Cuando en 1960 un tal Alfred Hitchcock tuvo la osada idea de matar a su protagonista a los cuarenta minutos de película, la mayor parte del público no lo vio de la forma tan ingeniosa que pensamos. Para algunos lo de Psicosis fue un auténtico shock, aunque lo que ignoraba aquel público es que el director británico había cambiado para siempre las reglas del juego. No solo por desafiar las expectativas del espectador y el “contrato” no escrito de las grandes estrellas con los estudios para mantenerse vivos hasta el clímax, sino también por cómo esta decisión afectaría a largo plazo al cine en general y al de terror en particular.
Cuesta imaginar una serie como Juego de tronos, tan de actualidad por el final de El caballero de los Siete Reinos, sin todas las muertes que acontecen desde la primera temporada, pero sobre todo cuesta imaginar una saga como Scream, que tomó buen ejemplo de la película de Hitchcock para hacer de Drew Barrymore su Marion Crane particular y subir la apuesta matándola a los prácticamente diez minutos de la película. Pero, como todo en esta vida, hasta las cosas más osadas del mundo dejan de serlo cuando se repiten, cuando dejan de ser algo extraordinario para convertirse en la norma. Si uno es capaz de hacer un salto mortal, al tercer salto le van a pedir un triple tirabuzón. Y eso es exactamente lo que ha sucedido con la saga Scream.
Por poner un poco en contexto, la franquicia que comenzó en 1996 de la mano de Wes Craven y revitalizó el género del slasher mientras daba a un nuevo personaje asesino para la posteridad estaba viviendo una segunda juventud. En el año 2022, la franquicia había sufrido una suerte de reinicio de la mano de los directores Matt Bettinelli-Olpin y Tyler Gillett (Noche de bodas) y con un nuevo y joven elenco que ejerciese de transición dulce para una nueva generación, dejando atrás a los ya icónicos pero pasados de moda Neve Campbell, Courteney Cox y David Arquette. La última entrega, estrenada tan solo un año después y ambientada por primera vez en Nueva York, parecía pasar el testigo por completo a Sam (Melissa Barrera), Tara (Jenna Ortega) y compañía, con Sidney Prescott fuera de juego y unos Ghostface que ya remitían a Scream 5 —que no en vano había sido rebautizada como la original, Scream a secas— en vez de a las anteriores entregas.

Un cambio de rumbo... al pasado
Todo ello colapsó con la salida de Melissa Barrera del proyecto tras unas declaraciones sobre el conflicto entre Israel y Palestina que llevaron a la productora, Spyglass, a replantear por completo la estrategia. Con Barrera y, posteriormente, Jenna Ortega fuera de juego, todo lo construido en las dos últimas películas se perdía, teniendo que apostar de nuevo por la vieja guardia. 8 millones de dólares entre Neve Campbell y Courteney Cox y otros tantos para sustituir al director Christopher Landon para poner al guionista original de la saga, Kevin Williamson, han derivado en que esta Scream 7 tuviese la palabra nostalgia escrita en toda la frente.
Nos encontramos, pues, ante una película que remite más a las primeras entregas que a las dos últimas, cuyos últimos vestigios están encarnados en los personajes de Jasmin Savoy-Brown y Cuba Gooding Jr., relegados a un alivio cómico por su punto de vista meta —en homenaje a su tío Randy Meeks— más que amenazas serias para el nuevo Ghostface. Sobre este, cabe decir que aquí Scream sí se ha puesto en modo Hitchcock, y es quizá la propuesta más interesante (aunque fallida) del filme. Además de un prólogo brillante y muy meta —nunca sabremos si ya estaba en el primer borrador de la película antes de la salida de Barrera y Ortega—, Scream 7 es la primera entrega en toda la saga en la que Ghostface tiene una identidad revelada: la de Stu Macher (Matthew Lillard), el coasesino de la película original, para remarcar aún más ese espíritu de nostalgia.

Cría nostalgia y te sacará los ojos
Como todo en la saga, nada es lo que parece, y pronto el espectador se dará cuenta de que la cosa va mucho más allá de Stu, pero por el camino la película parece querer romper algunas de las normas establecidas, aunque siempre de una forma muy perezosa. Los asesinatos están filmados sin la tensión de las anteriores entregas, los escenarios o están muy vistos -ese teatro que remite a Scream 2- o apenas inspiran miedo y las motivaciones de los personajes son directamente insustanciales, haciendo muy difícil seguir con interés la película más allá de la historia madre-hija entre Sidney y Tatum (Isabel May). Scream 7 apela a una nostalgia fabricada, pues realmente a Sidney ya la vimos en 2022 con Scream 5, y a un drama familiar con el que es difícil conectar teniendo tan reciente la historia de Sam, mucho más trágica que la que jamás pueda vivir la pequeña Tatum.
Entre todo el caos, hay que reconocer que Scream 7 tiene una de las muertes más bestias de toda la saga, pero su brutalidad aun así deja el poso de desinterés, de que se prima lo gráfico sobre lo ingenioso. En definitiva, una oportunidad perdida para haber cerrado el arco de personajes que ya son historia del cine de terror, y un desenlace que adolece de falta de ideas e imaginación. Una película de terror puede ser mejor o peor, pero nunca dejarte indiferente. Y después de tanto triple tirabuzón, el truco de Hitchcock y el de la nostalgia en la saga Scream ya no impresiona como antes.
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