
“Si antes ya no me querían en la universidad, creo que ahora menos”, vaticina Sara Barquinero al comienzo de la entrevista. En su rostro se dibuja media sonrisa mientras lo dice, como si por dentro acudieran todos los recuerdos de cuando aún estaba terminando su doctorado sobre Immanuel Kant. Fue entonces cuando, entre capítulo y capítulo de la tesis, se desahogaba escribiendo sus impresiones sobre el mundo académico, con el que estaba “muy cabreada”.
Pasarían años hasta que Sara Barquinero volviera a esos textos. Fue justo después de terminar Los Escorpiones, la extensa y ambiciosa novela que la convirtió en una de las escritoras jóvenes más leídas en España. Ahora, regresa a las librerías con La chica más lista que conozco (Lumen), una novela ambientada en los primeros años de universidad de una joven, Alicia, que puede leerse como una brutal crítica del mundo académico. La joven, que llega cargada de sueños y ambiciones, se encuentra de frente con las barreras sociales y culturales ‘invisibles’ que perviven entre los pasillos de las facultades, situación que más adelante se vinculará con el inicio de relaciones sexoafectivas con varias personas de su entorno.
“Me pareció que era uno de los temas que podían interesar más a la sociedad”, afirma Barquinero cuando recuerda sus motivaciones para empezar la novela. Llevaba ya buena parte de la misma completada cuando estalló el caso Errejón, que, entre otras cuestiones, puso sobre la mesa la actitud en las aulas de las universidades donde daban clase este y otros personajes de la política española. Al igual que le ocurre a Alicia en la novela, cree que en ese caso también había una situación de fascinación, si bien no académica, sí política, “y con una situación de poder”.

La familia importa
No es casualidad que La chica más lista que conozco lleve como subtítulo Un tratado sobre la vergüenza. Al trasladarse de Valladolid a Madrid para estudiar Filosofía, Alicia se encuentra con que, a pesar de considerarse una persona culta e informada, hay todo un círculo de estudiantes y profesores a su alrededor que manejan códigos inalcanzables para ella. En buena medida, este fenómeno se debe a la falta de un ‘linaje cultural’: “No es lo mismo ser el primero en ir a la universidad de tu familia que ser hijo de catedráticos”, subraya Barquinero.
Sin embargo, estas barreras no son nada conocidas fuera de los círculos universitarios. “De eso te das cuenta cuando llevas un tiempo en un grupo de amigos, en un departamento, en un puesto de trabajo”, continúa la autora, “hay gente que tiene más facilidades que tú para eso, pero es algo de lo que no se habla apenas, no sé si por ocultación o porque no se considera relevante”. Al mismo tiempo, apunta que no es algo exclusivo del mundo académico: “Sucede también en política, en el mundo del arte, en el de la literatura... Aunque no sea una regla matemática, ser de una familia culta o de una familia humilde importa”.
Es por eso que, en cierto momento, se dio cuenta de que el libro que estaba escribiendo, una novela de campus como las que la propia autora consume (desde El secreto de Dona Tart a La trama nupcial de Jeffrey Eugenides), podía no ser del agrado para quienes se mueven en estos entornos universitarios. “No creo que haga muchos amigos con este libro”, ríe. “Cuando estaba escribiendo la novela, me la sudaba y pensaba: ‘Mira, que se jodan’, pero ahora que se está acercando el momento de presentarla, sí que me pregunto si me voy a meter en líos”.

Una novela en forma de tratado filosófico
Más allá de su ambientación y su retrato de la universidad, La chica más lista que conozco destaca también por su original forma, pues está escrita a modo de tratado filosófico: cuenta con un proemio, varias hipótesis y demostraciones relacionadas con las vivencias de Alicia. “Quería conjugar su mirada con el cinismo, la ironía y la acidez que yo podía tener como adulta que ya ha vivido la universidad”, explica Barquinero. “Eso era un poco incompatible, porque una chica de 19 años no hace observaciones sobre los sexenios (evaluaciones a las que se someten los investigadores universitarios), así que hacerlo a modo de tratado era una forma de solucionarlo”.
Al mismo tiempo, el formato revela los mecanismos mediante los cuales la propia escritora reflexiona sobre los hechos de la novela y los desarrolla, algo que ya veíamos en otras novelas suyas, como La terminal, Estaré sola y sin fiesta o la propia Los escorpiones. “Cuando voy a escribir algo, primero se me ocurren ideas confusas, pero cuando ya me pongo en serio, me digo: ‘¿cuál es la pregunta del texto?’“. En La chica más lista que conozco, las preguntas se transforman en hipótesis, que van desde cuestiones como el capital cultural a por qué, cuando nos enamoramos, no importa tanto la persona en sí como “la posibilidad de imaginar junto a ella una vida nueva”.
De fondo, siempre está la vergüenza, un concepto que permitía a Barquinero vincular el pensamiento de filósofos como Jean-Paul Sartre (muy presente en la novela) con cuestiones de género, clase y capital cultural, además de con la parte más emocional de su novela. “Desde el punto de vista feminista, ahora se dice mucho que la vergüenza debe cambiar de bando, y desde un nivel filosófico, Sartre lo utiliza para explicar cómo funciona la relación con los otros, cómo existen los otros realmente y cómo se puede pensar el amor”.

Sobre las relaciones entre alumnas y profesores
Es en relación al amor donde Alicia muestra algunas de sus vulnerabilidades. “Tiene muchas inseguridades, a lo mejor porque nunca ha sido una chica querida, no ha tenido una infancia y una adolescencia tan buenas como las de otras personas y carece de algunas habilidades sociales”. Ese bagaje es, en buena medida, el que acaba por potenciar el “jarro de agua fría” que supone descubrir cómo funciona, por dentro, el mundo académico.
Al mismo tiempo, en Alicia también influyen los condicionantes sociales e históricos que siempre han mediado entre estudiantes, casi siempre mujeres, y profesores. Las relaciones sexuales entre unas y otros son un fenómeno, si no constante, al menos presente en las universidades españolas, aunque muchas veces no se visibilice ni, en última instancia, se condene. “Hubo una época en la que se veía como una mojigatería estar en contra. Como veníamos de un tiempo de opresión sexual femenina, que las alumnas quisieran acostarse con profesores solo era una buena noticia. En cierto modo, todavía seguimos lastradas por esa primera conciencia”.
A través de todas estas experiencias, La chica más lista que conozco da testimonio del despertar intelectual y emocional de Alicia. Ya sea a través de sus compañeros de clase, sus amigos o de sus vivencias en el entorno universitario, su desencanto acaba por ofrecer un afilado retrato de la tensión que puede existir entre la autenticidad personal y las jerarquías del mundo en el que acaba de adentrarse, donde cuestiones como el elitismo o la competitividad valen más que el talento, la fascinación por el conocimiento o la propia dignidad de las personas.
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