte da Barca (Portugal), el trayecto tiene una duración estimada de 1 hora por la vía A3.
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