Juan José Lahuerta
Madrid, 13 abr (EFE).- Hay futbolistas que no se discuten, ni siquiera cuando el cuerpo duda. Jude Bellingham y Éder Militao pertenecen a esa categoría en el Real Madrid. No están aún en plenitud, pero su presencia ya condiciona decisiones. A las puertas del Bayern, en la gran cita del curso para el equipo de Álvaro Arbeloa, el dilema es clásico: esperar certezas o apostar por la jerarquía.
El paralelismo entre ambos es evidente. Lesión, silencio, regreso. Coincidieron en tiempos y también en el escenario de su vuelta, aquel partido en Mallorca que inauguró una serie de tropiezos que ha dejado al Madrid al borde del precipicio.
El caso de Bellingham fue más breve, aunque no menor. Una lesión en el semitendinoso de su pierna izquierda le apartó diez partidos, una ausencia notable en un equipo que gira en torno a su influencia.
Más prolongada fue la de Militao, 24 encuentros fuera por "una rotura en el bíceps femoral de la pierna izquierda con afectación del tendón proximal", según el parte médico. Dos caminos distintos hacia un mismo punto: la reaparición simultánea.
Cumplieron plazos con precisión quirúrgica. Bellingham incluso entró en la órbita de Inglaterra, aunque Thomas Tuchel optó por no arriesgar. Era momento de medir, no de forzar.
Pero el fútbol no espera. Arbeloa necesitaba piernas con minutos, aunque fueran a plazos. En Mallorca, ambos reaparecieron desde el banquillo. Militao, con ese instinto que no se entrena, firmó un gol de cabeza para empatar. Luego llegó el golpe final, el tanto de Muriqi. Derrota (2-1) y 32 minutos para cada uno, como si el plan estuviera escrito de antemano.
La escena se repitió frente al Bayern: banquillo, entrada medida y exactamente 29 minutos. Otra derrota (1-2). El equipo caía mientras recuperaba a sus pilares. Una paradoja incómoda.
Con la Liga escapándose, a siete puntos, llegó el Girona. Y Arbeloa, mirando ya a Múnich, decidió adelantar el reloj. Titulares ambos, anunciados incluso antes del partido a bombo y platillo. Un gesto que mezclaba convicción y necesidad. El resultado, otro tropiezo (1-1), pero con matices.
Bellingham dejó señales. No fue dominante, pero sí reconocible. Más ágil, más presente, aunque todavía lejos de su techo. El desgaste fue evidente: se marchó en el minuto 64, al mismo tiempo que Militao. El brasileño, en cambio, ofreció lo que siempre ofrece cuando está: orden, jerarquía, fiabilidad.
Arbeloa lo explicó con claridad: "Hemos visto a Bellingham con buenas sensaciones. Ágil, con confianza. Ahora está bastante cansado, como es lógico. Después de tanto tiempo parado, este es el primer partido que iniciaba de titular. Creo que le ha venido muy bien para coger ritmo y sensaciones. Tenemos que estar muy contentos con su partido".
El mensaje es transparente. Bellingham apunta al once en el Allianz. Militao, aún más. La duda no está en ellos, sino en quién cae. en el caso del centro de la zaga, todo señala a que Huijsen puede caer. Incluso el descanso de Rüdiger ante el Girona parece una pista.
Pero aquí entra el factor intangible. Ponerles de inicio en Múnich es, en parte, un acto de fe. No tienen todavía todo el ritmo, pero sí algo que no se entrena: peso competitivo. El mejor Militao y el mejor Bellingham no se discuten. La cuestión es si su versión actual, aún incompleta, basta para sostener al Madrid en su noche más exigente. Y el Bayern, como tantas veces, dictará sentencia. EFE
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