Adrián Arias
Tordesillas (Valladolid), 15 sep (EFE).- Diez años después, en Tordesillas quedan el toro, la vega, los caballos, las jotas y las calles vestidas de fiesta; faltan las lanzas y, con ellas, para una parte del pueblo, aquel torneo que este martes ha vuelto a celebrarse bajo la resignación de quienes asumen que nunca volverá a ser lo que fue.
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Ya no parece tanto una batalla por recuperar el pasado como la aceptación de que el tiempo ha terminado por convertir en presente lo que en 2016 se presentó como una ruptura: una década después de la prohibición de matar al animal en público, incluso algunos de quienes añoran el antiguo Toro de la Vega dan por perdida aquella tradición.
“Ya no va a volver. Ya no”, sentencia a EFE Nati, que hoy contempla el festejo, al que han asistido unas 25.000 personas según el Ayuntamiento, junto a su nieta en el mismo pueblo donde hace más de sesenta años lo vivía de la mano de su padre.
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No entiende la polémica que todavía acompaña al torneo ni que se impidiera su formato tradicional: “Es un toro que se suelta, que va al campo y que también se defiende”. Y lamenta, sencillamente, que “ya no se mata al toro”.
Tordesillas, mientras tanto, celebra: los banderines atraviesan sus calles, las banderas de las peñas cuelgan de balcones y fachadas y las jotas ponen música a una mañana en la que abundan las camisas blancas, las pañoletas rojas y las cachas de madera que muchos paisanos llevan casi como una prolongación del brazo.
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Félix se afana en comprobar los amarres del andamio que levanta frente a la curva entre San Antolín y la calle Empedrado. Lleva más de un cuarto de siglo haciéndolo y desde esa atalaya ha visto cambiar algo más que la manera de correr al toro: asegura que la multitud ya no es la misma que cuando el animal podía acabar alanceado en la vega.
Jesús tampoco alberga dudas, aficionado a los toros y conocedor, dice, de las leyes que los regulan, considera que aquel torneo, “muy representativo no solo del pueblo, sino de toda la comarca”, pertenece definitivamente al pasado: “No se va a hacer nunca más, eso se lo digo yo”, resume a EFE.
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Otros han hecho las paces con el nuevo festejo, como Manolo, que no quiere “ir para atrás”: las lanzas no le gustaban y el formato actual le parece “precioso”: “Sacan al toro al campo, el que sea valiente que intente torearle y el que no, a mirar”, explica entre un ambiente que considera que sigue siendo multitudinario.
A las once en punto, ‘Campanito’, de 585 kilos, pone fin a las conversaciones. El castaño sale bravo y atraviesa con rapidez el tramo urbano, sin grandes embestidas y con algún despiste que le hace dudar en el descenso por San Antolín y Empedrado.
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Después parece encontrar el camino. Encara con velocidad y decisión el puente medieval sobre el Duero y alcanza la rotonda, donde algunos mozos se atreven con algún recorte, antes de dirigirse hacia a la zona de tierra en menos de tres minutos acompañado ya por los caballistas.
Hoy sin graves incidentes -salvo una cornada a un caballo al final del festejo-, 'Campanito' ha recorrido el mismo camino que durante siglos llevaba a los de su especie hacia un desenlace muy distinto al de hoy.
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Porque el Toro de la Vega cuenta con más de cinco siglos de historia documentada y durante buena parte de ellos fue un torneo en el que lanceros a pie y a caballo podían abatir al animal dentro del denominado Campo del Honor.
El punto de ruptura llegó en 2016, después de que ‘Rompesuelas’ fuera el último toro alanceado de muerte, cuándo la Junta prohibió la muerte de las reses ante el público en este tipo de espectáculos y el torneo quedó despojado de su elemento más controvertido.
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Tordesillas intentó en 2022 recuperar parte de su carácter competitivo mediante una fórmula con divisas o punzones, pero la Justicia frenó el intento al amparo de la ley de bienestar animal, de modo que el festejo ha terminado convertido en la práctica en un encierro urbano y campero que conserva el nombre, el recorrido y buena parte de su liturgia. EFE
(foto)(vídeo)
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