Marruecos pierde la Copa África y Rocafonda enmudece por el sueño perdido

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Adrián Vázquez

Mataró (Barcelona), 18 ene (EFE).- Tan cerca y, a la vez, tan lejos. Todo cabía en un solo gesto, en once metros y un silencio compartido. El penalti de Brahim Díaz, hasta ese instante ídolo marroquí y máximo goleador del torneo con cinco tantos, podía cambiarlo todo. En Rocafonda se contenía la respiración. El barrio entero soñaba despierto con volver a ver a Marruecos levantar un título cincuenta años después, desde aquel lejano 1976. Era ahora. Era allí.

Pero el fútbol, caprichoso y cruel, decidió otra cosa. Brahim optó por un lanzamiento 'a los Panenka' demasiado tímido. Edouard Mendy, portero de Senegal, leyó la intención, aguantó de pie y apagó el sueño con una mano firme. El golpe fue seco, inmediato.

La decepción se expandió como una ola por el Bar Miguel, abarrotado de marroquíes que se habían reunido como una gran familia para empujar a la selección que apoyan por nacimiento, herencia o identidad. Las manos a la cabeza, las miradas perdidas, el murmullo que ya sonaba a despedida. Aquel penalti fue algo más que un fallo: fue el principio del fin.

Senegal solo necesitó cuatro minutos de la prórroga para asestar el golpe definitivo. Pape Gueye, jugador del Villarreal, enganchó un disparo seco que superó a Yassine Bounou. El mismo Bono que había sido héroe en semifinales, deteniendo dos penaltis, y que también había sostenido a Marruecos durante la final, no pudo esta vez.

El silencio se adueñó del bar. Los presentes sabían que se les escapaba una oportunidad histórica, que difícilmente volverían a tener el título tan cerca, tan al alcance de la mano. No hacía falta decirlo en voz alta: se leía en los rostros.

Rabia, decepción, frustración. Los minutos pasaban y el gol que forzara los penaltis no llegaba. Y cuando sonó el pitido final, se consumó la herida. Marruecos perdía otra final y alargaba una maldición que parece no tener fecha de caducidad.

Rocafonda, que horas antes había salido a la calle, que había llenado el barrio de música, banderas y alegría convencida de que ese era el día, se transformó en un silencio incómodo y espeso. Las calles, antes vibrantes, quedaron huérfanas de celebración.

Todos repetían lo mismo, casi como un mantra amargo. Maldecían aquel penalti del jugador que había sido su gran bandera durante el torneo. "Qué rabia, lo hemos tenido", se escuchaba una y otra vez. Y vaya si lo tuvieron.

Rocafonda no miraba esta vez hacia lo que estaba haciendo Lamine Yamal con el Barcelona ante la Real Sociedad. El barrio, cuna de celebración de muchos de sus goles, apagaba la música y guardaba las banderas. Aquí no importaba el resultado en Anoeta.

La lluvia persistente acompañaba el ánimo general. La gente se marchaba cabizbaja, con pasos lentos y miradas al suelo. Rocafonda volvía poco a poco a la normalidad con una sensación compartida: la de haber rozado la gloria y haberse quedado, una vez más, a un suspiro. EFE

avm/sab