Tras los fuegos, las lluvias otoñales amenazan los suelos quemados y la calidad del agua

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Madrid, 17 sep (EFE).- "Lo peor que le puede pasar al suelo" es la secuencia incendio forestal y lluvia torrencial de otoño, ha alertado en una entrevista con EFE Xavier Úbeda, catedrático de Geografía de la Universidad de Barcelona (UB), ante el riesgo de que las fuertes tormentas previstas hoy en el Mediterráneo arrastren cenizas y la capa fértil del suelo, deteriorando ríos, acuíferos y embalses.

Además de por las lluvias torrenciales, esta advertencia cobra relevancia tras un verano especialmente grave, en el que los incendios han arrasado numerosas zonas de España dejando extensas superficies sin la cubierta vegetal, que protegía el suelo frente al impacto de las lluvias.

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Úbeda, del Grupo de Investigación Ambiental Mediterránea, especializado en las consecuencias de los incendios sobre aguas y suelos, ha explicado que tras el paso de las llamas, la desaparición de la cubierta vegetal deja el terreno sin protección frente al impacto de las lluvias, que pueden caer con gran intensidad: "El suelo está desprotegido y, sobre todo en el Mediterráneo, es el momento de más erosión".

España -ha añadido- cuenta con la ventaja de que la vegetación mediterránea suele recuperarse con rapidez, pero también presenta un factor que incrementa su vulnerabilidad: "La abundancia de terrenos montañosos y las pendientes y, cuanta más pendiente hay, más gravedad y más rápido es el proceso de erosión".

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Además de perderse la capa superficial del terreno, las fuertes lluvias pueden llevarse los bancos de semillas que permanecen en el suelo y dificultar así su recuperación; no obstante, Úbeda ha precisado que la lluvia no siempre resulta perjudicial: si cae de forma suave, el terreno puede absorberla y aprovecharla para iniciar la regeneración.

"Lo mejor sería que ahora lloviese de una manera bastante tranquila", ha indicado para precisar que el peligro aparece cuando las precipitaciones torrenciales, como las de las últimas horas, alcanzan un suelo todavía desnudo y arrastran todo lo que encuentran a su paso antes de que resurja la vegetación.

Úbeda ha explicado que las cenizas pueden resultar beneficiosas o perjudiciales, dependiendo de si permanecen en el terreno o son arrastradas por el agua: si se quedan en la zona donde se ha quemado, "son buenas, son nutrientes para las plantas que pueden salir", sin embargo, si no han tenido tiempo de incorporarse al terreno y continúan en la superficie, con las lluvias se van.

En ese caso, el ecosistema pierde los nutrientes necesarios para recuperarse y las cenizas pueden alcanzar ríos, acuíferos, embalses o zonas costeras, afectando a la calidad del agua, ha precisado el investigador para poner el ejemplo de Galicia, donde las fuertes pendientes facilitan que los materiales procedentes de los incendios lleguen hasta las rías afectando al marisco.

Las lluvias intensas también pueden transportar tierra, ramas y troncos quemados hasta arroyos y canales, bloquear el paso del agua y colmatar cauces colapsando y taponando canales y puentes por todo lo que llega de las vertientes.

Esta acumulación puede originar una retención repentina y, si el obstáculo cede, generar una ola de inundación. En terrenos muy frágiles y con grandes desniveles también pueden producirse deslizamientos si "toda la masa del suelo se comporta como un fluido", creando una situación de peligrosidad cuando existen pueblos o urbanizaciones aguas abajo.

Para reducir estos riesgos, Úbeda considera imprescindible inspeccionar cuanto antes las áreas incendiadas y elaborar mapas de riesgo post-incendio que identifiquen las pendientes más inestables, los cauces susceptibles de quedar bloqueados y las poblaciones expuestas.

"Hay que ir al campo, patearse el terreno y ver qué hay aguas abajo, si hay una población, si hay un canal y si ese canal está limpio o está sucio", ha destacado. También ha recomendado consultar los antecedentes del lugar porque "tener el conocimiento histórico del territorio y saber qué ha ocurrido anteriormente es muy importante".

Entre las medidas de urgencia para aplicar a un terreno quemado figura el acolchado con paja, empleado especialmente en Galicia, que amortigua el impacto directo de las gotas y ayuda a sujetar el suelo. Sin embargo, ha advertido de que estas intervenciones deben ser "muy quirúrgicas" y limitarse a puntos concretos donde exista un riesgo comprobado.

"No se puede actuar en toda la superficie de un incendio enorme", ha asegurado. Cortar árboles muy dañados y depositarlos sobre el suelo puede resultar útil en determinados lugares, pero en pendientes pronunciadas esos mismos troncos podrían ser arrastrados y terminar bloqueando un cauce.

A largo plazo, Úbeda insiste en prevenir incendios de gran intensidad mediante una gestión forestal continuada, ayudas rápidas y políticas estables, especialmente para los pequeños ayuntamientos que carecen de recursos: "Esto no se soluciona de un año para otro. Hay que invertir en gestión y mantener las políticas en el tiempo", ha concluido. EFE

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