Bastos y Caballero, a oreja por coleta en la novillada inaugural de la Feria de Santiago

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Santander, 22 jul (EFE).- Diego Bastos y Manuel Caballero, a oreja por coleta, destacaron en la novillada que inauguró la Feria de Santiago de Santander, un encierro de Núñez de Tarifa en el que resaltó el quinto de la tarde y al que le faltaron las notas de la casta, el empuje y la duración. Por su parte, Álvaro Seseña saludó sendas ovaciones desde el tercio.

La variedad de repertorio fue el armazón con el que Álvaro Seseña trató de entablar diálogo con el novillo que abrió la Feria, ‘Ponderoso’. Desde la inicial larga cambiada de rodillas hasta las manoletinas de corte muy personal, trató de entenderse con una embestida que se daba en los dos primeros muletazos de la serie y se frenaba a partir de ahí. Con la espada no lo vio claro.

Se rebozó con el cuarto. Seseña todo lo hizo metido entre los pitones. El toreo en redondo brotó con intermitencias, en línea con una embestida sin ritmo. Los pases se sucedían sin engarce, de uno en uno. Mas algunos fueron carteles de toros, con la suerte cargada, el peso del cuerpo basculando armónicamente sobre la pierna de salida. La conexión con el público llegó, a toro parado, cuando se dejó tocar los muslos por los pitones. El descabello se llevó la posibilidad del triunfo.

BASTOS, PRIMERA OREJA DE LA FERIA

Nadie se enteró de los bronces que esculpió a la verónica Diego Bastos, bellamente fundido con el volumen de ‘Piloto’. Las del pitón izquierdo resultaron sublimes, mentón hundido y suave juego de brazos y telas, alzándose sobre el silencio del respetable. Que volvió a no ver dos medias verónicas que aún duran. La faena cobraba vuelo cuando un desarme la desbarató.

Antes de perder la muleta, hubo una serie diestra majestuosa: Bastos atinó a ejecutar la verdad del toreo, la ligazón en redondo sin enmendar la posición: fue un fogonazo que resaltó el buen corte de torero que acreditó durante toda la lidia.

Además, se tiró a matar hasta las mismísimas entrañas de la res. La estocada cayó notoriamente contraria, y se agarró la vida el animal, de calidades medianas cuando se le hicieron las cosas perfectas.

El quinto hizo cosas feísimas en los primeros tercios. Se iba a la esclavina de los capotes, venía cruzado y atropellando. Puso en apuros a la infantería banderillera. Hasta que Diego Bastos se hizo presente, muleta y estoque en mano. Lo obligó y desbastó en doblones por bajo de exigencia y parábola superlativas.

Por este acertado tónico, y/o porque el de Núñez de Tarifa lo llevara dentro, a partir de ahí emergió lo más cuajado de la tarde. Se entregó el novillo a derechas, la cara colocada abajo. Y lo entendió su matador, que lo cosió a los flecos de la franela. Su elevada estatura giraba sobre los talones con los 485 kilos de nobleza en derredor. Al natural no hubo la misma entente. Molinetes y ayudados por bajo tuvieron gran sabor, sello propio. Una estocada delantera llevó a manos de Bastos la primera oreja del ciclo santiagués.

EL TEMPLE DE CABALLERO

Manuel Caballero trae el temple en la venas. De serie. Se durmieron sus muñecas en atisbos de verónicas ante los deslizares mortecinos de ‘Boleto’, tan noble como falto de chispa. Su concepto estético es macizo, de compás abierto. El aludido temple le permitió sobresalir ante un oponente que no transmitía emoción alguna, con esa salida desentendida de las suertes, además. Toreó muy despacio. Lucir ante un antagonista tan justito de todo es difícil. Y lo logró. Por la mano derecha brilló su solvencia técnica. La espada cayó muy trasera, lo que enfrió al personal.

La magia del temple volvió a obrar el milagro en el sexto, un pozo casi seco del que Manuel Caballero logró extraer instantes lucidos. Llenó el escenario por completo, empujando hacia adelante aquella voluntad de acometer tan reticente.

Todo fluía al ralentí. Se desgranaban los muletazos, tan por encima de un novillo noble, pero a menos. La templanza sostenía en pie al trémulo animal, al que no le quedaba más remedio que seguir los flecos de tan virtuosa muleta. Tremendamente por encima el torero, dominador de una técnica depurada y de ese inefable plus que permite componer una obra compacta con una partitura meliflua. Lo mató además, para cobrar una justa oreja.

Ficha del festejo. Plaza de Toros de Cuatro Caminos de Santander. Media entrada. Seis novillos de Núñez de Tarifa, de presentación modesta. Destacó el quinto en un conjunto que, en líneas generales, acreditó nobleza pero al que le faltaron casta, ritmo y duración.

Álvaro Seseña: Pinchazo en los bajos, pinchazo hondo, descabello, saludos; espadazo contrario y atravesado, aviso, tres descabellos, petición.

Diego Bastos: Estocada muy contraria, aviso, descabello, saludos; media delantera y perpendicular, oreja.

Manuel Caballero: Estocada muy trasera, petición escasa, saludos; estocada tendida, oreja. EFE

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