José María Rodríguez
Arguineguín (Gran Canaria), 11 jun (EFE).- Al lado de la playa donde Ruth perdió a su bebé Sephora al volcar su patera, en el muelle donde se le paró el corazón a la niña Eléne Habiba, sobre el cemento en el que Ousseynou Fall durmió las primeras noches de su nueva vida, allí donde se rompió el sueño de los mellizos Awa y Alhassane y la niña Mace dio gracias a Dios por haber llegado sola, pero viva...
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En ese preciso lugar, en Arguineguín (Gran Canaria), el puerto donde tantas historias comienzan o terminan para los jóvenes de África que confían la vida en un cayuco, un papa ha recordado a los creyentes que, como sucesor de Pedro, luce el anillo del pescador.
Y ha subrayado que su mandato evangélico de salvar a los hombres de las aguas adquiere "un sentido literal en lugares como este o como El Hierro". "El sucesor de Pedro no puede desentenderse de estos muelles, no puede desentenderse de estas aguas", ni los discípulos de Jesús pueden ignorar "a quienes gritan desde la noche", ha asegurado.
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2.760 inmigrantes han perdido la vida en la llamada Ruta Canaria de los cayucos desde 2014, cuando Naciones Unidas comenzó a llevar la cuenta de las vidas que se cobra en el Atlántico. Es solo una estimación de mínimos, reconocen sus responsables, pues no incluye cientos de naufragios en los que no quedó nadie para contarlo.
En realidad, colectivos que trabajan muy cerca de los migrantes en sus rutas hacia Europa la multiplican por diez. Desde 2019, la organización española Caminando Fronteras ha documentado 26.466 muertes y desapariciones en embarcaciones precarias a Canarias, las últimas 635 solo en lo que va de año, como acaba de publicar.
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La cuenta de víctimas está en permanente revisión, aunque no conste en ningún registro. De hecho, mientras el pontífice rezaba en Arguineguín por los que nunca llegaron, numerosas familias en África están pendientes de tres cayucos que partieron de Senegal entre la última semana de mayo y la primera de junio con 345 personas a bordo. Nada se sabe de ellas, aunque no es la primera vez que ocurre.
"No podemos acostumbrarnos a contar muertos", "que la historia no tenga que acusarnos de haber convertido el dolor de los que sufren en paisaje habitual de nuestras costas", ha remarcado León XIV.
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En el muelle, este 11 de junio el timple de Benito Cabrera sonaba a nostalgia para el papa, mientras Pedro Manuel Afonso emocionaba a 2.000 personas con 'La noche de Arguineguín'. Es una historia de despedidas y añoranzas como las que vivieron durante décadas tantos emigrantes canarios en Venezuela o Cuba, como las que viven ahora los emigrantes y refugiados africanos e americanos que la escuchan.
A solo 24 horas de que entre en vigor el Pacto Europeo de Migración y Asilo, que consagra el principio de retención en frontera y permite a los estados liberarse de acoger la cuota de refugiados que les corresponde para ayudar a los países receptores si abonan 20.000 euros por cabeza, León XIV ha dicho que él "se inclina ante la dignidad de los migrantes", cuya vida "debe ser protegida".
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"Este drama debe convertirse en examen de conciencia", para las naciones de origen, para las de tránsito y para Europa, "que no puede proclamar la dignidad humana y acostumbrarse a que el Mediterráneo o estas aguas se conviertan en cementerios y lápidas", ha advertido.
Al papa lo acompañan en Arguineguín el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez; el presidente de Canarias, Fernando Clavijo; varios ministros y algunas de las más altas autoridades del Estado.
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A todos ellos, el pontífice les ha llamado la atención: "No basta gestionar llegadas, distribuir cifras, reforzar fronteras o lamentar muertes cuando ya han ocurrido", porque la dignidad humana exige "vías legales y seguras" de emigración, lucha contra las mafias que explotan a estas personas y redes de acogida e integración.
Sin embargo, la Iglesia ha querido desde el principio que este fuera un acto para los migrantes y aquellos a los que llama "los ángeles del océano'.
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Aquí están, orgullosos, miembros de Salvamento Marítimo y la Guardia Civil del Mar, con miles de rescates a sus espaldas; Cruz Roja, la primera referencia de acogida en el muelle, simbolizada siempre en esa manta roja que los migrantes reciben al desembarcar en los muelles; Cáritas, la Fundación Cruz Blanca, la Comisión Española de Ayuda al Refugiado y muchas más ONGs implicadas en la acogida.
Y todos ellos han contemplado, con una mezcla de dolor y orgullo, cómo el pastor de millones de fieles en el mundo se ha acercado a la orilla del mar para ofrecer unas flores a los que nunca llegaron.
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Ni Ruth está para recordar a su pequeña, enterrada en Vecindario, ni tampoco Awa sabrá que esas flores eran para Alhassane, ni tampoco a Cadi le llegará por su hija Fatou; pero en las tribunas del público, Ousseynou Fall, pescador, como Pedro, llora y se lo agradece por su hermano, por sus dos tíos, por su primo... Por todos ellos. EFE
(foto) (vídeo)
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