“La carrera está prácticamente decidida, ya no hay nada que se pueda hacer. Sin duda es lo que más odio de este deporte”, se puede escuchar al personaje de Javier Bardem en una de las escenas más importantes de F1: La película. Una escena que, sin entrar en detalles, ilustra en gran medida el paulatino agotamiento del aficionado a la Fórmula 1 con los años y, por el lado contrario, por qué solo podía ser una gran película de Hollywood la que diese la vuelta al problema.
F1: La película se sitúa en un lugar algo complejo, ya que es una película demasiado básica para el conocedor de la Fórmula 1, y quizá demasiado técnica para quien no esté remotamente familiarizado con conceptos como pit lane, pole position o undercut. Afortunadamente, para todos los demás la película resulta un fascinante viaje de casi tres horas por toda la gloria y también las desgracias que entraña el mundo del automovilismo de mayor nivel, ese en el que se ha tenido que “infiltrar” Brad Pitt para hacer del filme algo lo más realista posible.
En la película, el actor de Malditos bastardos da vida a Sonny Hayes, un conductor que en su día fue una de las grandes promesas de la Fórmula 1, pero al que un gran accidente y su reacción posterior al desastre lo alejaron en gran medida del circuito. Cuando Hayes se encuentra con su antiguo compañero y amigo, Rubén Cervantes (Bardem), este le ofrece la posibilidad de volverse a subir a un monoplaza con la condición de que consiga ganar al menos una carrera, lo que Cervantes necesita para poder mantener la escudería Apex GP a salvo. El bajo rendimiento del coche, los problemas internos con sus compañeros de equipo —en especial con el otro piloto, el joven Joshua Pierce (Damson Idris)— o los propios demonios internos de Hayes serán solo algunos de los problemas que vayan apareciendo con cada curva.

Plan B de Brad y Bardem
Cuando decíamos que Brad Pitt se “infiltra”, no nos referimos solo al hecho de que se convierta dentro de la película en un extraño de la parrilla dada su avanzada edad frente al resto de pilotos. Lo decimos también porque, fuera de cámara, la propia película hizo lo propio con la Fórmula 1. El filme comenzó su rodaje allá por 2023, y se aprovechó de la celebración de varios Grandes Premios como los de Silverstone, Monza, Las Vegas o Abu Dhabi, poniendo a competir a sus actores —quienes se prepararon a conciencia para la película y llegaron a conducir un monoplaza real de Fórmula 2— con los pilotos reales, desde Fernando Alonso o el campeón Max Verstappen a Lewis Hamilton, quien además ejerce también como productor ejecutivo de la película.
¿Cómo se puede disfrutar entonces una película orientada a captar un nuevo público para una Fórmula 1 cada vez más aburrida, con product placement de cervezas o relojes cada rato y una música prefabricada que le da a todo un aire de gran anuncio? Pues, como se suele decirse en el automovilismo, el coche hace mucho, pero también el piloto. Y en el caso de F1: La película conviven dos pilotos capaces de hacer auténticas maravillas cuando quieren. El primero sin duda es Joseph Kosinski, quien con Top Gun: Maverick ya demostró que se podía hacer una película tremendamente emocionante y asombrosa a partir de una simulación, y que con este nuevo proyecto ha elevado la puesta construyendo una novedosa forma de filmación con cámaras incorporadas en los monoplaza.
El otro piloto no necesita carta de presentación. Brad Pitt inunda la pantalla con su mera presencia y demuestra por qué sigue siendo una de las grandes leyendas vivas de Hollywood. No necesita de grandes diálogos ni de una interpretación histriónica, sino que le bastan un par de miradas, de silencios o de cartas bajo el mono —nunca mejor dicho— para hacer que por un momento el espectador crea estar viendo a un auténtico piloto de Fórmula 1. El actor de 61 años consigue aquí una de sus mejores interpretaciones desde que ganase el Oscar por Érase una vez en Hollywood, aunque sin un DiCaprio al lado y con el hándicap de tener que sostener él solo la película.

Ya no se hace cine como el de antes... hasta que se hace
Pitt sostiene, pero no es el único que eleva la película en sus momentos más lúcidos. Bardem funciona a la perfección como alivio cómico y contrapeso de la sobriedad de Pitt, así como Kerry Condon y Damson Idris, que aportan emoción y sentimiento —desde lo tierno o desde lo iracundo— para apuntalar las piezas de una película que recupera en gran medida el aroma a Hollywood clásico. Lo hace no solo por su apabullante diseño de producción y por la cantidad de dinero que se aprecia en cada plano —la película tuvo, por otro lado, grandes problemas de producción y estuvo a punto de ser cancelada por falta de financiación—, sino porque recupera esa sensación de cine-espectáculo, de estar viendo algo realmente trascendente en pantalla.
La estructura confeccionada a partir de los Grandes Premios le confiere a F1 la oportunidad de seguir distintos tipos de escenarios —el triunfo, la tragedia o esas carreras de relleno que generan indiferencia—, al tiempo que sirve para ganar tiempo y que el espectador se encariñe de sus personajes, pero sobre todo se contagie de su pasión por la velocidad. Por el camino, sí, hay momentos quizá algo forzados, pero que no dejan de tener un carácter lúdico de lo más encomiable, y narrados de tal forma que hasta el espectador menos avezado pueda entenderlo y, sobre todo, disfrutarlo. Y para cuando llegue la carrera a su fin, dará igual quién haya ganado realmente, como también lo dará que el espectador no supiera lo que fuese la pole o el undercut. Porque saldrá contagiado de esa emoción que unas horas antes solo habían sentido unos pocos, y a su vez esos pocos podrán decir, al contrario que el personaje de Bardem, que no todo está decidido. Y menos en el cine.
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