Se ha estrenado en Netflix la adaptación de la novela ‘súperventas’ El cuco de cristal de Javier Castillo en formato miniserie, colocándose de manera inmediata en el número uno de ficciones más vistas de la plataforma.
Un dato bastante previsible si tenemos en cuenta los millones de lectores que cuenta el escritor, del que también se ha adaptado La chica de nieve. Sin embargo, las adaptaciones de ‘bestsellers’, en su vertiente de thriller, no suelen caracterizarse por su calidad (siempre hay excepciones), sobre todo porque, en muchos de los casos, proceden de tramas tan inverosímiles y delirantes que resulta complicado componer algo mínimamente coherente.
En ese sentido, muchas de estas producciones terminan siendo ‘subproductos’ a pesar de la cantidad de dinero invertidas en ellas y de la repercusión que puedan tener en plataformas. Véase el caso de Reina Roja, el libro de Juan Gómez Jurado que tuvo una versión a la altura de su calidad literaria, muy deficiente y sobre-excitada.
Cuando la naturaleza se llena de violencia
Afortunadamente, no es el caso de El cuco de cristal, que se ha tomado en serio el proceso de adaptación para convertirse en una ficción con una identidad propia, sobre todo a la hora de trasladar la acción de Estados Unidos al Valle de Ambroz, en Cáceres, convirtiendo el escenario en un protagonista más a la hora de configurar una atmósfera boscosa e inquietante repleta de referencias a la naturaleza salvaje, que también anida en los personajes.
La propuesta se mueve en varios espacios temporales. Por una parte, una joven, Clara (Catalina Sopelana), sufre un infarto repentino y despertará con un corazón nuevo. Investigará quién es el donante e irá a parar a un pueblo donde se han producido numerosas desapariciones a lo largo de los años.

Así, la acción también se trasladará al pasado, para contar la historia de Miguel (Álex García), un Guardia Civil atormentado con la desaparición de su hermana años atrás y que comenzará a seguir una pista que lo llevará a un asesino en serie de mujeres. Y es que la violencia de género es uno de los pilares de una ficción que también aborda el peso de la herencia, de cómo los males se van traspasando de padres a hijos como una especie de maldición.
Alternancia de tiempos entre pasado y presente
Así, Miguel se convertirá en el nexo de unión entre ese pasado del que poco a poco iremos conociendo los secretos que escondía y un presente marcado por la muerte y la desgracia: el corazón de Carla perteneció al hijo de Miguel, que también había seguido investigando los extraños sucesos que ocurrían en su pueblo antes de fallecer.
Esta partición entre dos tiempos a veces resulta algo molesta a la hora de ir encajando las piezas (los letreros con los años de ubicación resultan cansinos), pero demuestran una sólida propuesta narrativa en forma de puzzle que añade capas al misterio que diferencia a El cuco de cristal de otras propuestas de ‘fast-food’ audiovisual, de usar y tirar y que, al menos, conlleva un mínimo esfuerzo por parte del espectador para seguir una trama que no deja de estar armada de forma consistente.

Por supuesto, hay cuestiones inverosímiles, pero la mayoría proceden del propio material de partida. Pensar que un ‘serial killer’ se esconde en un pueblo tan pequeño perpetuando los asesinatos durante tanto tiempo, resulta difícil de creer. En cualquier caso, cada giro se encuentra bien medido, las sorpresas están bien estructuradas y, por encima de todo, la ambientación que tiene que ver con las tradiciones y el folclore inventado de la zona, dota personalidad al conjunto.
Estupendos actores
Además, el trabajo de los intérpretes es magnifico. Álex García arrebata prácticamente el corazón de la serie y compone uno de los mejores papeles de su carrera, acompañado de la siempre contundente Itziar Ituño. Además, las brillantes composiciones de Iván Massagué y Telmo del Estal se convierten en parte esencial de los últimos capítulos.

Es una pena que el interés no se encuentre bien equilibrado entre ese pasado y el presente, de forma que este último resulta bastante sugestivo y con algún recurso tramposo.
En cualquier caso, detrás de esta producción muy cuidada, está Atípica Films, del recientemente desaparecido José Antonio Félez, artífice de éxitos dentro del thriller español como las películas de Alberto Rodriguez, en especial La isla mínima. En la dirección encontramos a Laura Alvea (que también estuve presente en La chica de nieve) y Juan Miguel del Castillo, que debutó con la excelente Techo y comida.
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