
A lo largo de su historia, España, como cualquier otro país, ha tenido que hacer frente a problemas sanitarios de lo más diversos. Pero hubo uno que lastró especialmente a la sociedad: la tuberculosis. Entre los siglos XIX y XX, esta enfermedad, que afectaba sobre todo a los pulmones, acababa con la vida de la mayoría de personas que la padecían. Antes de que Hermann Brehmer, estudiante de botánica alemán, inventase la vacuna capaz de resolver esta afección, la única forma de tratarla era en las clínicas donde se internaban los pacientes. Uno de las más populares fue el Sanatorio de Cesuras, en Galicia. Sin embargo, tiempo después, se convirtió en un lugar abandonado y su historia es tan siniestra que hay quienes no se atreven a visitarlo.
Hasta que Brehmer, que padecía tuberculosis, dio con la solución, eran muchos los remedios que se utilizaban con los enfermos para tratar de curarlos, aunque lo cierto es que ninguno de ellos resultaba efectivo. Pero esto cambió el 18 de julio de 1921, cuando se aplicó la primera dosis de una vacuna pionera -y la más antigua que aún se utiliza- a un recién nacido en París (Francia).
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La tuberculosis ha provocado más muertes que ninguna otra dolencia infecciosa en la historia: en los dos últimos siglos, ha matado a más de mil millones de personas, según calcula la OMS. Además, 2.000 millones de personas se han infectado desde que se supo de su existencia y, en la actualidad, aún fallecen casi dos millones de personas al año, a pesar de que es una de las enfermedades humanas más antiguas: tiene unos 22.000 años.
La historia del Sanatorio de Cesuras: de la esperanza a la ruina

En 1922, la Junta Provincial Antituberculosa de A Coruña tomó la decisión de construir un sanatorio en Oza-Cesuras con el objetivo de combatir la tuberculosis, una enfermedad que en aquel entonces carecía de vacuna y que había encontrado en los sanatorios una forma de tratamiento basada en el aire puro y una dieta adecuada. Pero, a pesar de que se habían comprado los terrenos y asignado el proyecto al renombrado arquitecto Rafael González Villar, este ambicioso plan nunca se materializó. El futuro sanatorio, destinado a convertirse en un centro de esperanza, cayó en el olvido y se transformó, con el paso del tiempo, en una estructura en ruinas, aunque con un encanto peculiar.
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La práctica de construir sanatorios como medio para tratar la tuberculosis surgió en Alemania en 1859, tras demostrar una notable eficacia en la mejora de los pacientes. Con una mortalidad de apenas el 4,8% en 958 pacientes, este método consiguió una reputación de efectividad basado en elementos naturales como el aire de montaña y una nutrición reforzada. Inspirada por estos resultados, la Junta Provincial Antituberculosa de A Coruña eligió Oza-Cesuras para su propio proyecto, al considerar ideales su altitud y cercanía con la ciudad. Rafael González Villar, quien ya había dejado su huella en A Coruña con obras emblemáticas, fue el encargado de dar vida arquitectónica a ese propósito.
El proyecto del Sanatorio de Cesuras da forma a un capítulo fascinante en la historia de la medicina y la arquitectura en Galicia. El proceso de su concepción a comienzos del siglo XX resalta la importancia que se le otorgaba entonces a la salud pública y los esfuerzos innovadores para contener enfermedades que hoy han sido controladas gracias al avance de la medicina. La historia detrás de este sanatorio no construido, y su evolución de esperanza a ruina, refleja la transición entre épocas y la permanencia de los esfuerzos humanos aún en el abandono.
Por qué acabó convertido en un proyecto fallido

El Sanatorio de Cesuras pasó de ser un gran proyecto dispuesto a erradicar enfermedades, a quedar inacabado por razones políticas y financieras. Iniciado con fondos del Estado, donaciones de los Centros Gallegos en La Habana y Sudamérica, así como los ingresos generados por la Fiesta de la Flor en A Coruña, el ambicioso plan se vio truncado, dejando tras de sí un legado de incertidumbre y controversia sobre sus verdaderos motivos de abandono.
Los orígenes del proyecto se remontan a una época en que se creía firmemente en el poder curativo de la naturaleza. La ubicación escogida, en plena montaña gallega, estaba destinada a ser un santuario de salud. No obstante, pese a la financiación necesaria, el sanatorio nunca llegó a operar como tal. Existen teorías que sugieren, desde la inconveniencia de su localización, hasta la retirada del apoyo económico por parte de los Centros Gallegos, aunque ninguna ha sido confirmada.
Desde 1973, el inmueble es propiedad del ayuntamiento de Cesuras y está abierto al público de forma gratuita, permitiendo a los visitantes explorar sus restos. A pesar de que su estructura exterior se conserva, el interior del edificio presenta un estado de deterioro considerable, con advertencias sobre el peligro que supone adentrarse en sus plantas superiores.
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