¿Quién fabrica el odio, por qué y para qué?

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Almudena Álvarez

Palencia, 24 oct (EFE).- ¿Quién fabrica el odio, por qué y para qué? La catedrática de Periodismo, Asunción Bernárdez señala directamente a la ultraderecha por convertir el miedo y la incertidumbre social en discursos que culpan a las mujeres, a las personas migrantes y a otros colectivos vulnerables de problemas sociales, ofreciendo soluciones sencillas en lugar de cuestionar las desigualdades.

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Así lo analiza en su libro La fábrica del odio. Discursos de odio y vulnerabilidad global, publicado el pasado jueves y presentado el mismo día durante su participación en el II Encuentro Internacional de Estudios Feministas y el I Seminario Internacional de Investigación Feminista Rural RuralFEM celebrado en Palencia.

"Solamente una sociedad justa puede ser una sociedad tranquila y una sociedad de ricos y pobres siempre va a ser una sociedad violenta", sostiene Bernárdez en una entrevista a EFE en la que analiza el auge de los discursos de odio y quién está detrás de ellos.

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En su libro, la catedrática de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid analiza cómo la agresividad verbal se ha instalado en la vida política y social y cómo las palabras pueden preparar el terreno para otras formas de violencia.

A su juicio, aunque esa agresividad se atribuya a distintos actores políticos, existe "una disparidad clara" en el uso de estos discursos, que identifica especialmente con los movimientos de ultraderecha.

"La violencia no sólo es física. Es un sistema que requiere ser apoyado por las palabras y por las ideas para que la violencia tenga lugar", explica Bernárdez que dirige actualmente el proyecto de I+D+i La manosfera en las redes sociales.

"No estamos ante un giro cultural, estamos ante un proyecto político organizado que combina financiación, estrategias mediáticas, producción sistemática de desinformación y ocupación progresiva de las instituciones", asegura en su libro, donde rastrea cómo se producen, distribuyen y consumen estos mensajes, pero también plantea alternativas frente a su expansión.

La autora sitúa un punto de inflexión en la victoria electoral de Donald Trump en 2016, cuando el uso de información personal y la publicidad política segmentada permitieron dirigirse a los votantes apelando a sus miedos.

"De repente hay una tecnología que es capaz de hacerse con eso, saber cuáles son exactamente esos miedos y manipularlos", señala.

El feminismo es uno de los objetivos de esta ofensiva porque "ha cuestionado la manera tradicional de concebir los géneros".

Bernárdez advierte de que los discursos antifeministas ofrecen respuestas simples a problemas reales, especialmente entre los jóvenes, que afrontan incertidumbre laboral, dificultades para acceder a la vivienda y obstáculos para construir relaciones personales.

"Es más fácil decir que las mujeres son las culpables de que ellos no encuentren pareja que revisarse sus valores", apunta.

Además, las redes sociales amplifican estos mensajes. "Atraen más la atención los contenidos violentos y emocionales que aquellos que invitan a reflexionar", sostiene.

Detrás existe "una gran industria" que vincula el antifeminismo con el rechazo a la inmigración y a otros movimientos que reivindican derechos.

De esta forma, el problema no consiste en que la vulnerabilidad sea ficticia, sino en que se manipula para desviar el malestar social hacia colectivos señalados como culpables.

Y en lugar de reclamar un reparto más justo de los recursos, se responsabiliza a las mujeres o a las personas migrantes de problemas como la precariedad o el acceso a la vivienda, sostiene.

"El problema está en el reparto social. Una sociedad de ricos y pobres, siempre va a ser violenta", resume.

Formar a la ciudadanía para comprender cómo funciona la democracia, desarrollar una mirada crítica que permita identificar la manipulación, recuperar la cooperación y la capacidad de actuar colectivamente en defensa de los derechos forman parte de la solución, asegura.

Aunque reconoce que el estrés cotidiano y las largas jornadas laborales reducen el tiempo disponible para analizar los mensajes que se reciben. "El sistema tiene a la gente muy estresada para que busquemos soluciones sencillas y no reflexionemos", concluye Bernárdez. EFE

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