
A pocos kilómetros del bullicio de Londres, la campiña inglesa despliega un mosaico de pintorescos pueblos que parecen sacados de un cuento. Con calles empedradas, casas de arquitectura tradicional y paisajes verdes que se extienden hasta donde alcanza la vista, estas localidades ofrecen una escapada perfecta para quienes buscan desconectar del ritmo frenético de la capital británica.
Desde destinos históricos como Windsor, con su imponente castillo, hasta rincones menos conocidos como Rye o Castle Combe, los alrededores de Londres combinan patrimonio, naturaleza y tranquilidad, convirtiéndose en un atractivo imprescindible tanto para locales como para visitantes. Así, de todas estas localidades, destaca una por ser de las más impresionantes y monumentales de la región de West Sussex. Se trata de Arundel, un destino único que combina una rica herencia histórica con un entorno natural maravilloso.
Este pequeño, pero encantador pueblo, situado a orillas del río Arun, es conocido por su imponente castillo medieval, uno de los mejor conservados de Inglaterra, su catedral neogótica y su vibrante comunidad artística, que lo convierten en un destino imprescindible para los amantes de la historia, la arquitectura y la naturaleza.
El símbolo del pueblo

El castillo de Arundel es sin duda el sello de identidad de una de las localidades más bonitas del sur de Inglaterra. Esta fortaleza se alza majestuosa sobre una colina con vistas al río Arun y fue construida en el año 1067 por orden de Guillermo el Conquistador. El motivo, formar parte de una estrategia para consolidar su dominio tras la conquista normanda. Igualmente, a lo largo de su extensa historia, el castillo ha sido el hogar de los duques de Norfolk, una de las familias nobiliarias más influyentes del país.
La propiedad ha sido ampliada, renovada y modernizada en múltiples ocasiones, adaptándose a las necesidades y estilos arquitectónicos de cada época. La estructura original, un pequeño fortín con una torre del homenaje central, se transformó en una fortaleza medieval con murallas y un foso defensivo. En el siglo XVIII, el castillo sufrió importantes reformas bajo el duque Carlos Howard, quien introdujo elementos neogóticos y en el siglo XIX, fue modernizado nuevamente.
Igualmente, sus habitaciones y salas interiores reflejan la importancia y lujo que tuvo en épocas pasadas. Así, se puede contemplar un mobiliario exquisito, retratos familiares y tapices que cuentan historias de siglos pasados. Pero no solo eso, pues alberga también, cuadros y obras de arte de gran valor histórico. Además, rodeando el castillo se encuentran los jardines de Arundel, un espacio que combina la estética victoriana con el diseño contemporáneo. Entre ellos, destaca el Jardín del Conde Fitzalan, un espacio cerrado lleno de flores exóticas, fuentes y esculturas.
Calles medievales y una imponente catedral

Más allá del castillo, Arundel destaca por su bonito casco histórico. En él, las calles empedradas descubren una arquitectura típica medieval y permite disfrutar de rincones únicos que son de los más impresionantes de la región. Este es el caso de la otra joya de la localidad: la catedral de Nuestra Señora y San Felipe Howard. Se trata de un templo construido en el año 1873 por orden del XV duque de Norfolk y diseñada por el arquitecto Joseph Hansom.
La estructura neogótica impresiona desde el primer vistazo por su fachada de piedra caliza y su rosetón central, un detalle que evoca las grandes catedrales medievales europeas. En su interior, el espacio está dominado por altos techos abovedados, vitrales coloridos que proyectan luz sobre los muros y un altar mayor ornamentado con detalles dorados y mármol. Dedicada a San Felipe Howard, uno de los 40 mártires de Inglaterra y Gales canonizados en 1970, la catedral tiene un fuerte vínculo con la historia religiosa del país.
Además de ser un lugar de culto, la catedral acoge eventos culturales y artísticos, destacando el Festival de Flores de Arundel, celebrado cada verano, donde el interior del templo se transforma con deslumbrantes arreglos florales. Es por ello que su papel como símbolo religioso y cultural, junto con su exquisita arquitectura, hacen de la catedral un lugar imprescindible para quienes visitan Arundel.
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