
Puede que, al principio, alguien se sintiera confundido. Fuera por ver la pista del Movistar Arena de Madrid lleno de sillas, por las decenas de atriles en el escenario o por la concertino poniéndose en pie y ayudando a afinar a la orquesta, daba la impresión de que estaba a punto de comenzar un concierto de música clásica. Sin embargo, no eran Vivaldi ni Mozart lo que tocaban violines, violas, trompas, trombones y compañía; tampoco Beethoven. Eran Yandel y su Puño de Tito, que con un grito ensordecedor del público daban la bienvenida al cantante de reguetón al inicio de este extraño y milagroso experimento llamado Yandel sinfónico.
Al título del espectáculo le faltaba, eso sí, la palabra fiesta. A quienes no habían escuchado el disco SINFÓNICO, les bastó una canción para ponerse de pie junto a otros tantos miles de personas y bailar Permítame. Yandel había salido a darlo todo desde el principio, ataviado con chaqueta y pantalones de cuero tan negros como sus gafas de sol. Cuatro temas del tirón y la locura colectiva del público sirvieron para confirmarlo: las sillas eran solo decoración, un elemento para despistar al melómano de turno, que por primera vez habrá visto lo bien que le sienta al perreo la cuerda frotada.
Un invitado estelar
Yandel se mostró eufórico en sus primeras palabras para el público. “Esto es un sueño hecho realidad”, confesaba, justo antes de prometer que sus únicos planes para la noche eran construir una velada “difícil de olvidar”. No podía estar más acertado en sus palabras: a la experiencia que brindan más de 27 años de carrera sobre el escenario se le sumó el buen hacer de la Camerata Antonio Solé, más entregada a la potencia que los pormenores. Había que igualar la energía de Yandel y eso, con el público enfebrecido, no era tarea fácil.
Al ritmo de pizzicatos, staccatos y algún que otro glissando, el reguetón de temas como Te siento, Rakatá, Encantadora o My Space hacía bailar al artista y a su público en un viaje en el tiempo a través de la discografía del artista. La orquesta también tenía protagonismo, con puentes musicales que llenaban el espacio del Movistar Arena de un modo que no habría sido posible con pistas pregrabadas. No hay nada como la música en directo, y si no, que se lo digan al propio Yandel, hipnotizado mirando a los músicos con una sonrisa imposible de contener. “Qué buena vibra”, se limitaba a decir.
La fiesta de la primera parte del concierto la completaría la llegada de Gadiel. “¡Si España está en la caja, yo quiero escucharla!”, provocaba el artista justo antes de cantar junto a Yandel La pared y Plakito. La energía del invitado se quedaría incluso después de su marcha, con una versión orquestada de ‘Mayor que yo’ que pondría la guinda a una primera parte del concierto, bien resumida por uno de los espectadores cuando las luces se apagaron: “Me falta el aire”.

Flamenco y baladas antes del perreo
Una sinfonía tiene varios movimientos en los que el compositor varía el ritmo, las melodías, el tono. Algo así ocurrió durante el ‘medio tiempo’ del concierto de Yandel, cuando, con el puertorriqueño fuera del escenario, colocaron en el centro varias sillas para que la tarraconense Belén López y su cuadro flamenco convirtieran el fervor en mística. Cada taconeo prolongado, cada gesto esforzado en el baile, era recompensado con ovaciones por parte de un público conquistado desde el primer momento.
El flamenco dio paso a la segunda parte del concierto, que encadenó varias baladas como Lloro por ti, Desperté sin ti o Estoy enamorado. Con el sonido de la orquesta detrás de Yandel, daba la sensación de que cada uno de los temas podría haber encajado en una película romántica. Por primera vez, la gente se sentó durante unos minutos. Eso sí, ni la voz del artista ni sus canciones dan para sostenerse mucho tiempo en lo emotivo, de modo que a los pocos minutos, el artista sentenciaba el reinicio de la fiesta: “Vamos al perreo”.
Como si de un abracadabra se hubiera tratado, de ambos lados del escenario salieron varios bailarines y bailarinas para acompañar al puertorriqueño en En la disco bailoteo o Te suelto el pelo. De nuevo, el equilibrio entre la adrenalina de un drop split y la melodía de la orquesta era frágil, pero todo encajaba. Eso sí, la fórmula falló cuando Yandel quiso presentar los temas de su nuevo disco, Infinito. Tres días después de su lanzamiento, se notaba que la gente todavía no se sabía las canciones, la entrega no era la misma y el resultado quedaba algo cojo en comparación con el resto del repertorio.

Un cierre por todo lo alto y con mensaje de Yandel
Esto provocó que la segunda parte del concierto fuera algo más irregular que la primera, aunque con el paso de los minutos la fiesta fue in crescendo, al igual que la orquesta al dar paso a temas como Háblame claro y Brickwell. “Todo el talento de España está aquí y quiero que le den un fuerte aplauso a la sinfónica”, pedía Yandel en este punto. El artista destacó el trabajo de los músicos a la hora de adaptarse en sus canciones y explicando que, a lo largo de esta gira, está tocando con orquestas de las ciudades en las que actúa.
Como en una noche de discoteca, serían las últimas canciones las que sacaran lo mejor de un público ya exhausto. Yandel, ducho en el arte del directo, había reservado la mejor pólvora para el final, y así encadenó hits como Moviendo caderas, Hay algo que me gusta de ti y, para cerrar una noche inolvidable, Yankee 150. Con reverencias, el artista agradeció los gritos eufóricos de todos los asistentes y pidió la misma entrega para músicos, técnicos y bailarines. La fiesta había acabado, aunque, como bien había advertido el puertorriqueño poco antes, la combinación de su música con la orquesta le ha “enamorado”, con lo que lanzó la advertencia: “Voy a seguir con mi sinfónica para largo”.
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