
En el corazón de la sierra de Gredos, El Tiemblo se alza como uno de los destinos rurales más impresionantes de Ávila. Así, este pequeño pueblo destaca por su rico patrimonio histórico y natural, pues sus alrededores están plagados de rincones que son una maravilla. De hecho, junto a la villa se ubica un bosque homónimo que destaca por su enorme frondosidad y belleza, un castañar que es uno de los más bonitos del país y el más grande del Sistema Central.
Pero esto no es todo, pues muy cerca de este enclave, se halla otra de las joyas de la región. Se trata del monasterio de San Jerónimo de Guisando, una imponente construcción que ha permanecido en el olvido para muchos, pero cuya relevancia artística y patrimonial comienza a despertar el interés de expertos y turistas. De este modo, el edificio es testigo de una época en la que el recogimiento religioso y la riqueza arquitectónica convergían en lugares alejados del bullicio de las ciudades.
El más antiguo de la orden

En el año 1370, la orden de los Jerónimos levanta en el cerro de Guisando el monasterio de San Jerónimo de Guisando. Este es uno de los primeros monasterios fundados en la Península Ibérica por la orden, tras el de San Bartolomé de Lupiana, fundado en 1370 (Guadalajara) y junto con el de Santa María de la Sisla, fundado en 1374 (Toledo), remontándose su origen hasta el año de 1375. Así, su origen se remonta al siglo XIV, cuando o un grupo de ermitaños italianos provenientes de Siena se estableció en las cuevas cercanas al emplazamiento actual.
Tras un periodo de vida austera en ese entorno natural, decidieron construir un monasterio en el lugar, aprovechando la donación de unas casas de labor realizada por Juana Fernández. Estas casas rurales sirvieron como base para la construcción de un pequeño monasterio, que con el tiempo se convirtió en un complejo religioso de mayor envergadura. De este modo, a lo largo de los siglos, el monasterio fue testigo de varios episodios históricos que afectaron su estructura. El edificio sufrió diversos incendios y pasó por varias etapas de reformas, ampliaciones y restauraciones.
No obstante, a pesar de estos contratiempos, la abadía mantuvo su esencia original como centro monástico habitado por la Orden de los Jerónimos, quienes lo ocuparon de forma ininterrumpida hasta el siglo XIX. Pero, con la desamortización de los bienes eclesiásticos impulsada por el gobierno de Juan Álvarez Mendizábal en el siglo XIX, el monasterio pasó a manos privadas. A partir de entonces, fue transformado en una casa-palacio y utilizado como residencia de recreo por sus nuevos propietarios.
Durante las últimas décadas del siglo XIX, se llevaron a cabo importantes trabajos de consolidación de las ruinas, así como reformas que incluyeron la creación de jardines al estilo romántico, siguiendo la tendencia arquitectónica y paisajística de la época. Sin embargo, hoy en día se encuentra parcialmente en ruinas y en propiedad de manos privadas, por lo que si se quiere visitar es necesario pedir cita.
Cinco etapas de construcción

En cuanto a su arquitectura, el monasterio presenta una evolución arquitectónica marcada por cinco etapas que reflejan el paso del tiempo y las intervenciones de diferentes personajes históricos. Tal y como exponen desde su portal web, la primera etapa corresponde al primitivo eremitorio o “laura”, cuando los ermitaños se asentaron en las cuevas cercanas al monasterio. Su primera ermita rupestre fue la conocida como cueva de San Patricio, mientras que otras cavidades adyacentes fueron adaptadas para ser habitadas.
En una segunda fase, se erigió el primer monasterio de estilo rural sobre las casas que Juana Fernández había donado a los ermitaños. Aprovechando la estructura original de la casa castellana, se habilitó un único claustro en el patio interior. A este conjunto se añadió un refectorio en el lado sur del claustro y una pequeña iglesia en su cara norte, conformando el núcleo básico del monasterio. Por su parte, el siglo XV consigo una importante ampliación del monasterio hacia el este. En esta etapa se construyó un claustro principal de estilo gótico isabelino, mientras que el claustro primigenio quedó relegado como espacio para los novicios.
En 1546, un incendio destruyó la iglesia y el claustro original. Fue entonces cuando Diego López Pachecho, segundo Marqués de Villena, impulsó la reconstrucción del claustro de novicios en estilo renacentista, adaptándose a las corrientes artísticas de la época. Además, López Pachecho promovió la construcción de la Ermita de San Miguel, ubicada por encima de las cuevas que conformaban el antiguo eremitorio.
Finalmente, en una quinta etapa, ya en el siglo XVI, Pedro de Tolosa, maestro cantero que trabajó en la construcción del Monasterio de El Escorial, fue el encargado de reconstruir la iglesia del monasterio. Tolosa, que colaboró tanto con Juan Bautista de Toledo como con Juan de Herrera en El Escorial, trajo su experiencia y habilidades a Guisando, dejando su huella en la arquitectura del complejo monástico.
La visita al monasterio

Después de todas las ampliaciones y restauraciones, y a pesar de que parte se encuentre en ruinas, la abadía se ha convertido en todo un reclamo turístico en la provincia de Ávila. Su impresionante entorno natural atrae a infinidad de viajeros que buscan contemplar la inmensidad del bosque en el que se ubica y disfrutar de su imponente arquitectura. Así, quedan todavía varios edificios en el conjunto que se pueden visitar y que nos desvelan su historia: la iglesia, el claustro, los jardines románticos y la ermita de San Miguel, de estilo renacentista.
Tanto es así, que fue declarado Paraje Pintoresco el 5 de febrero de 1954, así como Bien de Interés Cultural. A su vez, para visitarlo se debe reservar una plaza desde la página web en la que se muestra todo el monasterio. Se trata de una visita guiada que tiene una duración de tres horas y media y un coste de 12,5 € por persona. Los menores de 14 años gratis.
Cómo llegar
Desde Ávila, el viaje es de alrededor de 50 minutos por la carretera N-403. Por su parte, desde Madrid el trayecto tiene una duración estimada de 1 hora y 10 minutos por las vías M-501 y M-501.
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