Magdalena Tsanis
Madrid, 4 abr (EFE).- El hogar puede ser el punto de partida para narrar una época y los detalles más minúsculos, revelar grandes cambios. Con esta convicción ha abordado Lucy Worsley 'Si las paredes hablaran' (Capitán Swing), una historia íntima de la vida doméstica en Inglaterra que revela curiosidades relacionadas con todos los rincones y objetos de la casa.
Desde cómo se pasó del dormitorio público al privado al uso de la orina como quitamanchas, la historia de prendas íntimas como las bragas o la popularización del baño con cisterna, el libro, que se publica ahora en español, explora las diferencias en toda la escala social, desde las cabañas campesinas a los palacios más lujosos.
Doctorada en Historia del Arte y Filosofía, Worsley (Reading, Reino Unido, 1973) ha sido conservadora jefe de la organización Historic Royal Palaces, responsable del mantenimiento de la Torre de Londres y de los palacios de Hampton Court, Kensington o Kew, entre otros, aunque sobre todo es conocida en el Reino Unido como presentadora de programas de Historia en la televisión.
'Si las paredes hablaran', que tuvo una adaptación televisiva en la BBC, se divide en cuatro secciones: dormitorio, baño, salón y cocina, y describe cómo han evolucionado cada uno de esos espacios y los objetos y actividades que en ellos se llevan a cabo.
Por ejemplo, la autora cuenta que en la Edad Media no era habitual tener una habitación especial para dormir y que, por la noche, el salón se convertía en dormitorio. Durante siglos la recepción de invitados, el cortejo o el matrimonio se desarrollaban en el mismo espacio y solo en el siglo XIX el dormitorio pasó a estar reservado para dormir y mantener relaciones sexuales.
Eso sí, los señores de la casa podían "apartarse de la chusma" y retirarse a un cuarto en la planta de arriba conectado al salón, un cuarto que también era "multifuncional": despacho, biblioteca, salón y dormitorio combinados.
En su repaso por el dormitorio, Worsley se detiene en analizar la cama, hecha con cuerda hasta la aparición, en 1826, de los muelles metálicos, lo que explica que en los retratos de la época los protagonistas aparecieran semisentados.
Y también describe las cosas que en ella suceden: hábitos sexuales -por ejemplo, cómo el orgasmo femenino entró en declive en la Ilustración, cuando se descubrió que no era necesario para la concepción-, los partos como ceremonias colectivas, la evolución de la vestimenta para dormir o de la manera de vestir la cama.
En la época victoriana hacer la cama era todo un arte, pues ésta consistía en un somier, una lona marrón gruesa de tela para cubrir los muelles metálicos, un colchón de pelo de caballo, un colchón de plumas, un cubremanta, una manta bajera, una sábana bajera, una superior, tres o cuatro mantas, edredón y fundas de almohada, según describe la autora.
Aunque los victorianos eran reticentes al sexo, dice Worsley que en cambio "eran mucho mejores que nosotros a la hora de hablar abiertamente del envejecimiento, la muerte, el dolor y el duelo".
El cuarto de baño no existió como habitación separada hasta finales de esa época y no se extendió en la mayoría de los hogares hasta mediados del siglo XX. Hoy suele ser la única estancia de la casa con un cerrojo en la puerta, lo que la convierte en lo más parecido al 'closet' de los Tudor, un armario privado "para rezar, leer o meditar", dice la autora.
También destaca que, en contra de lo que podría pensarse, es posible que la gente de a pie oliera mejor en la Edad Media, cuando estaban extendidos los baños comunitarios, que en el siglo XVII, cuando creían que bañarse era peligroso, por miedo a las enfermedades y a la promiscuidad de los baños públicos.
La bañera con grifos de agua corriente llega en la década de 1860. En cuanto al primer inodoro de descarga de Gran Bretaña, se construyó a finales de la época isabelina, pero la idea no se popularizó hasta el siglo XIX, debido a la ausencia de un sistema de alcantarillado adecuado.
El uso de la orina como quitamanchas está documentado desde el siglo XVII hasta bien entrado el siglo XX. El libro dedica un capítulo a la historia del papel higiénico y otro a la menstruación: la primera compresa desechable se inventó en 1896 pero tuvo problemas para comercializarse -era inaceptable hablar de ello- y fracasó.
El recorrido continúa por el salón, que surgió cuando las personas tuvieron el tiempo libre y el dinero suficientes, era una especie de escenario en el que los dueños de la casa representaban una versión idealizada de sus vidas ante los invitados.
Y la cocina, cuya historia es también la historia de la seguridad alimentaria, el transporte y la tecnología. EFE
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