El mundo editorial busca en Formentor una salida conjunta al 'tsunami colosal' de la IA

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Magdalena Tsanis

Pollença, 2 nov (EFE).- Editores de nueve países de Europa reunidos en las Conversaciones Literarias de Formentor buscan estos días salidas al 'tsunami colosal' que ha supuesto la irrupción de la inteligencia artificial generativa en la creación literaria, tras escándalos recientes como el de Thélyson Orélien en Francia o el peruano David Silva Rojas, acusados de utilizarla sin transparencia.

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Procedentes de los principales sellos literarios españoles, pero también de Francia, Inglaterra, Italia, Polonia, Alemania o Finlandia, los editores debatieron sobre "el crepúsculo de la inteligencia colectiva" a la luz del reciente informe PISA que confirma el derrumbe de la comprensión lectora de los adolescentes.

Transparencia, un pacto sectorial, una ofensiva educativa y política y una ética empresarial clara en cada editorial, fueron algunas de las soluciones apuntadas durante dos días de un coloquio, organizado por la Fundación Formentor, que se celebra en paralelo a la concesión de su prestigioso premio literario, que este año ha recaído en el portugués Gonçalo M. Tavares.

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El coloquio da continuidad al celebrado el año pasado en Aranjuez (Madrid), pero si hace solo un año las preocupaciones de los editores en torno al uso de la IA se limitaban a aspectos como la traducción, la maquetación o la promoción de las obras, ahora se reconocen ante un problema mucho mayor del que imaginaban.

Han contribuido a ello casos como el de la autora japonesa Rie Kudan, que reveló haber incorporado alrededor del 5 % de texto generado por IA en la novela con la que ganó el Premio Akutagawa; el escritor Thélyson Orélien, excluido de los nominados al Goncourt por sospechas sobre su uso, o el más reciente de David Silva Rojas, ganador del premio Almadía y acusado de usarla en un 99 % de su texto tras pasarlo por el detector Pangram.

"El tsunami es tan colosal que es muy difícil sacar conclusiones sensatas, es un problemón de dimensiones globales, no solo editoriales", ha dicho Joaquín Palau, de Arpa editorial, que ha hablado de una nueva "bola negra" en el mundo editorial.

Miguel Aguilar (Debate, Taurus y Random House) ha señalado que hablamos de los casos que han emergido, pero con seguridad habrá muchos más y ha mencionado la transparencia como el criterio fundamental. "Hay tres patas: autores, editores y lectores y cada uno ellos tendrá que decidir lo que hacer y ser transparente".

Para Gianluca Foglia, de Feltrinelli, debatir sobre si se usa o no la IA es inútil porque "la usaremos todos" antes o después. "Ir como detectives a mirar cada manuscrito es una batalla perdida", ha dicho el editor italiano, que cree la batalla ha de ser "política", ya que las escuelas y universidades han tejido alianzas con las grandes tecnológicas para sustituir libros por pantallas.

En la misma línea apuntaron la agente literaria Nicole Witt: "lo único que puede ayudar a medio y largo plazo es la educación"; y Ángel Luis Fernández, de Jotdown: "hay un problema serio de delegación de la educación a loas oligarquías" y "Youtube tiene los algoritmos más adictivos".

Piero Salabé, de la alemana Hanser, sugirió marcar la diferencia entre los autores y editoriales que "trabajan con fórmulas, modelos o tendencias", un sector "que da mucho dinero", y las obras más literarias. Y Elena Ramírez, de Seix Barral, matizó que muchos de los libros que usan IA son autopublicados, lo que indica que los filtros de los editores aún son eficaces y también apuntó la necesidad de proteger legalmente todo el ecosistema de la creación literaria.

Gustavo Guerrero, de la francesa Gallimard, compartió la decisión de este sello de someter todos los manuscritos al detector Pangram aunque al mismo tiempo reconoció que se trata de "una carrera que no va a terminar nunca", ya que pronto habrá otras herramientas que permitan engañar a Pangram.

"Lo más sensato es abrir nuestro espacio de comprensión y pensar qué hacemos con la IA porque la IA no se va a ir", ha dicho Guerrero, que intentó abrir otro debate crucial, el de cómo la aceleración tecnológica y la sobreproducción cultural han contribuido a la ruptura de vínculos intergeneracionales.

"Los jóvenes han vivido una mutación tecnológica, no les podemos pedir que se comporten como nosotros", señaló. "Debemos colocarnos en su lugar, sienten que heredan un mundo peor y no les hemos acompañado en ese proceso de transformación". EFE

(foto)

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